Breve recorrido
¿Qué misterio envuelve a los momentos previos a que venza un plazo? ¿Qué se mueve en nuestro interior al saber que estamos ante la última oportunidad, ya sea para tomar una decisión, comunicar lo que realmente sentimos o para concretar o iniciar algo?
Cuando sabemos que un plazo está por vencer, una especie de temor y prisa recorre el cuerpo y revoluciona la mente, queremos ser capaces de abarcar todo en esos breves instantes.
Estamos conscientes de que el tiempo es infinito y perenne. Le hemos puesto marcas para medirlo de algún modo y saber cuándo ha transcurrido un lapso y comenzará otro igual… es continuo, no se interrumpe ni se mueve, no se acaba; nosotros somos quienes pasamos por él, mientras imperturbable, observa la sincronizada e inevitable partida de unos y la llegada de otros al hermoso, pero limitado recorrido que es la vida misma.
El final de un año, una de esas marcas del ser humano, bien puede ser un ensayo de lo que será nuestra despedida; y así traer a la memoria los muchos, buenos propósitos que tuvimos al comenzar a vivirlo.
Con los dedos de una mano bastará para repasar unos cuantos que alcanzamos a cumplir, mientras que los demás se fueron diluyendo con el paso de los meses hasta quedar en el olvido; analizar cuáles siguen vigentes y reciclarlos para la nueva lista, donde otras tantas intenciones serán señal inequívoca de cuánto hemos crecido como personas.
Son muchísimas las acciones motivadas por ese impulso del último momento y eso explica que en el ocaso de cada año, buscamos abrazar o por lo menos saludar a quienes tal vez ignoramos durante muchos meses. Hay quienes se prenden del celular enviando buenos deseos o se desconectan del mundo y eligen trabajar de sol a sol para cerrar el ciclo muy activos; otros hacen ejercicio extenuante o se sueltan el chongo y se disponen a pasarla bien sin pensar en nada más; algunos reflexionan, se lamentan por lo que no hicieron y se proponen un año diferente, con menos omisiones.
Los seres humanos somos así, solemos valorar todo al final, cuando está por acabarse, cuando nos damos cuenta de que el tiempo seguirá su curso sin nosotros y la breve oportunidad de estar en él transcurre sin contemplaciones, sin importar si logramos o no los propósitos que nos planteamos una y otra vez.
El último día en la universidad nos hace valorar los pasillos, la cafetería, los jardines y hasta a los maestros y compañeros que tuvimos durante años junto a nosotros y rara vez nos interesamos en saber más de ellos; pero al saber que ya no habrá otra oportunidad, deseamos haberlo hecho.
El último día de un viaje se vuelve muy corto. Queremos hacer cuanto no logramos en los días previos y a costa del cansancio buscamos irnos con la experiencia completa; como que estamos aún más dispuestos a todo porque el plazo se acaba…
En el último día en un trabajo ocurre lo mismo. Quizá es cuando por fin nos damos cuenta de cuánto nos gusta en realidad, aunque nos hayamos pasado lamentando y hasta maldiciendo cada esfuerzo invertido.
El último día en una relación también obliga a valorar lo bueno que ofrecía y aunque lo que nos llevó a decidir interrumpirla pese más, en ese espacio solemos darle un valor más justo a cada momento compartido.
Y así llegará también, sin siquiera saberlo en la mayoría de los casos, el último día de nuestra vida.
Es posible que tengamos la oportunidad de enumerar los temas inconclusos, de repasar las palabras nunca dichas, de contar los abrazos reprimidos, de recrear las soluciones largamente pensadas pero jamás aplicadas, de visualizar los sueños no realizados, de imaginar los momentos no vividos… pero el recorrido habrá llegado a su fin y no alcanzará para hacer otra lista de propósitos e intentar cumplirlos.
El plazo sigue vigente, no hay que esperar para enriquecer cada instante de nuestro breve recorrido por el tiempo, ese tiempo infinito del que nos tocará desprendernos para, tal vez, iniciar nuevos viajes en otras dimensiones.— Mérida, Yucatán.
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Psicóloga y periodista
