Abusos y agresiones policiacas
Marcelo Pérez Rodríguez (*)
Es lamentable el giro doloroso y trágico que puede vivir una familia si uno de los miembros, joven o adulto, hombre o mujer, es detenido por “sospechoso” en un momento inesperado por un grupo de policías y éstos, haciendo gala de su poder, abusan del uniforme, golpean, torturan y como resultado de esta cruenta violencia la víctima fallece.
Podría parecer exagerado o sacado de una película de terror la escena en donde estos uniformados detienen a alguien y, en vez de dejarlo libre, si solamente les atrajo la atención su vestimenta o la mochila que lleva en la espalda, lo suben a la patrulla, utilizan la violencia física, golpean con saña en cuerpo y cabeza, y lo dejan al borde de la muerte.
El suceso reciente sacude las entrañas de la sociedad por la muerte de un joven veracruzano a manos de elementos policiacos de nuestra ciudad capital. Lo sorprendente y asombroso son las cruentas agresiones sufridas antes de fallecer.
El joven es detenido por “sospechoso” en el centro de nuestra ciudad y llevado a los separos policiacos municipales. Pero, por cuestiones inexplicables, es golpeado salvajemente por los uniformados, torturado y agredido sexualmente.
¿No es sorprendente? ¿Qué motivó a estos 4 sujetos a torturar y violar a este joven? ¿Por qué esa agresividad con un detenido? ¿Por qué esa crueldad? ¿En manos de quiénes está la seguridad? ¿Qué policía tenemos en la entidad y el municipio meridano?
Esto deja mucha preocupación y temor en las familias yucatecas y meridanas, porque muestra el peligro que existe si alguien es detenido por un policía, con culpa o por ser simple sospechoso.
Sin embargo, esta salvaje agresión que llevó a la muerte a un joven no es el primer caso de abuso y brutalidad policiaca. Se recordará que semanas antes de la pandemia los policías estatales detuvieron a un progreseño, ya en la patrulla murió en el camino a Mérida por las agresiones recibidas.
En semanas posteriores, la llegada del virus del Covid en el estado silenció las protestas de familiares y amigos. Ningún detenido hasta ahora.
Meses después, José Santiago muere después de su detención en la colonia Mulsay. Al siguiente mes Salvador es detenido en la carretera Progreso-Chicxulub y fallece después a manos de los policías. Solo en este caso hay detenidos; en los dos anteriores el silencio cubre, hasta ahora, con su manto de impunidad.
¿Por qué esas agresiones? ¿Si no opusieron resistencia por qué golpearlos brutalmente a los detenidos e incluso la violación en la víctima del caso reciente? Si estos abusos se dan en hombres, imaginemos qué sucedería si una mujer es detenida.
El gobernador y alcalde meridano señalaron que se aplicarán las leyes “hasta las últimas consecuencias”, es decir habrá justicia. Sin embargo, en dos de los casos anteriores no se mencionan nombres, ni el avance de las investigaciones, ni hay detenidos. Así que cualquier situación privilegiada se puede dar para dejar libres a los acusados.
No es posible que en una ciudad y un estado en donde las autoridades presumen de la eficiencia y seguridad policiaca surjan este tipo de casos, en donde los detenidos son golpeados, torturados e incluso violados, y luego por los golpes contundentes recibidos fallecen.
Hubo gritos en una de las celdas de la Policía meridana, según un video, de los dos existentes, pues en el otro se ve la detención del joven por “sospechoso”. ¿Qué pasó en esa celda? Una muestra más de que la tortura es parte del trabajo policiaco.
Este artero crimen no debe quedar impune, tampoco los fallecimientos de los otros detenidos que cayeron en manos de los uniformados. De los gritos de auxilio y dolor de José Eduardo en la celda o en otro lugar, como señalan las autoridades policiacas, ahora la madre y los familiares gritan justicia para el hijo, el hermano, el amigo. Gritos que buscan resquebrajar esos mantos de impunidad.
Es tiempo ya de cambios en las policías estatal y municipal de Mérida. No es saludable para la sociedad anquilosarse en el poder policiaco. La sociedad peligra si las patrullas y las celdas se convierten en espacios de terror.— Mérida, Yucatán.
marpero53@yahoo.com.mx
Profesor
