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Se construye con ciudadanos

Agustín Llamas Mendoza (*)

No le pidamos a la democracia aquello que no le hemos dado… En épocas de crisis solo quedan dos cosas: levantarse en armas o levantarse más temprano —D. L Servitje

Una democracia que no da resultados no sirve para nada. Efectivamente esta democracia que llevamos construyéndola cerca de 30 años no ha dado los frutos esperados. Una democracia hoy calificada como defectuosa y que prometió beneficios para todos en muchos momentos, dio, inevitablemente, decepciones, desempleo, corrupción e inseguridad. Una democracia sustentada más en la aspiración que en la realidad. Una democracia con ausencia de demócratas.

Esa misma democracia que fue abusada, violada y secuestrada por el poder económico y la clase política, por las élites, y que dejó huérfana y a la intemperie a una sociedad que legítimamente esperaba beneficios a cambio de su paciencia y el agravio acumulado, el 1 de julio encontró una vía de escape, donde se manifestó con todas su fuerzas para cobrar todos esos rendimientos esperados que se le escatimaron durante años.

Pero no, la democracia no ha muerto. Por lo menos la democracia electoral no lo ha hecho; sorpresivamente ha dado muestras de vigor y entereza, y se ha evidenciado por medio de una ciudadanía incrédula pero comprometida con un proceso confiable y transparente. Pero la democracia sistémica, la democracia del estado de derecho, esa que repudia la demagogia, el populismo, la corrupción y la impunidad, el tráfico de influencias y las prebendas, y que reclama contrapesos, no sabemos todavía si ha fallecido.

Hoy se presentan grandes oportunidades para hacer ciudadanía, y más concretamente para formar sociedad civil, esa que actúa por el bien común y que sin duda genera valor al sistema, y más concretamente a la democracia sistémica. Hoy, más allá de los mismos partidos políticos, la ciudadanía que la motiva la construcción del bien común tiene la oportunidad de organizarse y mediante su participación seguir contribuyendo a la idea solidaria y contraria a la de que el gobierno solo, o los empresarios solos o aislados, o los sindicatos marginados, o la academia y sus esfuerzos individuales podrán con la democracia de nuestro país. La democracia y su crecimiento y fortaleza solo se puede dar cuando todos participemos, desde las respectivas trincheras, en la cosa pública.

El nuevo gobierno tendrá su oportunidad: podrá ser un catalizador y un promotor de esa democracia y podrá eventualmente generar resultados a toda esa esperanza que voto por él, o también podrá refundar el viejo sistema hegemónico de partido único; ese modelo controlador y discriminador. Veremos si los llamados demócratas electorales de hoy, hayamos votado o no por el triunfador, y que demandamos el cambio, seremos iguales de exigentes para reclamar el fortalecimiento y la vigencia de esa democracia o simplemente los habitantes complacientes con quien monopoliza el poder.

Mientras tanto, debemos felicitarnos por varias razones. Vivimos un proceso electoral eficiente y en paz. Los perdedores reconocieron su derrota y reconocieron el triunfo del ganador —muestras fundamentales de civilidad. Las mayorías han optado por la opción electoral que más les han prometido desde hace muchos años, y optaron por la esperanza legítimamente. Pero esto no termina aquí. Esto apenas comienza, y ahora ¿la democracia ciudadana se agazapará o participará para el fortalecimiento de los valores democráticos? A partir del 1 de diciembre sabremos, y tal vez antes, qué tanto del candidato permanecerá en el gobernante o el gobernante dominará al candidato. ¿El escorpión seguirá siéndolo o se habrá auto transformado?

Ciertamente, lo anterior es muy temprano para responderlo hoy cabalmente; sin embargo a lo largo de los años el personaje en cuestión nos ha dado evidencia del cómo es y de cuál es su visión sobre la sociedad, la política y la economía.

