El Covid-19 y la escuela
Este año y como consecuencia de la pandemia del coronavirus, la sociedad en general está sufriendo una especie de reordenación; razón por la cual en muchos aspectos, ha sido necesario hacer ajustes con respecto de cómo se realizaban las actividades más cotidianas.
Arreglos que tienen como finalidad buscar alternativas para que sigamos funcionando como sociedad, pero con las reservas y cuidados que esta nueva amenaza nos ha obligado a seguir.
En mi caso, mi labor docente, no ha estado exenta de estos cambios. Cambios irremediables que primero se dieron por el progreso tecnológico y ahora, por necesidades de carácter de salud pública.
Primero, el progreso tecnológico propició que mis herramientas favoritas en la docencia: el pizarrón y los gises se volvieran obsoletos, me los quitaron. Y si eso no hubiera sido suficiente para mí, ahora tuve que ver lo que nunca pensé que vería: me quitaron mi salón de clase y lo que es peor, me quitaron mi escuela.
El 16 de marzo, el gobierno del estado decretó que a partir del 17 se suspenderían las clases. Precisamente en ese día había programado la revisión de trabajos finales de la evaluación para que al día siguiente, el 18, les aplicara una prueba escrita que cerraría el primer período evaluativo del 2o. semestre.
Gracias a la organización oportuna, desde ese día empezaron las clases virtuales. Tengo que confesar que no sabía qué hacer. Los maestros se ofrecieron a ayudarme para que pudiera dar mi clase, echando mano de los recursos tecnológicos que nos vemos obligados a usar en estos tiempos. “nosotros le ayudamos… no se preocupe, está fácil… sólo se sienta aquí frente a la cámara y sus alumnos salen en pantalla. Así puede verificar que estén todos desde su lugar… explicas, preguntas y respondes dudas, marcas tareas, etc. ¡Sí funciona, Inténtelo! Estaremos junto a usted para apoyarle”.
No pude y no quise. Con gran pesar y en contra de mi voluntad tuve que cederle a una joven maestra mis tres grupos de filosofía de primer año. Mentiría si dijera que fue fácil abandonar así mi cátedra, algo que nunca antes había hecho y que nunca pensé que tendría que hacer.
Todavía me duele, extraño mi salón, el contacto humano, las llamadas de atención, los pocos momentos de asombro brillando como gemas preciosas entre los muchos de aburrimiento, los malos resultados, el relajo prontamente acallado, el orgullo de ver sus buenos resultados, las risas, los cuchicheos, las llegadas tarde, las caras de susto al ver el examen y después de una primera ojeada, no saber las respuestas. La impaciencia reflejada en el rostro diciendo: ¿podemos salir?
Y es que mi peor pesadilla parece estar materializándose. Temo el día en que el vertiginoso avance de la tecnología, termine por dejar a la escuela como la conocemos, como algo obsoleto.
Que la asistencia a clase sea sustituida por un “conectarse en línea” para compartir, a distancia y en la soledad de una habitación, la experiencia educativa que por muchas razones debe realizarse en persona, en vivo, ¡en sociedad!
Y es que, a mi manera de ver las cosas, la mejor enseñanza que se obtiene en un salón de clase y en general en la escuela, no la da exclusivamente el maestro. La damos y recibimos todos. Es aquella que nos da la fuerza para enfrentar la adversidad.
¿Recuerdas el tan temido: “nos vemos a la salida” que nos dijo alguna vez el hampón de la escuela? Qué miedo, que angustia, ¡pero lo vencimos! El resultado del pleito no tenía importancia: Lo verdaderamente importante era el haber estado ahí, el no haber huido, eso era todo y lo hicimos. Esa era la verdadera enseñanza que nos templaba el carácter y la manera como nos enfrentaríamos en el futuro a los problemas.
