La salud física y el alimento espiritual
Felipe Arizmendi Esquivel (*)
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La pandemia del Covid-19 nos obligó a evitar concentraciones de personas, pues cualquiera de nosotros podría ser portador del virus y transmitirlo a otros, sin darnos cuenta.
Por ello, tuvimos que cerrar los templos, no para alejar a la gente de Dios y de la Iglesia, sino para colaborar en la lucha contra la propagación del mal. La intención es proteger al pueblo, al que nos debemos, y cuidar su salud, que es lo que Jesús procuraba tanto.
Sin embargo, no han faltado quienes afirmen que esto es una persecución contra la Iglesia, que es obra de masones y de personajes nefastos con mucho dinero que quieren cambiar el rumbo de la historia, para sus propios fines. Son teorías que escuchamos, pero no hay fundamentos serios para sustentarlas.
Los enfermos y los muertos no son teorías, sino hechos contundentes, incluso con personas muy cercanas, que nos obligan a tomar medidas extraordinarias, que esperamos sean pasajeras, si todos colaboramos.
Hay quien no acepta la celebración de Misas sin participación física de fieles, como si éstas no valieran, o no sirvieran para alimentar la fe. Argumentan textos bíblicos incluso para atacar a la jerarquía, como si fuéramos demasiado sumisos a las autoridades civiles, como si quisiéramos privar a la gente del alimento eucarístico, como si fuéramos comodinos, miedosos y cobardes para no contagiarnos, dejando desamparado al pueblo.
Sostengo que lo que nos mueve es, como decía San Irineo en el siglo IV, la gloria de Dios, que consiste en que el ser humano tenga vida; por tanto, que tenga salud, pues sin salud no hay vida.
PENSAR
El Papa Pablo VI, en su Encíclica Mysterium fidei (3-IX-1965), decía: “No se puede exaltar tanto la misa llamada comunitaria, que se quite importancia a la misa privada” (No. 2). “Porque toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz”.
El Concilio Vaticano II, en su Decreto Presbyterorum ordinis, claramente dice: “En el misterio del sacrificio eucarístico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redención y, por ende, encarecidamente se les recomienda su celebración cotidiana, la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia” (No. 13).
Es decir: Es muy importante que sacerdotes y obispos celebremos diariamente la Misa, aunque sin muchos fieles, para cuidar la salud y la vida del pueblo; pero la celebramos precisamente en bien de la comunidad. Por ahora, su presencia es sólo virtual; pero es muy real, visible y concreta. Es una forma transitoria; no es que así deba ser siempre.
Las Misas virtuales no son lo mismo que las presenciales, porque en éstas no hay presencia física de una asamblea que comparte la fe y la vida, no hay alimento sacramental, pero es por una situación excepcional. Lo virtual, sin embargo, también es alimento, aunque no pleno. Es peor quedarse sin nada.
ACTUAR
Cooperemos a regularizar la situación, guardando las debidas distancias físicas entre unos y otros, para no contagiarnos, pues ahora no sabemos por dónde nos puede llegar el virus, y procuremos la cercanía moral, virtual, espiritual, de corazón, tanto con Dios como con los demás.— San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
arizmen@cem.org.mx
Obispo emérito de San Cristóbal de las Casas
