México e India
Beatriz Castilla Ramos (*)
Como cada año, recibo mensajes sublimes que me envuelven con imágenes esplendorosas que evocan el inicio del nuevo año en la India. La plegaria teje corazones sin fronteras: “Que la celebración brille y penetre cada rincón de tu vida, con momentos fulgentes de amor, felicidad y alegría junto a tus seres amados, con un aliento altamente espiritual”.
Momentos de renovación como seres humanos: Diwali, el “festival de las luces”, destella una explosión que alumbra toda la India con velas, lámparas de aceite (diyas), fuegos artificiales que se esparcen y resplandecen para ribetear nuestros senderos y se desdibujan las diferencias.
La luna, la reina de la noche, define en su ciclo el tiempo preciso del arribo de la celebración más importante de la India, entre los meses de octubre y noviembre, que conmemora la victoria del bien sobre el mal. Por ello, Diwali enmarca los senderos que conducen a la gloria de la luz sobre la oscuridad.
Sus orígenes se remontan a quince siglos A.C. durante el retorno de la deidad Rama y su esposa Sita a su reino después de haber derrotado al Rey de los Demonios Ravanna. En ese largo trayecto, los habitantes encendieron lámparas en sus ventanas y tejados para guiar el camino certero a su reino.
Diwali es un momento para detenernos en nuestras vidas, de introspección para disipar nuestras propias tinieblas que merman nuestra esencia espiritual, y para que la luz se instaure en todo su esplendor en nuestro interior y se irradie a nuestro paso.
Los altares engalanan los hogares y las calles en complicidad con las alabanzas, ofrendas de flores e inciensos. Al caer la noche se abren las puertas y ventanas para ofrecer velas, lámparas y manjares. El simbolismo de la festividad alude a la necesidad del hombre de avanzar hacia la luz de la verdad para alcanzar el triunfo de la virtud (dharma).
Coincidencia
En una mágica coincidencia, en el otro lado del orbe, todo México se ilumina, con distintos matices acorde a sus tradiciones, para celebrar la vida sobre la muerte y el retorno de los fieles difuntos. En Yucatán, el Hanal Pixán, comida de las ánimas, es una celebración para perpetuar a los nuestros en una fiesta llena de color y júbilo. La luz que emana de las velas se conjuga con plegarias que guían su retorno en la anhelada visita familiar impostergable. Las casas y las calles se visten con altares pletóricos de flores y ofrendas de sus alimentos para congraciarlos.
El abrazo fraternal entre México y la India nos refrenda en estas celebraciones simbólicas la victoria perenne de la luz sobre la oscuridad, del bien sobre el mal y se erige el tiempo de la esperanza y de la purificación de nuestra esencia humana.— Mérida, Yucatán
bcastillaramos@yahoo.com
Antropóloga, doctora en Sociología e investigadora de la UCS-CIR-Uady.
