El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Dada la importancia económica de la ganadería menor en Oriente Antiguo, la imagen de un pastor con su rebaño viene a ser usada como metáfora para referirse ya sea a la dinámica del poder, ya a la relación del hombre con la divinidad: en efecto, tanto los dioses como los gobernantes son llamados pastores en un correlato de la relación asimétrica de dependencia que supone la cría de ovejas y cabras. Y es que la vida del rebaño está literalmente sujeta al buen oficio del pastor: encontrar pastos en época de estiaje, conducir al rebaño en terrenos solitarios, saber compaginar el apacentar, el abrevar, el dejar descansar al ganado y el trashumar, a más de tener cuidado con los animales más débiles y, en la guarda nocturna del ganado, enfrentar fieras y ladrones. Supone, pues, cautela, paciencia y honradez, amén de la nobleza para enfrentar las amenazas y resolver los peligros que el rebaño corre.

El pensamiento del Antiguo Testamento no es ajeno a este rasgo cultural con, empero, una característica propia: el término pastor conviene de manera excluyente a Yahvé en tanto que es considerado el único y genuino Rey de Israel: “El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abrahán e Isaac, el Dios que ha sido mi pastor desde que existo hasta el presente día…”.

Con todo, a partir de la institución de la monarquía en Israel, el rey acaba apropiándose del título de pastor, aún sea de manera indirecta; por consiguiente, el profetismo, en su crítica radical a los reyes israelitas, habrá de referirse a éstos como pastores: “Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza. Dirás a los pastores: Así dice el Señor Yahvé: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!”.

Paradójicamente, para el tiempo de Jesús de Nazaret, el oficio de pastor es catalogado como impuro por influencia de algunos escribas: habiendo entre ellos asalariados, los pastores resultan sospechosos de robo, razón suficiente para que los judíos piadosos se abstengan de comprarles directamente lana, leche o carne. No deja, entonces, de resultar interesante, según recuerda el capítulo 10 del evangelio de Juan, que el Maestro hable de sí como un pastor bueno —“Yo soy el buen pastor”— en comparación con los asalariados. En este punto, conviene recordar que un asalariado pertenece al estrato inferior de la sociedad judía de entonces —junto con los aparceros, los jornaleros, los mendigos, las prostitutas, los bandoleros y ¡los pastores!—, llegado a tal situación por el proceso de empobrecimiento derivado de la concentración de la tierra en manos de latifundistas como consecuencia del endeudamiento de los propietarios originales.

Vale destacar que al asumir la figura de pastor el Galileo se solidariza de manera radical y abierta con quienes han de aceptar un trabajo rudo e indeseable, y que, habiendo sido expoliados de su propiedad, pero también de su dignidad, acaban, por la frustración, perdiendo cualquier sentido de responsabilidad por lo que, ante el peligro, abandonan el rebaño confiado a su cuidado, al que sólo lo liga una paga exigua e injusta.

Sin embargo, hay una reivindicación del oficio de pastor en el discurso de Jesús: “El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas”.

Esta calidad de bondad extrema como pastor puede explicarse por la decisión de Jesús de renunciar a la asimetría que supone la relación pastor-rebaño en la que las ovejas están, dado su talante de fragilidad y de desvalimiento, sometidas al pastor. Así, la identificación como pastor con el rebaño llega al grado de asumir una cierta igualdad con las ovejas: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí…”, consecuencia, por cierto, de la igualdad que experimenta Jesús con el Padre: “… como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre…”.

Es pues, con base en una relación horizontal que supone un conocimiento mutuo, abierto y franco, que genera confianza por la generosidad —totalmente contrario a una relación estamental, anónima y burocrática que toma decisiones con base en informaciones reservadas al grupo en el poder— como el Maestro propone el ejercicio de la autoridad y del poder entre sus discípulos y extensivamente, si se acepta, como referente a la sociedad toda.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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