El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
La imagen de la vid, con la que Jesús de Nazaret expresa el nexo entre él y sus discípulos, tal como se lee en el capítulo 15 del evangelio de Juan, se contextúa en el pensamiento del Antiguo Testamento que entiende la relación de Yahvé con Israel de manera análoga a aquélla de un viñador con su viña: “Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por su viña. Una viña tenía mi amigo en un fértil otero. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar. Y esperó que diese uvas…”.
Y es que el cultivo de la vid requiere de cuidados del labrador: al acabar la floración, cuando el fruto comienza a despuntar, se eligen los sarmientos cortando aquéllos no aptos para dar fruto; luego, cuando la vid ya está cubierta de hojas, viene la segunda etapa de la poda, en que el labrador deja sólo los sarmientos que prometen dar fruto abundante, de forma que sea para éstos toda la savia de la planta.
Pero si en el pensamiento veterotestamentario queda marcada perfectamente la diferencia entre el viñador —Yahvé— y la viña —Israel—, Jesús, que al retomar la imagen del viñador para referirse al Padre lo hace en relación únicamente con él, para hablar de sí mismo y sus discípulos alude en cambio y de un modo harto contrastante, a la unidad cualitativa que hay en la cepa y los sarmientos: una única vid, con elementos diferenciados, ciertamente, pero que no deja de ser una sola cosa.
En este punto vale recordar que, para entonces, la relación entre maestro y discípulo venía a ser totalmente asimétrica. Así, cuando un judío del primer tercio del siglo I decide ser escriba —doctor de la Ley—, elige y se somete a un maestro al que, desde entonces, tiene por encima de su propio padre.
A lo largo de su formación, en la que puede a voluntad cambiar de maestro, el discípulo va tras él a todas partes y le hace las veces de sirviente encargándose de cuanto necesite su mentor. Finalizado el aprendizaje y ya independiente, el flamante maestro de la Ley, que no puede serlo antes de los 40 años, hace gala de su estatus acentuando cuanto le es posible las insignias distintivas de su rango y haciendo valer sus prerrogativas sociales: “… ensanchan las filacterias y alargan las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame ‘Rabbí’”.
Pues bien, un solo gesto conservado en el mismo evangelio de Juan muestra la diferencia radical que tuviera la relación maestro-discípulo del Galileo con los suyos en relación con aquélla de los escribas: “Durante la cena […] se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos…”; gesto que él mismo explica: “Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros”.
Y es que Jesús entiende el discipulado como una relación por sobre todo fraterna: “’¿Quién es mi madre y mis hermanos?’ Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: ‘Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’”. Es así que la fraternidad que se genera con el mismo Jesús como maestro —aglutinada por la causa del Reino de Dios— viene a ser a la vez condición y rasgo distintivo de los discípulos del Galileo.
Tal es lo que sintetiza la imagen de la vid y los sarmientos, y que plantea la unión existencial y permanente de los discípulos con el Maestro como la condición necesaria para dar fruto. Ahora bien, dado que, según el Evangelio, la praxis del Reino va mucho más allá del cumplimiento de un enlistado moral de obras piadosas, por fruto habrá que entender el extender la fraternidad propia de Jesús con sus discípulos —con las consecuencias que esto suponga— a todos los ámbitos de la creación con el correlato indispensable de la extinción de la desigualdad.— Mérida, Yucatán.
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Presbítero católico
