Las estatuas y monumentos
Marco Tulio Peraza Guzmán (*)
Una de las principales fuentes de conocimiento y divulgación histórica, a través del tiempo, ha estado presente en nuestras ciudades por medio de la estatuaria urbana.
Los monumentos, entendidos como la memoria y recuerdo de lo acontecido, son uno de los principales medios con que cuenta la historia para indagar, conocer e interpretar el pasado.
Lo que los historiadores conocen como el “tercer satisfactor”, dado que complementa a la tradición impresa y oral como fuente referencial, está compuesto por las obras físicas, arquitectónicas, escultóricas o urbanas que proporcionan el conocimiento de lo que Octavio Paz atribuyó a la arquitectura como “testimonio insobornable de la historia”.
Aludiendo a que su atemporalidad o permanencia, a través de diferentes épocas, no se adaptaba a la manera de pensar de cada presente y por tanto, no podía modificarse su significado a conveniencia de cada generación.
Tal vez por eso la permanencia de los monumentos conlleva esa dimensión implícita, o si se quiere misión, de constituir la memoria social de los pueblos y ciudades. Por ello y a pesar de las conveniencias de cada régimen, existen leyes constitucionales de protección de monumentos en prácticamente todos los países del mundo, que previenen su destrucción por motivos de cualquier índole, añadiendo a su valor testimonial, el estético.
Otro de los componentes que los configuran y les añaden otra dosis de valor, dado que está implícito en sus cualidades por ser una peculiar e insustituible manera de interpretar la realidad y circunstancia de su tiempo, a través de la destreza y originalidad del artista que la realiza de acuerdo con los cánones estéticos de cada época y de su particular creatividad, habilidad e ingenio personal.
El monumento es también, en este sentido, una manifestación de los sentimientos y emociones de su autor que a su vez expresa los de la sociedad de su época.
En ese sentido toda obra, concebida como monumento, es única por su implicación histórica y artística. De ahí parte su valor social, refrendado en cada época, a través de su pervivencia como recuerdo del pasado que busca, más que ser juzgado desde el presente, ser comprendido en su propia circunstancia originaria.
La ciencia histórica supera al relato o crónica, en la medida que establece una correlación entre la obra y su propio contexto existencial. Los monumentos no solo nos recuerdan acontecimientos o personas, sino también simbolizan aspiraciones o concepciones sociales de su tiempo y a través de ello nos ayudan a entenderlo. Nos proporcionan pautas de sensibilidad y conocimiento de otros periodos históricos que no vivimos, pero que a través de los monumentos podemos imaginar. Por ello cargan de simbolismo los espacios de las ciudades aun cuando éstos se transforman. Son los guardianes de nuestra memoria urbana.
Al sentido histórico y estético se añade también la connotación circunstancial de los monumentos. Desde Walter Benjamín sabemos acerca de la estetización de la vida social a través del arte, condición que sin duda cumplen una gran parte de los monumentos y en particular la escultura urbana.
Al hacer alusión velada o explícita a consideraciones de índole política, ideológica y cultural, los monumentos de cada época, mediante su significado simbólico, agregan también la posible intencionalidad propagandística, publicitaria o educativa que implicó su creación.
Como nos advierte el autor citado, los monumentos no están exentos de ser realizados bajo contextos o circunstancias cargadas de otras intencionalidades a través del arte. Finalmente son un medio de expresión social lo cual, sin embargo, no demerita su calidad estética ni su aportación histórica y, por ende, su contribución a la humanización y conocimiento de nuestra realidad. Muchas de las grandes maravillas artísticas tienen esa condición.
La connotación emocional de la naturaleza artística de los monumentos carga así una dimensión subjetiva, intencional o no, que es aprovechada para otros objetivos asociados al mensaje estético o calidad lúdica de la obra. Este uso político del arte se ha hecho siempre y a través de ello se buscan consensos sociales en cada régimen que, sin embargo, al quedar petrificados con los años, adquieren otra connotación que ya no responde al momento de su creación, sino a la memoria social, al recuerdo de hechos, personajes o gestas que nutren el imaginario y la identidad de los pueblos a través del tiempo.
De esa manera, la gran mayoría de estos monumentos han sobrevivido en la medida que se amalgaman a la creciente diversidad política e ideológica de nuestras sociedades y a la evolución de la tolerancia democrática de sus instituciones.
De esta situación dan constancia muchas obras que corresponden a regímenes o periodos caudillistas cuyos gobernantes enaltecen ciertos valores, hechos o ideologías de la época prehispánica, colonial, independiente, porfiriana, posrevolucionaria o moderna, que incluyeron en su mayor parte obras de carácter figurativo característico de esas épocas.
