Antonio Salgado Borge
Antonio Salgado Borge

La estrategia de Trump sobrevive y está fortalecida

La toma del Capitolio por fanáticos de Donald Trump el 6 de enero de 2021 no fue la conclusión grotesca de una estrategia golpista, sino su inicio.

En el primer aniversario de este evento hay bases para afirmar que esta estrategia sigue en marcha. Y que, renovada y fortalecida, ahora constituye una muy real amenaza para la democracia en EE.UU.

Cuando el año pasado Trump instruyó a la audiencia que escuchaba su discurso a dirigirse a la sede del poder legislativo para “pelear”, ese expresidente ya conocía que sus caminos principales para revertir su derrota electoral estaban bloqueados.

Uno de estos caminos consistió en buscar “convencer” a funcionarios electorales en estados definitorios de utilizar su poder para materializar un resultado distinto.

El otro camino implicó “persuadir” a los congresos locales en esos estados —dominados por los Republicanos— de desconocer la voluntad popular y nombrar directamente a los integrantes del Colegio Electoral, que en Estados Unidos determinan al ganador de la elección presidencial en sus entidades.

La estrategia “motivacional” en ambos casos fue una y la misma. A través de llamadas directas de Trump y de su equipo, en combinación con las presiones de sus seguidores —incluidas amenazas de muerte e intimidación en sus redes y domicilios—, se buscó forzar a funcionarios y congresistas a deshacer aquello que el pueblo estadounidense había decidido.

En este contexto, el objetivo más inmediato de la toma del Capitolio fue comprar valioso tiempo para seguir intentando doblar a funcionarios y legisladores locales.

Donald Trump y compañía claramente fracasaron. Y lo hicieron, en buena medida, porque se estrellaron contra un puñado de mujeres y hombres decentes que no se doblaron.

Muchas de estas personas simpatizan con el Partido Republicano o pertenecen a ese partido. Sin embargo, pusieron a la democracia y a la patria por encima de partido e intereses personales y contuvieron las mareas golpistas.

El fracaso también se debe, al menos en parte, a que Mike Pence (entonces vicepresidente), Mitch McConnell (el líder del Senado) y otros republicanos actuaron institucionalmente. Una vez expulsados los invasores, la mayoría de los senadores y buena parte de los representantes condenaron lo ocurrido. El triunfo de Joe Biden fue certificado y ese demócrata se convirtió en Presidente.

Pero sería un error suponer que esta historia ha concluido o calificar lo ocurrido como un golpe frustrado.

Aunque lo ocurrido en enero del año pasado no fue su meta más inmediata, este evento estuvo motivado, principalmente, por un objetivo a largo plazo: ayudar a destrabar rumbo a 2024 los dos caminos bloqueados en 2021.

El ataque al Capitolio ha sido sumamente exitoso cuando se considera este objetivo. Me parece que hay dos razones principales detrás de este éxito.

En primer lugar, este evento ha sido instrumental para mantener encendidos a los grupos de ultraderecha radical que constituyen el núcleo más duro y activo de la base de ese expresidente.

En el núcleo más duro de esta base, las imágenes que el mundo observó sorprendido han sido motivo de orgullo y evidencia de lo que un grupo de radicales puede lograr cuando se lo propone. Lejos de haber amainado, la potencia y la amenaza que representa este grupo es mayor que la que constituía hace doce meses.

De acuerdo con un reciente estudio de la Universidad de Chicago, millones de personas que simpatizan con Trump están de acuerdo con utilizar la fuerza o la violencia para evitar que les vuelvan a “robar” la elección; es decir, están de acuerdo con acciones como las exhibidas en la toma del Capitolio.

Si bien el factor que mejor indica la pertenencia a este grupo de personas es la creencia en la teoría del “gran reemplazo” (la idea de que las personas de color, probablemente organizadas por judíos, buscan eliminar a las personas blancas en las potencias occidentales), muchas personas que no creen esa teoría aprueban la idea de defender a Trump por la fuerza, si esto fuera necesario.

En el núcleo “moderado” del movimiento Trumpista, la toma del Capitolio ha sido envuelta en falsedades y resignificada. La narrativa principal aceptada por este grupo es que los medios y los Demócratas mienten: en realidad quienes atacaron al Capitolio no fueron ultraderechistas, sino personas de izquierda disfrazadas de fanáticos de ese expresidente. Esto es, estamos ante un intento más del establishement de engañar a las personas que le hacen frente.

