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Irving Berlín Villafaña (*)

Los ojos del mundo están atentos al fútbol, un fenómeno global. Es muy difícil, en estas condiciones, hablar de la aburrida agenda política (salud, empleo, seguridad, educación, desarrollo) por más que sea el tema de mayor relevancia mexicana. Que se tire el dinero público ya no es noticia. Sí lo será que este deporte no siga siendo un juego de 11 contra otros 11, en el que siempre gana Alemania. En este contexto intento dibujar breves comentarios que se pueden leer a media cancha, a media voz o en el medio tiempo.

El último y nos vamos

El último debate presidencial celebrado en el palacio de la corrupción que es el Gran Museo de la Cultura Maya, cuya deuda seguiremos pagando durante 20 años, me dejó las siguientes reflexiones: el lenguaje político reclama de mediadores capaces de hacerlo comprensible para la mayor cantidad de mexicanos y es de esperarse que los periodistas y los comunicadores hagan ese trabajo. Este ideal se rompe en manos de periodistas que olvidan esa función y lanzan preguntas imprecatorias del tipo: ¿piensa usted que es mejor la prueba educativa censal que la muestral? Cuando un periodista insiste en la precisión de esta pregunta y en la precisión de la respuesta, pienso que algo está mal en la formación de los periodistas, primero por el desinterés que tienen millones de mexicanos sobre ese tema y segundo, por su incapacidad de diseñar una pregunta que sí sea relevante para grandes grupos sociales. Este divorcio, lejanía o como le quiera llamar entre el lenguaje de la calle y el lenguaje de las elites pone de relieve otro código que sí es fácilmente comprensible por todos: el lenguaje del espectáculo, del morbo y del escándalo. Así las cosas, los momentos de ataques —que no debate de propuestas— para demostrar o acusar que uno de los candidatos tiene cuentas pendientes con la justicia es el único lenguaje puente entre las élites y los ciudadanos. Y el resultado de este puente no ayuda a la pedagogía cívica, sino confirma el desprestigio de la política. Así las cosas, la comunicación política tiene retos fundamentales para romper el ostracismo y el solipsismo de las elites, porque de plano apostar sobre lo negativo es un disparo en el pie de los corredores.

La cultura

Tal vez recuerde mal, aunque es más difícil recordar lo que no ocurrió. El tema de la cultura no es importante para ninguno de los candidatos y, salvo algunas pinceladas, memes o notas curiosas, no se presentaron evaluaciones y menos propuestas. Nadie reflexionó ni puso metas sobre el crecimiento del sector creativo mexicano que ha rebasado a Canadá, país donde sus industrias culturales generan el 3.1% del PIB, mientras que la cuenta satélite mexicana mostró en 2016 un sector que llegaba a aportar el 3.3% del producto nacional. Me parece que es un error sintomático de las prioridades que tiene el país.

Las sorpresas

Este proceso electoral no se parece a ninguno otro. El PRI aparece desfondado ante la opinión pública nacional y José Antonio Meade es el equivalente a Roberto Madrazo sin parecerse para nada al candidato de la crisis tricolor. Lo espantoso es el uso perverso de las instituciones judiciales para atacar candidatos y el crecimiento de esta ola antipriista que amenaza hasta los caudillos tropicales de las regiones, donde aún tenían simpatías. Algunas encuestas en Mérida y Yucatán muestran, incluso, la posibilidad de que el PRI se convierta en tercera fuerza dado el avance de Morena.— Mérida, Yucatán.

iberlin@prodigy.net.mx

Antropólogo, doctor en ciencias de la información y excolaborador de Renán Barrera y Mauricio Vila

 

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