Estampas
Jorge H. Álvarez Rendón (*)
Ya me desinfecté ambas manos y traigo puesto el cubrebocas que ya se ha convertido en parte de mi anatomía.
A poco de finalizar el 2020 no hay quien no ejerza cierta comprobación de daños para fijar —y expulsar— los sentimientos de agobio, acaso culpa, que llevamos sobre nuestras espaldas dadas las ingratas circunstancias que nos ha tocado vivir en los últimos meses.
Con sólo la vista y el oído como sentidos preferenciales —casi desterrados el gusto y el tacto— hemos recorrido el almanaque de este año con una serie de temas obsesivos: el enclaustramiento, el peligro constante, la asechanza del virus, el deceso de familiares y conocidos, el péndulo mortífero sobre los ciudadanos de la tercera edad y la duda sobre si, alguna vez, retornara la “normalidad”.
Durante tres meses inolvidables —abril, mayo y junio— algunos hemos orbitado en el pequeño universo de nuestras casas, atentos a la temperatura corporal y a los cambios en el tono de la voz. Hemos leído en abundancia sobre pestes medievales, curas milagrosas y hasta el diario de aquella niña judía —Ana Frank— que atisbaba el mundo desde una buhardilla en Amsterdam.
En el claustro nos hemos enterado de decesos mundiales y locales. Gente a quien conocimos que, velozmente, tras carreras y entubamientos, se reincorporaron a los rebaños del Señor. Hemos recordado sus anécdotas —doce de mis ex alumnos se retiraron a sagrado— con una mezcla de gratitud y melancolía.
Si para septiembre yo viviera… Con el mundo contemplado en pretérito imperfecto de subjuntivo, hemos aprendido a valorar nuestro presente no como simple ráfaga hacia comarcas del futuro y a éste como algo más que un punto de arribo con cierto compromiso de certeza. Nos encontramos casi a diario formulando interrogantes, deseos, temores y frases de infantil autoconsuelo.
También —no pocas noches— reflexionamos las decisiones del Eterno, esas mil combinaciones del ajedrez cósmico que no entenderían ni Pascal, ni Descartes, ni Hegel reunidos en cónclave. ¿Por qué unos mueren y otros sobreviven? ¿Cuántos cambios se dan cada minuto en la anchura del planeta? ¿Qué es aquello que llamamos lo real y como lo diferenciamos de las subjetivas apariencias?
Durante el encierro pandémico descubrimos a los otros con más claridad. Nos aventuramos a pensar en qué harán los jóvenes sin trabajo, las madres solteras y los mayores privados de ayuda filial para solventar el grueso de sus necesidades. Admiramos el compromiso de algunos grupos y particulares al ofrecer ayuda en metálico o especie.
Observamos cómo se borran empresas pequeñas y medianas doblegadas por la ausencia de demanda y insalvables costos tan sólo se apuntalamiento. La manera casi milagrosa que algunos ingenian para diversificar o transformar sus quehaceres comunes y obtener así medios para vivir durante un lapso difícil de predecir.
Como ha ocurrido en otros tiempos, la reclusión forzada y la temible cercanía de la enfermedad y la muerte han sido acicates para el quehacer artístico. Así como san Juan de la Cruz y Miguel de Cervantes facturaron algunas de sus mejores obras en la cárcel, así sabemos que escritores, músicos y pintores han estado ocupados creando interpretaciones de la agonía, equivalencias de la soledad que se estarán dando a conocer en poco tiempo. Cuentos, novelas, cantatas, lienzos que llevaran la impronta de esta época de prueba y meditación.
La próxima llegada de la vacuna —meta por fin alcanzada— aliviará un tanto la angustia en el año venidero. Quienes hemos estado en la mirada de todos —los que ya peinamos canas— como “sujetos de máximo riesgo” respiramos aliviados por dejar de causar temor y lastima al unísono. Todos los supervivientes, de cualquier edad, estaremos unidos en el beneplácito.
Y como dice el poeta Alexis Valdés en reciente texto:
Cuando todo haya pasado / nos volveremos a ver/ mas nadie será ya el mismo / que se encerraba ayer / huyendo del cataclismo/ Cuando todo haya pasado / habrá que reconocer / que la factura fue cara / pero podremos volver /a besarnos en la cara.— Mérida, Yucatán.
jorgealvarezredon@hotmail.com
Cronista de la ciudad
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