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La Coparmex y las elecciones

Coparmex Mérida

Por error, en este espacio publicamos ayer un artículo del señor Víctor M. Arjona Barbosa como si fuera el que la Coparmex Mérida ofrece cada domingo. Con nuestras disculpas, reproducimos a continuación el artículo del organismo patronal

Aunque el término de “pobre” tiene distintas formas de entenderse, la más obvia y común es la que considera que el pobre es aquel que tiene un ingreso insuficiente para adquirir bienes y servicios necesarios; y por pobreza extrema entendemos la insuficiencia de ingresos para adquirir lo indispensable para tener una nutrición adecuada. Cuando aún formábamos parte del Reino Español ya la pobreza de la mayoría de la población era un problema notorio y grave, no obstante ser un territorio riquísimo en recursos naturales.

Vino la Independencia y siguieron los pobres; luego llegaron los días de los imperios y de la República, los gobiernos conservadores y liberales, los años de la Reforma, el Porfiriato y ahí siguieron los pobres; cuando estalla la Revolución Social se abriga la esperanza de acabar con la pobreza y tampoco se logra; se crea y consolida el llamado Sistema Político Mexicano con el discurso de justicia social y cada presidente surge de una campaña abundante en promesas a los pobres pero “muy pobre” en el cumplimiento de dichas promesas. Aun ahora, durante las campañas de los distintos candidatos se siguen enarbolando los estandartes contra la pobreza y se siguen pronunciando apasionados mensajes de esperanza para los pobres.

El caso es que la pobreza es terca y se empeña en no desaparecer. Es evidente para todos que continúa siendo uno de los grandes problemas del país y que constituye un serio obstáculo al desarrollo, además de una grave injusticia y motivo de desigualdad social, de discriminación y de exclusión.

Tenemos que reconocerlo: los llamados programas sociales han tenido pocos resultados y han fallado por diversas razones como la corrupción, el paternalismo, la excesiva burocracia, la manipulación y la explotación de la gente menos favorecida para fines partidistas y electorales.

Una queja constante durante nuestros procesos electorales es la nefasta práctica de la compra de votos. Sobre este asunto consideremos lo siguiente: aparte del sufrimiento de la gente en condiciones de pobreza debido a sus carencias, su marginación y su falta de oportunidades para desarrollarse, aparte de todo esto se les somete a la humillación de ser considerados como cosas y no como personas, porque lo más preciado de una persona es su dignidad y la compra de su voto es desconocer y negar su dignidad, aprovechándose maliciosamente de su ignorancia y necesidad.

Partidos y candidatos que hacen tan abominable práctica dejan de tener legitimidad para ser autoridad, aunque puedan obtener el supuesto triunfo electoral. Porque la autoridad ha de servir al ciudadano y ¿cómo lo servirá el político que para obtener el poder ofendió tan gravemente su dignidad personal? ¿Cómo gobernará bien el que para llegar al gobierno hizo trampa y alteró ilegalmente el resultado electoral con votos comprados?

La democracia no es asunto de mercado donde la ley de la oferta y la demanda se aplique para poner la cantidad requerida y fijar el valor de un voto. No, el valor de un voto es realmente el valor eminente de la dignidad; el valor de la democracia; la expresión más genuina de la persona que es su libertad; el valor de la ética y de la decencia; el valor del honor. Y es contra todos estos altos y grandes valores contra los cuales atenta el candidato que para convertirse en autoridad lleva al cabo esta despreciable acción.

Ojalá que en lo que queda de la presente campaña todos y cada uno de los partidos políticos y candidatos rechacen la compra de votos y ésta se erradique para siempre. Lo que realmente necesita la gente, la ciudadanía, es una auténtica vocación de servicio de los funcionarios públicos; que tengan una visión de futuro en el que todos los niños puedan tener una educación de calidad y puedan acceder a los beneficios de las instituciones de salud; en el que todos los jóvenes egresados de nuestras universidades, escuelas técnicas y demás centros educativos encuentren oportunidades de empleo; en el que para lograr esto existan políticas públicas que faciliten y estimulen la inversión productiva, la creación, consolidación y crecimiento de empresas; y que para que lo anterior sea factible, las autoridades hagan un responsable y honesto ejercicio del presupuesto, una escrupulosa administración de los recursos públicos y una transparente rendición de cuentas; y que para que todo ello sea una realidad, y así lo exigimos los ciudadanos, que todo aquel que aspire a ocupar un cargo de elección popular y dedicarse al servicio público, haga de la verdad, la honestidad, la voluntad y el compromiso de servir, su cuadro básico de virtudes.

¿Difícil, imposible, utópico? Puede ser, pero tengan en cuenta todos ustedes candidatos que éste es el único camino para terminar con la inercia de la pobreza que no merece ningún ser humano ni admite una verdadera democracia.— Mérida, Yucatán.

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