Ambas ideas han ayudado a Trump a construir y consolidar la idea de que una conspiración del establishment logró un fraude que evitó la reelección de ese expresidente. Actualmente la mayoría de las personas que votaron por Trump creen en esta narrativa, apropiadamente conocida como “la gran mentira”.

Para efectos de este análisis, lo importante es que lo ocurrido en el Capitolio energizó al núcleo “duro” y al “moderado” de la base Trumpista y los unió en torno a “la gran mentira”.

La segunda razón por la que es posible afirmar que el ataque al Capitolio fue exitoso está estrechamente ligada a la primera. Y es que a través del control de su base y gracias a la fuerza de ésta, Trump sigue controlando al Partido Republicano.

Prueba de ello es que en lugar de condenar lo ocurrido y de avergonzarse de ello, en vez de desligarse de quien a todas luces intentó un fraude electoral, ahora buena parte de los legisladores republicanos se desviven en eximir a quienes participaron en este evento y en mostrar su fidelidad hacia Trump y su movimiento. La lista incluye a la mayoría de quienes inicialmente condenaron los ataques al Capitolio hace un año.

Pero este control va mucho más allá de un asunto intrapartidista; en realidad, es un ingrediente fundamental en el golpe que actualmente se cocina.

Donald Trump pretende que en 2024 todos los funcionarios y legisladores locales que le “traicionaron” el año pasado hayan sido reemplazados. Esto sólo es posible si logra vilificar a quienes se pusieron del lado de la democracia para que pierdan elecciones o presionarlos lo suficiente para que renuncien.

El control de Trump garantiza tres elementos clave.

Asegura, en primer lugar, la derrota electoral en una elección primaria del partido Republicano en buena parte de Estados Unidos para quienes ese expresidente señale como sus enemigos. Calificarlos como individuos que operaron para el establishment cuando estaba en juego la elección de 2021 es suficiente para descarrilarlos. También lo es cualquier declaración que condene el intento de fraude o la toma del Capitolio.

El control de Trump también asegura que las bases se movilizarán y que estarán dispuestas a lo que sea para defender a su líder. A su vez, esto permite una mayor “vigilancia” o “presión” sobre Republicanos o funcionarios que no se cuadren a los designios de Trump. Una cosa es aguantar un par de meses de acoso y otra, muy distinta, es soportar agresiones y amenazas durante cuatro años.

Finalmente, el control de Trump sobre la mayoría de los legisladores Republicanos le ha servido para impulsar cambios en leyes para dar más control a congresos locales, dominados por Republicanos, con el fin de que puedan decidir fácilmente el sentido de una elección en su estado con independencia de lo que hayan elegido los votantes.

La existencia de estos tres elementos no es hipotética. Se trata de fenómenos en marcha que son aplaudidos por la base republicana. Y al menos por ahora, no parece haber forma de detenerlos.

Para el Partido Demócrata este contexto abre un peligroso dilema. Si se cruza de brazos, es muy probable si en 2024 se repitiese el mismo escenario electoral de 2020, Donald Trump y no Joe Biden terminaría certificado como Presidente.

Pero si los Demócratas intentaran imponer un sistema de elecciones centralizado para evitar el fraude que pretenden Trump y sus aliados, esta acción sería leída por los Republicanos como un eslabón más en la cadena de sinsentidos que conforman “la gran mentira”. En consecuencia, la base republicana, con todo y sus núcleos más duros y violentos, se opondría contundentemente y desconocería el resultado electoral arrojado por este sistema.

No es poco lo que está en juego. La democracia de la todavía nación más poderosa del mundo resistió el intento inmediato de un golpe en 2021, pero todo parece indicar que no resistiría el golpe que se cocina rumbo a 2024.

En este delicado contexto, el primer aniversario de la toma del Capitolio tendría que servir no para conmemorar un suceso trágico del pasado, sino como recordatorio de un evento en curso.

Un evento para el que todavía no hay antídoto, pero que si ha de ser detenido primero debe ser reconocido con toda la seriedad que amerita. Por el momento, esto no ha ocurrido.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo).

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