Aristóteles describió al hombre como un “animal político”. Significa que el hombre nace solo con instintos sin saber nada, todo lo aprende de los demás, sin los demás no puede llegar a ser persona. Por otra parte por ejemplo: Una tortuga llega a una playa, hace un hueco, pone sus huevos en la tierra y se va, nunca vuelve; Al nacer cada tortuguita tiene dentro de sí, sin que nadie se lo enseñe, todo lo necesario para ser una tortuga adulta. Es en este sentido de pertenencia establecido por Aristóteles en su filosofía, que considero que la experiencia escolar rebasa al hecho de solamente estar metido en un aula por unas horas, recibiendo pasivamente el conocimiento que los docentes transmiten usando diferentes maneras de enseñar.
La escuela es un modelo de la sociedad en la que viviremos toda la vida. Es una especie de “ensayo” para aprender a convivir con diferentes tipos de personas. En la escuela se aprende a aceptar las diferencias de los demás, tanto de manera de pensar como de ser. Es en ese entorno en donde aprendemos a respetar y a darnos a respetar.
Pasarela
La vida escolar es como un desfile de modas y todos pasan. En la pasarela portamos nuestras mejores galas y mostramos nuestra personalidad. Está el peleonero, el carita, el aplicado, el bueno, el malo, el feo, el rico, el pobre, el acusón, el chismoso y de todos ellos, escogemos lo que más nos gusta para ir armando nuestra propia personalidad e idiosincrasia. Aprendemos a admirar y a juzgar a quienes tomamos un poco de ellos. En la escuela empezamos a conocer y a cuestionarnos la autoridad.
Aprendemos que hay maestros buenos y malos, flojos y dedicados, pesados y agradables, injustos y justos, verdaderos y falsos, admirables y odiosos y es que la vida es así. Sin darnos cuenta, desde la escuela aprendemos a enfrentar los defectos de la autoridad y a ser a pesar de ella. En la escuela amamos por primera vez. Ahí la vimos llegar, parecía un ángel ¿te acuerdas?
Sócrates se comparaba con su madre que era partera cuando decía, “ella ayuda a parir niños, yo ayudo a parir ideas” y es que esa es la misión del maestro, no solo enseñar sino despertar en el alumno el deseo de saber, de buscar la verdad , de aprender. Ese es el fin de la escuela. No hay nada más. Y es que es común que muchas de las cosas que nos enseñan en la escuela se nos olviden irremediablemente con el pasar del tiempo. Pero lo que no se nos olvidará nunca, lo que realmente nos enseña la experiencia de pasar por el microcosmos que representa la escuela, es aprender a vivir y a combinar diferentes caracteres, aprender disciplina para cumplir con las labores responsablemente, tener la disciplina para ajustarse a un horario y a respetar el tiempo de los demás, experimentar lo que es estar sujeto a varios tipos de autoridades y a sacar el mejor provecho de cada una de ellas.
En conclusión, tal vez se te olviden detalles de las materias que estudiaste en la escuela, pero lo que nunca olvidarás son las experiencias vividas, las enseñanzas que te dejaron las personas con las cuales interactuaste y que conforman de alguna manera quien ahora eres. Los valores inculcados por ese maestro que aunque severo, siempre fue justo y que te enseñó con su ejemplo el valor y la satisfacción de un trabajo bien realizado.
Me resisto a pensar que el tiempo de la escuela está pasando. Me niego a aceptar que eventualmente, la convivencia puede ser suplida por la interacción cibernética “fría y a distancia”.
Tal vez sea por pertenecer a otra generación en que las cosas eran más naturales, pero tengo que confesar que no pude trabajar en la red. O tal vez no quise. No quise dar mi clase sin mi salón, sin estar al frente de mis alumnos, sin verlos directamente a los ojos, sin sentirlos, sin verme en sus caras llenas de inocencia. —Mérida, Yucatán
leconser@yahoo.com
Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado
Me niego a aceptar que eventualmente, la convivencia puede ser suplida por la interacción cibernética “fría y a distancia”
