Una de las facetas del doctor Renán Góngora Biachi era la ventriloquía. En la foto

El doctor Renán Góngora Biachi

Edgardo Arredondo Gómez (*)

Cursaba el internado en el Hospital O’Horán, era el año 1984. El sida aparecía como la terrorífica pandemia que acabaría con la humanidad. El hecho de prevalecer en jóvenes homosexuales, ser un padecimiento de transmisión sexual o presentarse en personas hemotransfundidas le daban un cariz de incertidumbre propio del surgimiento de una nueva enfermedad.

El doctor Renán Góngora Biachi dio una excelente conferencia en el Aula Magna del Hospital y dijo con su característica sonrisa: “Tenemos un gran reto encima…en espera del primer enfermo, doy, como en el Viejo Oeste, una recompensa de diez mil pesos a quien me traiga el primer caso”.

Desde luego lo tomamos mitad en broma, mitad en serio. Lo cierto del caso, es que en los meses siguientes nos volcamos al estudio de la Hematología y recuerdo cómo mi grupo se topó con leucemias, linfomas, púrpuras, anemias, hasta otras entidades más raras y no diagnosticamos el primer caso, lo cual hizo su equipo meses después y la recompensa mayor para todos fue ese primer sorbo delicioso que tuvimos en la investigación, en una época sin internet y cuando la pila de libros y revistas eran nuestra fuente.

Más de 30 años deespués de esta anécdota, el sida palidece hoy día con el pánico desatado por la epidemia actual de Covid-19, lo clásico en el ser humano: el miedo a lo desconocido.

El doctor Góngora Biachi fue ante todo un médico con un carácter humanista como he conocido muy pocos, y cuando hablo de humanista, no me refiero al médico bondadoso y altruista, que es apenas un rasgo y que de eso él tuvo mucho. Lo digo del médico que cultiva otras ciencias y sobre todo artes que le dan un carisma único.

Fue además de médico: matemático… ¡sí, matemático! Tal vez no existan dos ciencias aparentemente más antípodas, bueno al menos para mí que estudié Medicina huyendo en parte de las Matemáticas, lo cual es imposible, y me dieron de pescozones cuando llevé Bioestadística y me dediqué luego a la investigación.

En el caso de mi maestro no cabe duda que las Matemáticas jugaron un rol determinante en su trayectoria de investigador: 134 artículos médicos publicados, 17 capítulos en textos de medicina, más de 300 ponencias nacionales e internacionales. Sus aportaciones al mundo sobre los efectos neurológicos y cardiovasculares del VIH son reconocidos. Publicó un libro sobre los 25 años del sida en Yucatán, con un análisis muy peculiar de la enfermedad en nuestro estado.

Pero también se inclinó por la Historia, siendo colaborador en la publicación de varios libros sobre la Historia de Yucatán y muy particular de Valladolid, donde es hijo predilecto sin haber nacido en la Sultana de Oriente, siendo cronista de la ciudad, y durante mucho tiempo escribiendo artículos de interés en los periódicos locales.

Formó parte y fue un gran promotor del movimiento Scout en Yucatán. Su historia personal es una lección de esfuerzo y tenacidad. Contaba con orgullo de su primer trabajo como bolero y de cómo se costeó sus estudios con “Ringo”, su muñeco, con el cual recorría a cuestas en su motocicleta para dirigirse a las fiestas infantiles para hacerla de ventrílocuo, con lo que costeó sus estudios, con una brillante carrera que le hizo recorrer hospitales y terminando como director del Centro Médico de las Américas, cargo que tuvo que dejar por motivos de salud.

Padre y esposo ejemplar. Un gran conversador y una persona con la que era imposible regatearle una sonrisa al verlo. Fue un gran apasionado de la Literatura. En el año 2014 fui a verlo a su oficina para proponerle que presentará mi segunda novela: “De Médico a Sicario”. Mi maestro aceptó gustoso y así regresé a mi querida Facultad de Medicina y el 29 de octubre me hizo el gran honor de darla a conocer con un barniz de spoiler lo suficiente para ser uno de los responsables de que se agotara la primera edición, lo cual siempre que tenía oportunidad se lo recordaba y agradecía.

Hace unos meses, como lo hice con todo lo que después publiqué, fui a verlo para obsequiarle mi última novela y le mostré con orgullo mi primera compilación de cuentos; conversé con él más de una hora. Siempre me distinguió con su amistad. Como me suele ocurrir en estos casos, cuando una persona valiosa que dejó su huella en mi formación se va, no dejo de lamentar su partida, para en seguida recordar la mirada expresiva, la voz pausada y su sonrisa y tengo la certeza que él en realidad se quedará por siempre con nosotros. Descanse en paz.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

 

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