El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
Lc 8,39-45
En el ámbito del Reino de Dios, Jesús de Nazaret exige a sus discípulos abstenerse totalmente de censurar, más si tal censura resulta injusta: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano”. Y es que la censura, como define el DRAE, consiste en “formar juicio de una obra u otra cosa; corregir o reprobar algo o a alguien; murmurar de algo o de alguien”, cosa que en el horizonte del código honor-vergüenza, vigente en el mundo mediterráneo de entonces, se traduce en un estereotipo que encasilla y determina el estatus del individuo dentro del colectivo, negándole así cualquier posibilidad de movilidad social, con los perjuicios correlativos.
El asunto resulta más grave aún si quien censura está moralmente imposibilitado de hacerlo por estar en una situación peor de quien es víctima de su reprobación, lo que sugiere pensar en alguien que, ocupando una situación de honor por algún cargo o función relevante en la comunidad, se aprovecha de su situación para humillar o someter a quienes de algún modo vienen a ser subordinados suyos o pertenecen a un estatus considerado inferior. En este sentido, la censura injusta adquiere rasgos de irracionalidad en cuanto que la imposibilidad de percibir la viga en el propio ojo habla de una actitud francamente visceral y, por consiguiente, carente de toda introspección, reflexión y análisis. En este punto es imposible no traer a la memoria la reacción del Maestro cuando, según relata el evangelio de Juan, al serle presentada una mujer sorprendida en adulterio desafía a sus airados acusadores: “Aquel de ustedes que esté sin pecado, que le arrojé la primera piedra”.
Y es que si algo estimuló Jesús en sus discípulos fue lo que hoy vendría a llamarse una actitud crítica en el sentido etimológico del término: proveniente del griego krínein que dice separar, la raíz del vocablo expresa distinguir, discriminar y, finalmente, cribar en alusión al acto de pasar por una criba semillas, minerales y más para separar las partes menudas de las gruesas. Y sí, el Maestro llamó a los suyos a tener una actitud analítica como la de él mismo: “Porque ¿quién de ustedes, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Éste comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, antes de salir contra otro rey, no se sienta a deliberar si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz”.
Y es que en contraste con la visceralidad de sus adversarios, Jesús de Nazaret supo analizar y criticar la actitud acomodaticia de Herodes Antipas, lo invasivo y dañino del césar de Roma —en la persona de sus representantes— para la tierra de Israel, la corrupción de los sacerdotes jefes y del sumo sacerdote del templo de Jerusalén, y más, sujetos éstos que generaban hechos y situaciones repugnantes para la causa del Reino de Dios. Como consecuencia de su análisis crítico, el Galileo vio y asumió con lucidez la cruz en su horizonte existencial.
Sentada en nuestras sociedades, la censura injusta e irracional con su cauda de prejuicios continúa humillando desde la prepotencia de quienes, teniendo una viga en el ojo pero apoyados en sus privilegios de estatus socioeconómico, condenan sin más a quienes solamente tienen una brizna en el suyo. Es cierto que este tipo de censura necesita estímulos: en el mundo mediterráneo del siglo I, cuando la comunicación era básicamente oral, las cadenas de comentarios que las mujeres activaban en su función de vigilar la conducta social, y los niños, que correteaban entre las esferas masculinas y femeninas, hacían las veces de las redes sociales que, en su superficialidad por la inmediatez que les es inherente, no dejan lugar a la crítica y el análisis favoreciendo la debilidad mental y la ignorancia que suelen tener como arma, precisamente, la censura injusta e irracional.— Mérida, Yucatán.
ruzvillamil@gmail.com
Presbítero católico
