Por Jorge H. Álvarez Rendón (*)
Ahí donde convergen las razones de la inteligencia y la imaginación, la madre ha sido un tópico recurrente en la literatura universal, fiel reflejo de los cambios económicos y políticos que se han producido en las sociedades del planeta hoy sobrepoblado y atmosféricamente confundido.
Recordemos —en Hesíodo— aquella madre tierra de los orígenes, la Gea sufriente, paridora de hijos —dioses y titanes— que el Cielo macho cubría todas las noches, infatigable y terco como fuerza mítica generadora, cuyo reposo no se evidencia ni se permite.
Harta de coitos y partos, Gea trama solución definitiva asociada con Cronos, el más exacto y obediente de sus crías, como que el tiempo es, y dotándolo de una cuchilla enorme, segadora de espigas en los campos, logran mutilar al padre en la más sensible de sus partes.
Madre sublime transita Hécuba en el mayor de los epos homéricos. Ella ve morir a su regio esposo y a todos sus hijos varones con una fortaleza modélica. Criminal, en cambio, es la bárbara Medea, quien decide asesinar a sus dos hijos para causar agónico dolor al Jasón que la ha traicionado a cambio de un trono. (Tan de actualidad, que los noticiarios acaban de mostrar un caso parecido en Michigan).
En Gonzalo de Berceo, pionero de los escritores en castellano, aparece la Madre perfecta y absoluta, la María Santísima de esos Milagros de Nuestra Señora que inauguran el mester de clerecía con ejemplares portentos repletos de piedad y de candor inmensos que el pueblo llano aceptaba sin recelos en espera de su propio destino trascendente.
Durísima y muy real es la escena de El Lazarillo de Tormes en donde la madre, que acaba de parir un mulatito entre la mayor pobreza, entrega al niño de once años con un ciego y lo despide para siempre con estas lacónicas palabras: Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto… Válete por ti”.
Pocos relatos me han impresionado tanto como aquel de Chejov que nos muestra a un obispo que manda buscar a su madre campesina para mostrarle cuán alto ha llegado… y el prelado muere repentinamente, entre un sinfín de remordimentos, antes de que la anciana, confusa y temerosa, llegue hasta el recinto episcopal.
También rusa es una novela, precisamente La Madre, de Máximo Gorki, que presenta el tránsito de una pobre mujer, Pelagia Nilovna, acostumbrada a obedecer y tomar la vida como un valle de lágrimas, en activista del socialismo que le infunde el ejemplo de su hijo Pavel, activo luchador en las fábricas contra los abusos del zarismo.
Aunque madre de dos niños, Nora Helmer no duda en el desenlace de “Casa de muñecas” de Ibsen. Ha sido tratada como un precioso objeto desde la niñez hasta el casorio. Descubre lo poco que significa en una sociedad de machos y decide comenzar a vivir para ella y sólo para ella, sin deberes morales. Asi, como un rotundo antecedente del feminismo, abre la puerta de su supuesto hogar y lo abandona.
En el teatro español, García Lorca deja en la voz de Yerma el alegato de la mujer que anhela, sobre todo, el ser madre, pero su legitimo esposo le niega ese derecho por apático desamor. Al matar a su pareja, ella se condena a la soledad porque así lo estipulan las normas del honor.
En ámbito germano, Thomas Mann nos presenta, en La engañada, a una viuda de mediana edad que aspira a reconstruir su felicidad con un joven profesor, aunque sus dos hijos, ya adultos, se encargan de apartarla de esa esperanza con razones de profundo egoísmo. Al sobreponer, la condición de madre a su propia dicha, aquella mujer está en las antípodas de la heroína de Ibsen.
Finalmente, tenemos a Anna Fieldem, que desde la pluma dramática de Bertold Brecht, en el más preciso realismo épico, encarna a esa Madre Coraje, viajera por los campos de batalla sólo para obtener ganancias desde su carromato, aunque al precio de perder en la metralla a sus tres hijos y sumirse después en la soledad más absoluta.— Mérida, Yucatán.
jorgealvarezredon@hotmail.com
Cronista de Mérida
