Gratos recuerdos
Ricardo Alberto Gutiérrez López (*)
A lo largo de mi vida, he tenido la fortuna de haber coincidido con personas extraordinarias y que de alguna manera han dejado una profunda huella en mis recuerdos y en mi corazón. De las que recuerdo con más cariño, están algunos de mis maestros de primaria.
Lucrecita se desempeñó como docente en la Escuela Modelo por más de cincuenta años. Fue mi maestra de segundo grado de primaria en esa escuela en 1951. La guardo en mi memoria como una excelente profesora, hacia quien desarrollé un sentimiento de admiración y respeto y que me dejó gratas experiencias; tanto por su calidad profesional y entrega a su labor educativa, como por las características de su personalidad.
Recuerdo con cariño su técnica para enseñarnos a multiplicar: formaba dos equipos, los blancos y los azules y nos hacía competir para ver quién decía la respuesta con mayor rapidez. Era algo muy divertido y educativo a la vez.
Privilegio
Tuve el privilegio de conocerla y tratarla, primero como maestra y luego también como persona puesto que era amiga de mi tía Fidelia, la cual vivía en casa de mi abuela desde siempre. A mediados de los años sesenta, siendo estudiante en la facultad de derecho de la Universidad de Yucatán, vivía en esa misma casa.
Como amiga que era de Fidelia, Lucrecita la visitaba frecuentemente, por lo que coincidimos muchas veces. Es como consecuencia de esos encuentros, que nace una nueva relación entre nosotros. Ya no se trataba del trato afectuoso y de respeto de un niño hacia su maestra a la cual admira; sino el de un joven hacia una persona adulta. Conversábamos mucho y fue una revelación para mí el entender que Lucrecita no sólo era una excelente maestra, sino también era una excelente persona.
Pasaron los años y Lucrecita, en el ocaso de su vida, vivía en la casa de su sobrino el doctor Jorge Novelo quien era hijo de don Pepe, quien fue director de la Escuela Modelo por muchos años.
La casa del doctor Novelo estaba ubicada en avenida Reforma, muy cerca del Monumento al Maestro.
La visité muchas veces en esa dirección; y con mayor razón cuando me enteré que padecía una grave enfermedad que la mantenía postrada.
La última vez que hablé con ella recuerdo con mucha claridad que me atreví a hacerle esa pregunta que todo modelista deseaba de una o de otra manera hacer a sus maestros. Esa duda que siempre quedaba en nuestras mentes, debido a que la religión no era un tema que se tratara en la escuela por su laicismo. Le pregunté a Lucrecita: ¿crees en Dios? Su respuesta me impresionó tanto que la atesoro en el corazón: “No lo sé hijo… algo debe haber más allá de este, nuestro plano terrenal, porque desde hace algún tiempo mi madre se me aparece vestida de blanco, esbozando una cálida sonrisa e invitándome a ir con ella. He tenido varias veces esta visión. La verdad, quiero ir a reunirme con mi mamá, creo que ya es tiempo”.
Poco tiempo después de esta plática Lucrecita falleció tranquilamente. Estoy seguro de que está en el cielo, esperándonos, para enseñarnos las tablas de multiplicar a los equipos blancos y azules.— Mérida, Yucatán
leconser@yahoo.com
Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado
