feminicida de tahdziu

 

Alberto Cámara Patrón (*)

En los años 60, en Yucatán sabíamos de las artes marciales por algún programa de TV o por las fantasías de alguien, y se vinculaba a orientales con las manos acorazadas con callos, capaces de romper puertas, mesas y todo lo que se les pusiera enfrente. Hubo algunos intentos de crear escuelas de karate en Mérida, pero en las dos academias que se abrieron en el centro e Itzimná había más entusiasmo y espíritu de camorra que técnicas de combate.

En 1971 llegó a Mérida un español de 22 años, José Fernández del Moral, que venía a América por primera vez y en busca de alguna temporada de sosiego junto a su hermana, casada con un empresario yucateco. Nunca imaginó quedarse más de algunos meses y mucho menos arraigarse por estas tierras hasta donde le alcanzó la vida.

Llevaba algunos años turbulentos en París, donde combinaba el entrenamiento de karate en la escuela del Sensei Kase, discípulo del Sensei Funakoshi, fundador del karate moderno, con un romántico activismo político en sintonía con el movimiento de Dolores Ibaurri, La Pasionaria.

Cuando llegó a Mérida tenía nivel de cinta negra segundo dan, así que buscó un dojo para entrenar y con sorpresa vio que no había ninguno medianamente serio. Para no aburrirse y ganar algún dinero, decidió abrir un dojo. Con disciplina, formalidad, rigor técnico y mucho entusiasmo se hizo de alumnos que rápidamente se hicieron notar; el maestro Fernández comenzó a foguearlos en competencias nacionales y arrasaron en cuanto torneo participaron. Él mismo de inmediato se posicionó entre los mejores karatekas de México y era temido por todos porque cuando hacía combate libre, o sea, con todo, parecía dispuesto a entregar la vida sobre el tatami. Cuando combatía, me cuenta un compañero suyo de esa época, daba miedo; sentías que quería morir, no se rendía.

Fui su alumno muchos años más tarde, iniciando los 90, y recuerdo sus palabras de bienvenida: “El que viene a entrenar porque quiere lastimar a alguien no es bienvenido. El que viene a entrenar porque le teme a alguien está perdiendo su dinero y su tiempo; mejor que vaya con su enemigo, le ofrezca disculpas y acabe con el problema. Ahora bien, el que viene a entrenar porque quiere superarse física, mental y espiritualmente aquí tiene un lugar y puede tener la seguridad de que si lo requiere sabrá defenderse”.

Y vaya que sabía enseñar el arte de la defensa. Sus entrenamientos eran duros, implacables. “Todos tenemos miedo a la hora de pelear, decía, aquí aprendemos a superar el miedo”, y repetía el dicho samurai: “Sacrifico un dedo a cambio de su mano; mi mano a cambio de su brazo; mi brazo a cambio de su vida”.

Sin proponérselo, estableció el piso para las artes marciales en el sureste de México: calidad técnica, disciplina, enseñanza formal y rigurosa. A partir de él se abrieron otras academias de diversas disciplinas, que tenían como referente al Dojo del Sensei Fernández. Por su academia pasaron miles de jóvenes y adultos queriendo aprender el karate superior que enseñaba y todos obtuvieron enseñanzas inolvidables que forjaron, en su mayor caso, gente de bien, hombres y mujeres con valores, disciplina y carácter.

Con el paso de los años derivó en una búsqueda espiritual profunda y a sus verdaderos amigos nos contaba sobre todo lo que estaba hallando en ese camino.

La última vez que me reuní con él, dos semanas antes de que muriera, lo vi delgado en exceso, pálido, transparente, con la voz apagada por la metástasis en los pulmones. Me dijo que ya estaba terminando de poner todas sus cosas en orden, pero que esperaba sanar con un tratamiento experimental de inmunoterapia y que tal vez fuera a España a vender la casa que tenía en Villafranca del Bierzo.

No pude compartir su optimismo y me paré para despedirme. No te rindes, ¿verdad?, le dije. Alberto, me contestó, nunca tuve la oportunidad de aprender a rendirme. Adiós maestro Fernández, hablo por tus miles de alumnos cuando te digo gracias por todo lo que nos diste.— Mérida, Yucatán.

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