En una entrevista televisiva durante la campaña el hoy virtual Presidente electo declaró: “Le tengo mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”. Tal declaración debería alertar y llamar la atención a toda la sociedad civil y a todos aquellos defensores de la democracia y, por supuesto, a toda esa ciudadanía ávida de participar y contribuir solidariamente con el futuro de México.

Tenemos que recordar que los gobiernos democráticos se mantienen así precisamente por contar con apoyas incondicionales y, aunque parezca extraño, también por contar con detractores o críticos. Esos dos grupos forman un balance necesario para que el gobernante ejerza el poder con prudencia y buen juicio. Eliminar o alejar a los incondicionales como a los críticos es un error, y cuando sucede ello generalmente se marginan primero a los críticos los cuales suelen ser más incómodos al ejercicio del poder. No prestar oídos a la sociedad civil organizada puede ser un craso error.

Para Jürgen Habermas la existencia de una sociedad civil diferenciada de la sociedad política es un prerrequisito para la democracia. Sin ella, no hay Estado legítimo. Y es que esa sociedad civil tiene dos componentes fundamentales: por un lado la construcción de reglas e instituciones que facilitan el conducto de demandas hacia el Estado tanto para la defensa como para la protección de sus derechos; y por el otro, el plantear propuestas y soluciones para el sistema en su conjunto de cara al bien común.

Tocqueville identifica a la “sociedad civil” como el conjunto de organizaciones e instituciones cívicas voluntarias y sociales que fungen como mediadores entre los individuos y el Estado. En suma, cualquier tipo de organización social —sea política, social, comunitaria, religiosa, o incluso artística o deportiva— resulta favorable para la democracia en tanto que constituye una especie de escuela para la participación y la asociación, así como un dique que impide que el Estado invada los espacios sociales que no le corresponden.

El político autoritario normalmente es paranoico y siempre quiere tener todo bajo control, presupone que todo debe estar bajo el control del Estado y nada fuera de él. Ese tipo de político asume posturas desde paternalistas, patrimonialistas y hasta represoras, con lo cual eventualmente podría llegar a afirmar que la responsabilidad del Estado (o sea, de ese político) es la vigilancia y definición de las actividades de toda la sociedad.

Un político que desconfía de la sociedad civil por principio no ha entendido que el desarrollo de cualquier país democrático no pasa necesariamente por el Estado. La generación de empleo, riqueza y valor social no pasan hoy por hoy por ningún Estado democrático, circulan por la sociedad civil, independientemente del Estado.

Prevalece

En un Estado desarrollado la democracia prevalece. Los actores no se someten al Estado, todos los actores —sociales y económicos— son socios de los políticos para que ese país sea grande y cada vez tenga mejor calidad de vida. No debería sorprendernos esas declaraciones dado que para el autoritario es perfectamente normal que se desconfíe de todo aquello que no está dentro de su férula de control.

Pero el político autoritario hoy ataca ciertos grupos, siempre en la polarización, y mañana ataca a otros, mediante una retórica muy elemental que contiene a los malos y a los buenos. El desconfiar de la sociedad civil podría significar que no se ha entendido en qué consiste la democracia.Los resultados electorales, que como tales habría que festejarlos por lo que de democrático tienen, hoy paradójicamente quienes festejan el triunfo podrían estar celebrando las últimas elecciones. La democracia es sistémica, no es solo el proceso electoral. Y esa democracia no se construye con políticos y/o ciudadanos autoritarios, corruptos, mezquinos y banales. La democracia se construye con ciudadanos de tiempo completo con cultura de legalidad, honestos, responsables, críticos e institucionales. Y aquí la pregunta que hoy habría que hacerse: ¿los triunfadores darán muestras de civilidad democrática, honestidad, transparencia, responsabilidad y de autocrítica para fortalecer la democracia, o será todo lo contrario?— Ciudad de México.

Director del Centro de Investigación en Empresa y Sociedad del Ipade

 

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