Ver, oír y contar

Olegario M. Moguel Bernal (*)

A bordo del ferry que surcaba la herida que el Río de la Plata inflige al Continente, Juan Ángel me sacó de mi letargo al decir que su interés por ir a Montevideo consistía en que eso implicaba volver a una ciudad que visitó en el 74, en los tiempos aciagos de la dictadura que encabezaba Bordaberry.

Enviado por una agencia de noticias viajó a Buenos Aires para los funerales de Perón. Cuando le dijeron en el hotel que le había llegado un sobre de México supuso que era su boleto de regreso. Para su sorpresa era un fajo de cheques de viajero que convirtió en dólares y una carta en la que se le comisionaba a cubrir los enfrentamientos militares en el Uruguay, con énfasis en Montevideo.

El sobre también contenía una reservación por un mes en el hotel Independencia, en la plaza principal de la turbulenta capital uruguaya, y un salvoconducto de prensa firmado por el gobierno mexicano. Desde su habitación, recordó, tenían él y su fotógrafo una vista privilegiada a la Plaza Independencia y los palacios que albergan los poderes, lo mismo que a la ecléctica, caprichosa torre del Palacio Salvo.

Desde el centro de la plaza, la figura ecuestre del Gral. José Artigas era testigo en primera fila de los choques entre militares y rebeldes.

A mi amigo el corresponsal le tocó cubrir más de una veintena de detenciones arbitrarias acompañadas de severas golpizas —mortales en algunos casos— a estudiantes.

El toque de queda empezaba a las seis de la tarde y en más de una ocasión se salvó de ser llevado al temido penal de Punta Carretas. El salvoconducto fue su tabla de salvación. Era un documento respetado por los militares, pero no faltaba aquel que se sentía con más autoridad que cualquier convenio internacional.

Fue uno de esos elementos quien no escuchó razones y detuvo a fotógrafo y reportero en la Puerta de la Ciudadela por deambular fuera del horario permitido. Los trasladaron a la espantosa prisión, donde por seis horas recibieron golpizas, baños de agua helada y poco faltó para que sufrieran en sus personas vejaciones menos confesables. Lo impidió la llegada de un enviado de la embajada de México. Los rescató en minutos, después de un “ustedes disculpen”.

Al fin periodistas, esta experiencia les dio material de primera mano para escribir una de las crónicas más recordadas que publicaron medios mexicanos de los abusos que se vivieron en el Uruguay durante la dictadura de Bordaberry y el manejo del país a cargo de una junta militar.

Ahora que recorríamos las calles de Montevideo, Juan Ángel se me perdió por hora y media, que yo aproveché para conocer el mausoleo del Gral. Artigas y los edificios alrededor de la Plaza Independencia.

Mi compañero de aventuras empleó ese tiempo para visitar el vestíbulo del hotel Independencia, ahora manejado por una cadena norteamericana. Conversó en forma larga y amena con un veterano de esas jornadas a quien encontró limpiando pisos. Cuando nos vimos de nuevo me apremió con decisión: “Vamos a Punta Carretas”.

Hicimos un largo recorrido por la ciudad. Qué diferente de la impresión inicial que me causó al bajar del transbordador. Claro, no arribamos por las entradas más atractivas, sino por las aduanas marítimas.

Nos recibió una ciudad triste, gris, con nulo deleite arquitectónico y establecimientos de venta de mariguana que gritaban que el Uruguay fue el primer país del continente en abrir al público ese mercado. Calles más adelante, el Teatro Solís era el primer guiño que lanzaban las artes para el alimento del alma.

Más adelante, la Plaza Independencia vuelve a ser un conjunto de bloques sin gusto ni diseño. Por eso sobresale tanto el Palacio Salvo. Es una carcajada en un mar de rostros serios.

Emprendimos el recorrido hacia el norte de la ciudad y el cielo gris se abrió dando paso a un azul acerado de claridad. Después de pasar por el jardín botánico, la playa Los Pocitos, las ramblas uruguayas y tantos sitios más, llegamos a Punta Carretas y Juan Ángel enmudeció. El rostro se le contrajo y adquirió un color granate; en medio de su mutis y enrojecimiento una lágrima lenta se deslizó por su mejilla derecha. “Maldito capitalismo”, masculló cuando por fin pudo hablar.

La prisión de espanto, la más aterradora, el lugar donde los escrúpulos no significaban más que una esdrújula vacía y la piedad era solo un nombre de mujer, era ahora, ante nuestros ojos, un remedo de recinto histórico, un circo de marcas y colores donde la globalización hacía una fiesta y se burlaba del pasado y de quienes dejaron sus vidas y dignidad en las frías celdas.

Si hubiera que trazar una imagen para describir con elocuencia la victoria aplastante del capitalismo sobre la historia, por cruel que ésta haya sido, bastaría una fotografía del ahora centro comercial Punta Carretas.

Se aprovechó el cascarón y el tamaño de la prisión lo mismo que su fachada para hacer una plaza mercantil, “un maldito centro comercial”, lo calificó mi atribulado amigo.

De un golpe de vista, desde afuera un carnaval de anuncios vocifera la presencia de cadenas gringas y de otras nacionalidades, como McDonalds, H&M, Gucci y todas esas marcas que son las mismas en todos los grandes centros comerciales del mundo.

—¡Vámonos! —su voz era una mezcla de enojo y tristeza, era la de alguien que ve sus expectativas rodar por el suelo y no le queda más que patearlas. En sus ojos descubrí que para él, para sus recuerdos setenteros, era más entrañable que en ese lugar reinara la falta de misericordia de un régimen dictatorial que la impiedad del capitalismo rampante.

Intenté protestar. Yo quería comer algo en el centro comercial o donde fuera. El hambre me revolvía las tripas. Pero ante su desilusión y molestia preferí callar, respeté su duelo.

Más tarde agradecí no habernos detenido a comer en el lugar, pues unos pasos más adelante entramos en un restaurante donde comí el mejor bife de mi vida, acompañado de una cerveza Patricia.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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