Por Catón

 

 

Cuatro lectores tengo que juntos valen por 400 mil, o por cuatro millones, y aún más. Muchos de ellos me enviaron en su tiempo mensajes para felicitarme por el juramento que hice hace cuatro años —“Tú y tus promesas”, dice mi señora—, de no pisar suelo americano mientras Trump fuera presidente de la nación vecina.

Eso por la forma en que el soez magnate injurió a México y a los mexicanos en el curso de sus estúpidas peroraciones. Luego quienes me leen me congratulaban por la perseverancia —terquedad, dice mi señora— con que cumplía mi voto.

Ahora estoy entregado a la gratísima tarea de dar respuesta a los múltiples mensajes en que esos mismos cuatro lectores míos me dicen que ya puedo ir “al otro lado” a comprar libros en Barnes and Noble, a disfrutar el Lumberjack’s Breakfast en el Denny´s de la Isla del Padre, y a buscar chucherías en el Dollar Tree o en el mercadito dominguero de Port Isabel.

Chana y Juana

Agradezco cumplidamente los buenos deseos de mis generosos leedores, pero comparto con ellos un dicho popular según el cual “Cuando no es Chana es Juana”. El proverbio quiere decir que si una calamidad se va llega otra.

Sucede en estos días que por causa del coronavirus el paso de quienes van de México a los Estados Unidos se halla en tal manera restringido que es muy aventurado hacer el viaje.

Sucede además que estoy siguiendo escrupulosamente la recomendación de quedarme en casa para no ser contagiado ni contagiar a alguien. En fin, paciencia y barajar. La perfecta compañía de mi compañera hace muy llevadero este confinamiento: cerca de 60 años ya llevamos de estar platicando, y no hemos terminado aún.

Las películas que con ella veo, mis amados libros —estoy volviendo a leer los que en la juventud leí—, lo mismo que las enconadas partidas que juego contra mi ajedrez electrónico, taimado y pérfido el canalla; mis óperas y mi preciosa música, a más del placentero trabajo de cada día, que por fortuna puedo cumplir desde mi casa (la de ustedes), todo eso ayuda a que el encierro no sea tal, sino oportunidad para estar más cerca de la mujer amada y de mí mismo.

Pasará el mal que nos agobia ahora, y podremos salir de nuevo sin temores al sol y al aire libre. Entonces haré lo que mis cuatro generosos lectores me dicen que ya puedo hacer: ir a Estados Unidos, país cuyas luces admiro y cuyas sombras, estoy cierto, se harán menos sombrías ahora que se ha ido Trump…, espero que para siempre.

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, tiene dinero, pero eso es lo único que tiene.

Con su pequeña nieta fue a París, y al ir por una de las calles de la bellísima ciudad la niña le pidió: “Abuela, llévame al Louvre”.

“Aguántate un poco —le dijo doña Panoplia—. Ya vamos a llegar al hotel”.— Saltillo, Coahuila.

 

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán