En nuestros días, la palabra ha pasado de ser la unidad léxica más importante en el lenguaje humano, a ser un mero pretexto para decir cualquier cantidad de sandeces.

Esta generación, la de hoy, usa la palabra como se usa el papel higiénico cada día. Una conversación promedio de nuestra gloriosa juventud, contiene al menos una tercera parte de expresiones como “wey”, “no manches”, “a la v***a”.

¿Cómo entender la intención de un mensaje cuando más de la mitad de los elementos léxicos son muletillas en construcciones gramaticalmente defectuosas?

La palabra en los tiempos antiguos — y por decir antiguos me refiero a 40 años atrás—, en que las conversaciones eran del tipo bíblico: “…que tu sí sea sí, y tu no sea no…”, dejaban entrever una honorabilidad a prueba de balas. Hasta donde sé, y hasta donde puedo recordar, nuestros padres sellaban tratos con la sola palabra. Hacían negociaciones importantes confiando en la palabra del otro. Porque aunque parezca increíble, nuestras familias, y nuestros apellidos, gozaban de la reputación que les venía por el cumplimiento a la palabra. De ahí viene la expresión tan conocida “Era un hombre de palabra”.

Es la palabra misma la que le otorga al hombre sentido de acción, sentido de pertenencia, pues la palabra denota, enfatiza, significa, representa, otorga y también quita. El nombre de una persona perdía valor por el incumplimiento de la palabra. El apellido de una familia entraba en bancarrota cuando el desprestigio por el incumplimiento los exponía. Hoy, a nadie le importa decir “nos vemos a las diez”, para llegar diez y veinte. Nadie responde a la demanda de palabras sueltas lanzadas sin la intención de cumplirlas, palabras que luego se lleva el viento y por las cuales nadie mete la mano al fuego. No sé cuántas veces he escuchado a cercanos míos decirme “Mañana te llamo”. No llamaron nunca. Lo peor del asunto que aquí tratamos es que algunos ilusos como yo creemos que cuando alguien habla, lo hace con veracidad, nada más lejos de la realidad.

Principios

Decimos cosas que no queremos decir, y hacemos cosas que no queremos hacer. La dicotomía de la vida expuesta carente de principios, porque no sé usted, pero a mí me parece que la puntualidad es un principio. Me parece que cumplir la palabra lanzada es otro principio. Pero también me parece que la congruencia es de esa clase de principios que tal vez nunca nos inculcaron.

El diplomático, poeta e intelectual premio Nobel de literatura Octavio Paz dijo en cierta ocasión: “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje”.

¿No le parece a usted que ya para estas horas nuestro lenguaje denota una descomposición social a gran escala? Somos una sociedad que leemos poco. Somos un pueblo que no tiene memoria histórica. Tenemos a una generación de jóvenes que menosprecia el consejo de los mayores, so pretexto de que saben mucho (los jóvenes). Somos una generación de adultos — más de 40 años— que hemos olvidado los principios que nuestros padres nos inculcaron. Los afanes de la vida nos han robado nuestra esencia e identidad. Somos, como mexicanos, expertos en violar leyes y alterar las reglas, especialistas en corromper lo incorruptible y alterar el orden establecido. Si no me cree, ponga atención en la cantidad de gente que no usa el cubre-bocas, que hace fiestas aun en la pandemia, que se pasa los altos sin pena alguna.

Antes de terminar, les dejo esta cita del literato danés Sören Aabye Kierkegaard.

“¡Qué irónico es que precisamente por medio del lenguaje un hombre pueda degradarse por debajo de lo que no tiene lenguaje!”

Estamos al borde del caos, y el lenguaje arroja síntomas innegables de la galopante descomposición. Acaso ni la pandemia podrá hacernos entrar en razón, una razón que con el tiempo, cada vez vemos más lejana.— Mérida, Yucatán

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Escritor

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