La violencia
Edgardo Arredondo Gómez (*)
Actualizando mis archivos descubrí hace unos días una caricatura o monito, como le llaman también, del Escudo Nacional, en donde se observa al águila y a la serpiente con sus caritas de susto y miedo, escondidas detrás del nopal, el cual se encuentra acribillado como queso gruyere por efecto obvio de una ráfaga de metralleta.
Lo peculiar del dibujo es que fue hecho hace diez años… sí, hace diez años. Lo lastimoso es que su vigencia es tal, que pudo haber sido elaborado hace apenas diez minutos.
Ese mismo Escudo Nacional impreso en la enorme bandera que hace unas semanas una turba de seudoestudiantes encapuchados quemara en Ciudad Universitaria, sin que nadie lo pudiera evitar; ese mismo escudo, labrado en uno de tantos pilastrones de Paseo de la Reforma en Ciudad de México, preso de la picoleta de una enardecida mujer en una de las recientes protestas feministas, a la vista y tolerancia de las autoridades.
¿Estamos perdiendo la batalla en todos los frentes?
La situación sigue igual o peor, pero la estrategia ha cambiado. Nada de represión, nada de enfrentarse a la violencia con violencia, nada de cuestionar quién tiene el uso legítimo de la fuerza. Nadie discute el efecto que se tendría el mejorar la situación económica, el tejido social, el bienestar general, pero es claro que los resultados, si se dan, serían a muy largo plazo. ¿Y mientras tanto qué?
A mí me tocó vivir tal vez el ocaso de la estrategia educativa de antaño: “La letra con sangre entra”. Recuerdo la primera y única ocasión que ocurrió. La maestra llevaba un buen rato en la pizarra tratando de explicar aquellos monstruos terroríficos que eran los “números quebrados”… pero en honor a la verdad estábamos más entretenidos tirándonos bolitas de papel. Es probable que haya lanzado antes un par de advertencias, pero nadie le hizo caso hasta que de pronto soltó un ¡Ya basta!: El borrador surcó los aires para estrellarse en la pared posterior del aula, rebotar y caer justo en medio del pasillo. No hubo lesionados. El silencio fue la respuesta inmediata y mientras todos pusimos “ojos de plato”, ella pasó como un “toro bufando” a recoger el objeto volador, lanzando miradas fulminantes a todo el grupo. El resto del día y del curso fue sin novedad. Nadie se atrevió a tirar jamás una bolita de papel en clase.
Ni qué decir de la “chancla voladora”, inmortalizada en la película de “Coco”. Al racimo de advertencias de las madres de antaño surgía la “chancla voladora”, algunas progenitoras adquirían tal destreza que podían estrellarla en una pared o con singular puntería en la cabezota del niño rebelde mal portado: ¡santísimo remedio!
Recuerdo a mayor edad en plena práctica de laboratorio de Química: estábamos teniendo una auténtica pachanga y nadie le hacía caso al pobre maestro, hasta que de pronto el grito de “¡Silencio!”, seguido de un manotazo en la mesa que tiró uno que otro portatubos de ensayos, volteó algún matraz y levantó más de una libreta… fue suficiente para mantenernos calladitos y atentos.
En estos tres casos la calma llegó, aunque sea momentáneamente… pero llegó, sin haber damnificados, y sin lugar a dudas vimos con más respeto a la autoridad en turno.
Todos los días en esta espiral de violencia del país, y ya definida y defendida día a día la estrategia del combate a la delincuencia que el señor Presidente machaca a diario, yo como muchos mexicanos quisiera tal vez sin ser la gran cosa, cuando menos ver el aire surcado por un borrador o una chancla saliendo de Palacio Nacional, ya no se diga un manotazo dado desde la silla presidencial.— Mérida, Yucatán
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
