Arribistas, juniors, actores…
Marcelo Pérez Rodríguez (*)
Los partidos se olvidaron de preparar cuadros con los jóvenes militantes y durante décadas dejaron que los líderes y los más experimentados ocuparan cargos, puestos y demás posiciones políticas hasta que la edad o alguna enfermedad se los impedía.
Muchos años esos personajes se adueñaron del escenario político en el estado y el país. Fue una época en que la gente miraba los mismos rostros y nombres que se repetían en las diferentes elecciones.
Así, conocimos a los llamados dinosaurios, personajes anquilosados en el poder, que vivieron de la política treinta, cuarenta o más años, y todavía algunos, los sobrevivientes, siguen viviendo de las prebendas, canonjías, suntuosos salarios y otros beneficios que da la política.
Otro camino
Pero algunos partidos, principalmente el PRI, siguieron ignorando la formación política de las nuevas generaciones y optaron por otro camino, que es:
Impulsar a los hijos y familiares de esos anquilosados especímenes en la búsqueda de cargos y puestos políticos.
Y surgieron los juniors. Los apellidos o nombres que aparecieron en el siglo pasado en posiciones importante en la política local e incluso federal, surgen en este siglo siguiendo las mismas huellas del padre. Les allanan el camino con el influyentísimo y les otorgan las posiciones como una herencia familiar.
En elecciones del pasado reciente hemos visto hijos y parientes de políticos en diversas candidaturas. Aunque algunos han ocupado alguna diputación local o federal o alcaldías en el interior del estado, otros han sufrido estrepitosas derrotas por el apellido.
A veces los apellidos pesan en contra, pues la gente no olvida aquellos abusos, autoritarismos y antidemocracias de esos dinosaurios del ayer y no desean que los juniors, también como herencia, hagan lo mismo.
Empero, también hay quienes por buscar el poder cambian de camiseta cuando se acercan las elecciones. Si su partido no los consideró para determinada candidatura buscan en otro lograr esa alcaldía, la diputación federal, la senaduría, la gubernatura o estar en la lista de los plurinominales.
Es increíble como algunos saltan de un partido a otro y transforman su ideología cada tres o seis años y van colgándose colores y siglas diferentes y modifican también expresiones y discursos con el fin de obtener el ansiado puesto y no quedar fuera del presupuesto, ni lejos de los reflectores y lujos que da la política partidista.
También los partidos políticos, al carecer de candidatos populares o conocidos en la comunidad, buscan desesperadamente a personas conocidas, pero no a profesionales calificados o ciudadanos comprometidos a servir, sino van detrás de cantantes, actores, deportistas, comediantes, incluso modelos, por la popularidad que tienen.
Son excelentes estos personajes en sus profesiones, incluso a muchos los admiran, pero no es lo mismo el servir a la sociedad y actuar con sentido democrático, que estar en una cancha, en un set de filmación o en la pasarela.
Ahora se pelean las candidaturas porque hay más oportunidades de ganar y liquidez económica, por las cantidades millonarias a los partidos. Por eso los arribistas que cambian de partido constantemente pueden conseguir la alcaldía, la diputación local, federal o plurinominal con más facilidad en esos partidos pequeños o remuneraciones económicas por los votos que consigan.
Este año de elecciones veremos como candidatos a hijos, sobrinos y demás familiares de políticos del ayer, y que, unos retirados y otros en activo, buscan heredarles a los hijos los puestos que en el pasado ellos ocuparon.
Nuestro voto es esencial para escoger lo mejor que los partidos presenten. Hay que observar para decidir por los candidatos honrados y con espíritu de servicio. Incluso evaluar sus acciones en otros cargos. ¿Qué queremos todos? ¿Un cambio en la política de servicio o deseamos a los juniors, personajes de la farándula o a los arribistas, esos saltarines que cambian de partido cuando se avecinan las elecciones y son conocidos como “chapulines de la política”?— Mérida, Yucatán.
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Profesor
