Esperanza y optimismo

El expresidente de República Checa Václav Havel solía decir que esperanza y optimismo no son sinónimos: la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que vale la pena luchar por una causa justa independientemente del desenlace que tenga.

Por otro lado, el gran activista por los derechos civiles Martin Luther King afirmaba que el camino hacia la moralidad está repleto de contratiempos, pero, al final, tiende hacia la justicia. Claramente, su llamado era a apostar por el optimismo.

Lo cierto es que los seres humanos, en los individual tanto como en lo colectivo, necesitamos de una dosis de esperanza para perseverar en nuestros ideales y principios, conscientes de que buscar el bien es valioso en sí mismo.

La esperanza es ese faro que nos recuerda en medio de la adversidad que el sacrificio y el esfuerzo tienen un propósito que nos dignifica como personas y elevan nuestra calidad moral.

Al tiempo, el optimismo funge como una fuerza que nos impulsa hacia adelante para seguir trabajando con empeño hasta alcanzar los objetivos trazados. Creer que un mejor porvenir es posible resulta sumamente motivador; vislumbrar metas es el primer paso hacia la construcción de un futuro prometedor.

Los grandes líderes de la historia han sido auténticos optimistas capaces de imaginar nuevas rutas hacia el desarrollo, el bienestar y la prosperidad. Las buenas ideas son importantes, pero el optimismo permite poner en acción los planes concretos que se traducen luego en resultados tangibles.

Por supuesto, al atravesar situaciones de crisis, solemos experimentar sentimientos de frustración, desesperación e incertidumbre. El problema es que, dentro de este estado mental, se torna difícil acudir a la esperanza y el optimismo.

Así, paradójicamente, cuando más requerimos de su presencia, la esperanza y el optimismo parecen abandonarnos.

No obstante, aquí es donde la fortaleza de carácter y la resiliencia deben salir a relucir. En realidad, la capacidad de reponernos y crecer está allí, aunque probablemente nuestro juicio nublado, producto de la confusión ante la crisis, nos impida notarlo.

Mantener en todo momento la esperanza ayudará a que actuemos con apego a los valores morales que nos distinguen como personas y como integrantes de una sociedad. Al final, no hay mejor almohada que una conciencia tranquila. Donde hay esfuerzo y rectitud, también hay satisfacción.

Todas y todos estamos llamados a ser mañana un poco mejor de lo que hemos sido hoy; y hoy, un poco mejor de lo que fuimos ayer. La esperanza nutre de sentido nuestras vidas porque nos reafirma que merece la pena vivirla a plenitud, independientemente de las circunstancias que nos rodean.

El optimismo es la pulsión encargada de que aspiremos a pensar en transformar nuestro entorno para bien. Se trata de un modo de vivir, de un motor que nos llena de iniciativa, entusiasmo y pasión por lograr las cosas.

El optimista no es iluso ni ingenuo; sabe que no existe recorrido exento de obstáculos. En cambio, su visión le da espacio para encontrar soluciones donde otros solo ven problemas. Este optimismo se sostiene en el pensamiento creativo, la sensibilidad humana, y el liderazgo responsable.

Para hacer frente a los desafíos que se nos presentan, hace falta esperanza y optimismo. De la primera para no perder la brújula de la moralidad; de la segunda para no desistir en el empeño por ser cada día mejores en sentido amplio.

La esperanza nos indica el camino a seguir, mientras que el optimismo nos ayuda a llegar al destino marcado. Esperanza es creer; optimismo es crear. Quien tiene esperanza confía; y quien piensa con optimismo construye. Las dos son complemento perfecto e indispensable para la humanidad.— Mérida, Yucatán.

Fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán