Ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma —François Rabelais
Aquel hombre salió de prisa al trabajo, había pasado mala noche por una pertinaz diarrea; al salir le pidió a su mujer algún remedio. Ella le entregó unas pastillas. A media mañana, la señora alarmada vio que en lugar de darle a su esposo unas tabletas de loperamida, le dio unas de diazepam. De inmediato le habló a su oficina para preguntarle cómo se sentía. Del otro lado de la línea, después de una breve pausa, vino la respuesta: “pues…estoy todo batido, pero si vieras que estoy bien tranquilo”.
Emplear un medicamento para otro padecimiento para lo cual no está diseñado no siempre es cuestión de equivocaciones.
La aspirina empezó a ser utilizada por su efecto antiinflamatorio, analgésico y antipirético. Una de sus reacciones colaterales más conocidas es la de bloquear la adhesividad de las plaquetas. Hoy, con el paso del tiempo y la evidencia científica, la aspirina es un popular antitrombótico de muy bajo costo.
Cuando pacientes que fueron sometidos a tratamiento para la hipertensión arterial con minoxidilo notaron cierto crecimiento capilar en la cabeza, como efecto secundario surgió la patente para el Regaine, el primer regenerador de cabello aprobado para la alopecia androgénica. Y ni qué decir del sildenafil, medicamento utilizado para el manejo de la hipertensión pulmonar, con el efecto secundario de aumentar la circulación en los vasos sanguíneos del miembro viril… y ya conocemos la historia del Viagra y su manejo en la disfunción eréctil que vino a revolucionar la vida sexual, como no se veía desde el descubrimiento de la píldora anticonceptiva.
De tal manera que estos efectos colaterales se convierten en descubrimientos donde el azar juega un papel importante, y constituyen muchas veces nuevas indicaciones para un fármaco.
Cuando se inició la pandemia, junto a la carrera para producir la primera vacuna, vino también el de encontrar algún retroviral, y en este período se comenzó a emplear medicamentos muchas veces en forma empírica, que en teoría no podían, por la misma naturaleza de su composición, tener algún efecto en la réplica viral.
Así vimos el empleo de la azitromicina, un macrólido que ejerce su actividad antimicrobiana al obstaculizar la síntesis proteica en bacterias, nada que ver con el coronavirus, y su empleo con otros antibióticos tuvo algo de efectividad, cuando los pacientes se complicaban con neumonías bacterianas.
Vimos el uso absurdo de sustancias como el dióxido de cloro, que no solo no tenía efecto benéfico, sino francamente era tóxico en algunos casos. Otros productos se utilizaron sin fundamento, y fueron sometidos al escrutinio científico. Este es el caso de la Ivermectina, un antiparasitario, tanto para ectoparásitos, arácnidos, piojos y endoparásitos como helmintos, lombrices, filarias, tricocéfalos y un largo etcétera de bichos en los que esta variante de avermectina estimula la liberación del ácido gamma-aminobutírico (GABA) que daña las sinapsis interneurales de todos los seres que conforman el mini zoológico sobre el cual actúan. Como se puede inferir, sería muy difícil un impacto directo sobre la réplica viral, a pesar que algunos estudios in vitro demostraban ciertos efectos antinflamatorios.
La Ivermectina se convirtió en uno de los componentes del armamento medicamentoso contra el Covid, que no solo se autorecetaban los pacientes, sino que también muchos médicos prescribirían sin ningún fundamento científico. Y si bien tiene indicaciones específicas tanto en humanos como en animales, no puede calificarse de totalmente inocuo.
Y aquí el tema era no tratar tampoco de denostar a la Ivermectina, cuando dolosamente se publicó que era un producto de uso veterinario, lo cual es cierto, como lo es que un enorme porcentaje de medicamentos los compartimos con otras criaturitas de la creación.
En honor a la verdad, en la mayoría de los casos no complicados, con todo y el arsenal médico al alcance, el sistema inmune del individuo era el responsable directo de que el paciente saliera avante de la enfermedad. Así surgieron colegas, muchos de los cuales se servían de las redes sociales para alarmar a la gente, y presumir que la combinación de varios medicamentos le había permitido curar a cientos cuando no miles de enfermos.
Por esta razón, desde que las imágenes en la televisión mostraban a personas que salían de algún módulo de pruebas en la CDMX durante la segunda ola de la pandemia, con un kit anticovid, que incluía un té medicinal y una dotación de Ivermectina, ya surgían una serie de cuestionamientos, y aún no se jalaban los hilos que conducían a una intrincada madeja que deja mal parada a la administración de Claudia Scheinbaum.
Según una investigación de Animal Político, el gobierno de la CDMX gastó 29 millones 290 mil pesos en la compra de 293 mil cajas de Ivermectina, 100 mil de ácido acetilsalicílico y 93 mil de azitromicina, medicamentos que sin estar aprobados por el gobierno federal para el combate del Covid, se repartieron en estas especies de “cajita feliz”, que contenían además un té medicinal, cubrebocas y gel antibacterial, a unas 200 mil personas que salieron positivas al virus.
En síntesis, medicamentos no aprobados por la OMS, ni siquiera por el gobierno federal, y para justificarse la Agencia Digital de Innovación Pública (ADIP), la Secretaría de Salud local y el IMSS informaron que habían efectuado un análisis “cuasi experimental”, y según ellos se demostró una efectividad del 68% en cuanto a la disminución del riesgo de ser hospitalizados.
Sin embargo, la evidencia científica mundial es contundente: 16 ensayos controlados con 2 mil 407 pacientes ambulatorios y hospitalizados con resultados tan poco confiables, que la OMS desacreditó el medicamento y recomendó no administrarlo.
Lo peor es que en la CDMX, al darse a conocer este uso indiscriminado de la Ivermectina, al parecer las autoridades comunicaron que en un portal electrónico estaba el supuesto estudio de investigación, que fue tan acribillado por los científicos serios, que ya no hay acceso ni siquiera a la página.
Pero además algo que no es tema menor: todo parece indicar que los pacientes que recibieron el kit que contenía Ivermectina no fueron informados de que eran parte de un estudio experimental, y si estaban de acuerdo: firmar alguna hoja de consentimiento.
Es claro que tampoco se tuvo un grupo control manejado solo con placebo, ni siquiera un seguimiento posterior, ni por vía telefónica después de la toma del medicamento, para saber no solo el beneficio, sino de algún efecto colateral.
En síntesis: un estudio sin nada de metodología científica, sin el consentimiento informado de los pacientes, pero lo peor, con un tema muy espinoso en cuanto a la compra además por adjudicación directa de medicamentos que no estaban aprobados para este fin, y en los que se gastaron millones de pesos.
Pero lo que es de preocupar, a pesar de la gran contundencia de no utilizar la Ivermectina, ésta sigue siendo administrada a pacientes incluso en muchas de las clínicas del IMSS de la CDMX.
Algo que ha dejado la pandemia de evidente es que la carrera para conseguir un retroviral perdió ante el desarrollo de las vacunas y lo que ya parece ser una inminente inmunidad de rebaño completada por la llegada de la variante ómicron.
Pero, a pesar de todo eso, la lista de prometedores retrovirales, aún en investigación, crece con muy alentadores resultados. Lo ocurrido con el mal uso de la Ivermectina por las autoridades de la CDMX es más que claro: ciencia, sin método científico, no es ciencia, se convierte en charlatanería, y lo peor, en este caso llena de demagogia.— Mérida, Yucatán.
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Médico y escritor
