Necesaria en el proceso de aprendizaje
Filiberto Pinelo Sansores (*)
Con el nuevo ciclo escolar (2021-2022), el 30 de agosto se reanudaron las clases presenciales en prácticamente todas las escuelas de preescolar, primaria y secundaria del país.
Sin embargo, en Yucatán, con un calendario escolar un tanto desfasado del nacional, las escuelas apenas abrieron sus puertas para que padres de familia o tutores registren a sus hijos y escojan la modalidad en que estudiarán: asistiendo a la escuela o quedándose en casa.
En el primer caso, las y los estudiantes tomarán clases en los tiempos, horarios y días planificados por el maestro y la escuela. Esta modalidad se convertirá en híbrida si se le adiciona un componente que consiste en que el alumno, en los días que, por la planeación, no le toca ir a la escuela, realiza aprendizajes por medio de la televisión, recursos impresos o actividades virtuales.
En el segundo, el representante del alumno, al quedarse éste en casa, será el conducto por el que recibirá las instrucciones del maestro, las tareas que le marque y las evaluaciones que le ponga y las enviará de vuelta.
Es inexacto que la decisión de los padres de familia en un sentido u otro, es decir, que su hijo o hija tome clases a distancia o de manera presencial, sea irreversible. En uno de los documentos que elaboró la Segey para dar instrucciones a los docentes se asienta que hay que: “Enfatizar que la decisión tomada por el padre de familia tiene validez durante el trimestre”.
Necesariamente tiene que ser así porque la intención de quienes dirigen la educación en el país es avanzar en el proceso de incorporación de los niños y jóvenes a las clases presenciales con las máximas prevenciones para su salud.
La reticencia de padres de familia es todavía alta por el temor inducido de que corren peligro sus hijos en las escuelas, alentado, incluso por maestros, no todos, pero sí un grupo numeroso de éstos, que se oponen al regreso con el argumento de que la pandemia aún no termina y que por eso es peligroso volver a las aulas, no obstante, que ellos estuvieron entre los primeros vacunados del país y de que entre los alumnos de educación básica existen menos probabilidades de fallecer por Covid 19 que en personas de más edad.
Según la Secretaría de Salud, en 2020 las principales causas de defunción en niños de 5 a 9 años fueron: por accidentes, en 526 casos; por enfermedades diversas menos Covid 19, en 1,732 y por Covid 19, en 61.
Y de personas entre 10 y 14 años, fueron: por accidentes, en 1,085 casos; por enfermedades diversas menos Covid 19, en 1,757 y por Covid 19, en 92. Es decir, murieron más niños por accidentes y otras causas que por Covid.
Pero la campaña mediática es muy intensa y ha pegado muy fuerte en un buen número de padres y madres que, con toda razón, se resisten a los llamados para enviar a sus hijos a la escuela. Es por eso que el retorno a clases presenciales tiene que ser optativo: que el padre, madre tutor decidan.
Por su parte, las autoridades educativas han ofrecido aplicar todas las medidas de prevención necesarias para que los educandos no se contagien y en el caso de que ello ocurra, a actuar con la premura necesaria suspendiendo las clases en un salón o en la escuela entera según se requiera.
Según la UNESCO, México es uno de los pocos países del mundo que no tienen clases presenciales, desde que éstas fueron suspendidas en marzo de 2020, para hacer frente a la pandemia.
Lo anterior quiere decir que el país lleva 18 meses sin que sus niños y jóvenes hayan tomado clases en el aula de una escuela, que es el sitio por excelencia para aprender y formarse como seres sociales.
Mientras más tiempo esté el país sin clases presenciales mayor será el daño que sufran en su aprendizaje y en la forja de su carácter las generaciones de niños y jóvenes —desde preescolar hasta el nivel superior— que están esta situación forzada por circunstancias que es necesario ya revertir.
El riesgo que se corre es que en el futuro México tenga una o dos generaciones de hombres y mujeres sin las herramientas necesarias para enfrentarse a los avatares de la vida porque pese a la existencia de los instrumentos, como las computadoras, los teléfonos inteligentes o las pantallas de televisión que facilitan o ayudan al conocimiento, nada puede sustituir para una formación completa a la comunidad de aprendizaje que se integra en cada aula con el maestro como guía y cada uno de los educandos —más las estrategias y materiales para la enseñanza y el aprendizaje—, interactuando todos, particularmente, cuando se trata de niños y adolescentes.
Para que se complete el proceso que conduzca a que, al cabo de un tiempo, las escuelas regresen por completo al esquema de clases presenciales, se precisa la participación de los diferentes agentes sociales que inciden en el quehacer educativo, como maestros, padres de familia, autoridades educativas y hasta del sector salud, que tienen que tensar al máximo sus fuerzas para sacar adelante la magna tarea de echar a andar de nuevo la maquinaria formativa de la sociedad que son las escuelas, en su fundamental función presencial, detenida y arrumbada desde hace muchos meses.
Si una de las partes falla, por razones políticas o conveniencias personales, el esfuerzo no tendrá los resultados que se buscan, que es remontar el grave atraso en la formación de nuestros jóvenes y niños, lo cual sería un acto criminal.
Son muchos los países que han retornado a las clases presenciales en el mundo. México está en el grupo de los que apenas comienza a hacerlo. En un mensaje reciente el representante de la Unicef en México, Luis Fernando Carrera Castro, manifestó “Se han perdido aprendizajes. Por más que hemos hecho medidas remediales en el mundo entero, en todos los países del mundo, todos los niños del mundo han sufrido pérdidas de aprendizaje y tenemos que recuperar aprendizajes”.
Quienes por las razones que antes señalamos, en lugar de ayudar a que el país salga del bache, actúan para que siga en él, deben reflexionar sobre el daño que causan, no a un gobierno sino al país.— Mérida, Yucatán.
fipica@prodigy.net.mx
Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa.