Esculturas que se encuentran enraizadas en la percepción local derivada de una identidad construida y asimilada a través del tiempo por generaciones. Por lo regular, corresponden al espíritu de su tiempo porque se asocian a los paradigmas de su época y en esa misma medida proporcionan una referencia de diversos valores respecto a nuestro presente, que no pretenden necesariamente reproducirse tal cual hoy día, sino simplemente ser recordados para tener elementos de comparación. De ahí que no todas sean dignas de festejo o celebración, sino también de conmemoración, que significa recordar para no olvidar.
En tiempos recientes, sin embargo, esta aparente tolerancia relativa a las esculturas urbanas en particular ha comenzado a cambiar. Aunque se habían dado ejemplos previos de atentados a la estatuaria urbana en algunos países, a raíz de revoluciones o implantación de nuevos regímenes políticos, las más de las veces violentos, se han ido gestando en países democráticos movimientos sociales de agresión e incluso destrucción de estatuas urbanas bajo la premisa de que encubren personajes, valores o símbolos relacionados con hechos que contravienen nuevas causas o ameritan otra interpretación de la que han representado con anterioridad. Enjuiciando y emitiendo veredictos espontáneos y parciales sobre su existencia, porque no se basan en leyes, consensos, plebiscitos o consultas siquiera. Menos aún en considerar a otras posturas ideológicas y legítimas existentes que las avalan.
Estos movimientos enjuician los monumentos estableciendo una relación lineal y mecánica entre pasado y presente, a través de nuevas interpretaciones, basadas en preocupaciones presentes pero al margen de las circunstancias que los originaron. Al hacerlo, pretenden una lectura bajo un presentismo absoluto que reinterprete todo nuestro pasado acorde con una de las ideologías de nuestro tiempo.
Aunque esta pretensión no es nueva, como corriente en la filosofía de la historia, es decir el propiciar la revisión actual de la interpretación de los hechos acontecidos, sí lo es como visión teleológica del desarrollo que busca dar un nuevo sentido a la historia, diferente al que se tiene hasta ahora. Es decir, pretende una nueva estetización de la vida social a través de este arte monumentario.
El problema de ajustar la historia, expresada en la estatuaria urbana, a los fines ideológicos, políticos o culturales de nuestra actualidad no radica en el presentismo en sí. Desde principios del siglo XX, autores como Benedetto Croce, advirtieron sobre la existencia de éste en la parcialidad y subjetividad de la interpretación histórica. Es decir, en que el pasado es siempre reinterpretado con base en el sujeto que lo interpreta y su carga de subjetividad siempre estará presente, con las preocupaciones y aspiraciones de cada tiempo.
La historia entendida como una ciencia social, hoy día, ya parte de este principio, pero no lo absolutiza. Es decir, es consciente de esta incorporación de subjetividades e incluso intereses y afinidades al interpretar los hechos pasados, pero no por ello renuncia a la objetividad científica construida paso a paso. A la posibilidad de conocer los hechos tal y como acontecieron aunque sean interpretados progresivamente en el tiempo. Por ello se esfuerza en sentar bases objetivas a través de pruebas documentales, testimoniales o empíricas, que sientan conocimientos parciales mientras no sean contradichos por otras evidencias, o paradigmas conceptuales como lo hacen todas las ciencias.
La pretensión de enjuiciar la historia y sus símbolos desde una perspectiva presentista absoluta niega la posibilidad siquiera de equivocarnos, como si ya todo estuviera hoy día develado y la misma opción de dudar o nutrir de nuevos descubrimientos nuestro pasado y enriquecer la visión de nuestro desarrollo.
Destruir monumentos a partir de nuestros juicios sumarios, basados en preocupaciones o aspiraciones actuales, por muy legítimas que sean, representa un acto de intolerancia y de falta de consideración a los que no piensan lo mismo, pero también a rectificar o replantear los hechos que simbolizaron.
Solo hay que pensar en la revisión conceptual en ciernes de la denominada Conquista, cuya realización solo fue posible por la participación de otros pueblos originarios, o sobre la del papel y mérito de los precursores y consumadores de nuestra independencia, sin cuyas correspondientes aportaciones no hubiera sido posible.
Lo peor, sin embargo, es que esta reivindicación absoluta del presente sobre el pasado, que ha alentado la actual administración federal con su narrativa, se alimenta de ese tono absolutista que, de ser compartido por otras en lo futuro, condenaría a toda la estatuaria urbana a su permanente zozobra. Más en una democracia, donde el rumbo e interpretación de la historia del país estaría sujeta a quienes en su momento elijamos cada seis años.— Mérida, Yucatán.
Doctor en Arquitectura y urbanista
