Editorial

La estación

Pedro Cabrera Quijano (*)

El frío se cuela por la ventana en estos atardeceres de Yucatán. Con las lluvias, la humedad ha hecho estragos en las enfermedades respiratorias y, en lo personal, hasta en el alma, por el dolor de leer, en estos días previos a los dedicados a los Fieles Difuntos, noticias de personas que deberían estar vivas pero se nos adelantaron por la puerta del suicidio.

Una joven madre, profesora con depresión tras su divorcio, deja en la orfandad unos inocentes. Jóvenes promesas, dos estudiantes de 21 años, de bellas facciones, nos dicen un adiós inaceptable. Lo mismo en Mérida que en Valladolid, o en alguna comisaría. El suicidio es viral. Con cualquier descuido, una gota de saliva puede infectar a nuestro primer círculo de amor, cariño y lealtad: la familia, los amigos, el equipo.

Con las veladoras multicolores, encendidas sobre las albarradas mayas, la semipenumbra en algunos pueblos (lo cual lo dota de mayor respeto), dedicaré un minuto de su atención para pensar en esas almas que nos abandonan antes de tiempo o quizás justo en su tiempo, si todo está escrito.

Tuve un intercambio de reflexiones sobre el suicidio con jóvenes de la nueva generación: la mayoría de los muchachos, casi pubertos, sostiene que se necesita valor para tomar esa decisión. Soy tan cobarde que yo jamás me atrevería a escoger esa fatídica decisión; no soporto la idea de abandonar a mi esposa, a mis hijos, a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos.

En lo que va de 2019, las muertes por suicidio en la entidad superan en casi 12 por ciento los fallecimientos registrados en siniestros viales: de enero a la fecha, unas 180 personas han muerto en accidentes de tránsito o siniestros viales en las carreteras y calles de la entidad, mientras que, en el mismo periodo, 202 personas han decidido acabar con su vida.

Según los datos, de igual forma, cada 33 horas se suicida un yucateco, pues la tasa de suicidio en el país es de 4.5 por cada 100 mil habitantes, pero en Yucatán es de 10.5 por cada cien mil habitantes, es decir, más del doble. Y 2018 fue el año con más suicidios en la historia, al alcanzar 246 registros. En septiembre pasado, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) nos confirmó como la cuarta entidad federativa con mayor índice de suicidios, al alcanzar en 2017 una tasa de 8.8 por cada 100 mil habitantes.

El indicador coloca a Yucatán por debajo de Chihuahua, que tiene la tasa más alta, con 10.7 suicidios por cada 100 mil habitantes, así como de Aguascalientes y Sonora, con 10.1 y 9.1 suicidios por cada 100 mil habitantes, respectivamente.

Alertas

Suficiente literatura hay sobre ese tema, basta con buscar en internet y nos asombraremos de la cantidad y variedad de enfoques médicos y sociales sobre un virus que se propaga como estornudo o como un bostezo entre nosotros. Lo único que propongo es estar más atentos a las señales de depresión en nuestros seres queridos, ya sé que fastidia repetir pero es necesario alejarnos un poco de la tecnología y escuchar lo que nos cuentan nuestros familiares y amigos.

No somos nadie para juzgar. Un abrazo sincero, que sienta nuestro corazón como suyo, es, muchas veces, lo único que necesitan algunas personas. Y no nos damos cuenta. El mundo actual, con su vorágine de cambios, justamente ha minado la zona de afecto que hubo entre vecinos, entre camaradas, en el equipo callejero de fútbol.

Estoy seguro que muchos problemas se ahorrarían por la vía del diálogo. Así están divididos los yucatecos: unos te platican hasta el número de gotas de azúcar que tenía su chocolate, y otros están acostumbrados a lacónicos “si” o “no”. Lo anterior no es impedimento para mantener la comunicación con quienes atraviesan una situación estresante, pero no saben cómo pedirnos ayuda.

Las deudas económicas que padece la mitad de la población yucateca, la pérdida creciente de la seguridad social, de las pensiones y las jubilaciones en las nuevas generaciones, a las que se le ofrece salarios menores al “salario mínimo”, por contradictorio que esto suene, son factores que inciden, al frustrar sueños y esfuerzos. No, no puedo alterar el clima, no puedo acabar con la industria de las cuerdas (sogas, hasta hace unos lustros), pero sí puedo, y debo, actuar en el ámbito que me corresponde, respetando la dignidad de cada ser humano que me rodea, pero sobre todo derechos, si se trata de los animales domésticos.

Reflexión

Estos días de aire fresco, de tardes grises, lluviosas, de chocolate y de suculento pib, regalemos un minuto de reflexión a esas almas que se nos adelantaron, a esos sueños que no se cumplieron, a ese dolor tan difícil de aceptar, sobre todo para los hijos y hermanos, que también nos sangra en la familia, en los amigos, en la sociedad.

Los índices tan altos de suicidios de la entidad no son un problema de hoy, lo arrastramos desde hace tres décadas, al menos. Y los resultados aún no muestran mejoría. A lo mejor, podemos dar un poco más.— Mérida, Yucatán.

pedrocabreraq@hotmail.com

Empresario

 

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