Ser o no ser corrupto. Esta es la cuestión y el dilema de los servidores públicos, sean alcaldes, legisladores, líderes sindicales, jefes policiacos, secretarios de Estado, gobernadores o presidentes, cuando están en la política de servicio.

Durante sexenios y décadas, cuando menos en los últimos 60 años, la corrupción poco a poco fue minando las entrañas de los tres niveles de gobierno y causando estragos en los presupuestos de proyectos y programas de las diferentes dependencias.

Por tanto, la política de servicio se fue deteriorando y los políticos perdían credibilidad y obtenían un bien ganado desprestigio ante los ojos de los ciudadanos. Es natural la desconfianza generalizada existente en las autoridades y en la impartición de la justicia.

La mayoría de esos servidores públicos, para no generalizar, amasaban fortunas, unos más que otros, a las sombras de los presupuestos y los negocios turbios. Sin embargo, el manto de la impunidad los cobijaba, se cubrían las espaldas los unos a los otros y la corrupción, por conveniencia, no se legislaba como delito grave, además que el famoso fuero los protegía.

En algunos sexenios, para calmar los ánimos ante algunas denuncias de estos abusos, uno que otro funcionario era investigado y detenido como chivo expiatorio, luego salía y seguía con su vida de lujos.

Si en los diferentes sexenios presidenciales la corrupción ha estado presente, en la administración de Enrique Peña Nieto fue el acabose. Funcionarios de alto nivel y gobernadores, entre ellos un grupo de jóvenes mandatarios que fueron exaltados como el futuro del priismo, saquearon dependencias, presupuestos de proyectos, endeudaron a su estado y obtuvieron ganancias con oscuros negocios.

Y no se pudo ya ocultar la corrupción desbordada. Las denuncias y las investigaciones comenzaron a dar sus frutos y ante esto unos huyeron y otros fueron detenidos.

Lo curioso es que cuando estos depredadores del erario son detenidos se proclaman inocentes. Juran y perjuran que sus fortunas las lograron con el esfuerzo de su trabajo, por herencias y demás ingresos legales, a pesar que los números desorbitantes no concuerden con sus percepciones.

Si todos son inocentes, entonces no existe la corrupción. ¿De qué nos quejamos los ciudadanos y algunas autoridades al hablar de faltantes presupuestales en las dependencias, de obras inconclusas que salen costando el triple de lo presupuestado y de la riqueza de esos servidores, si tenemos políticos y gobernantes de acrisolada honradez?

Lo único que cabría preguntar: ¿Dónde está el dinero faltante de las arcas públicas y de muchas dependencias?

Recientemente, se dio a conocer que el expresidente Peña Nieto es investigado por varios millones de pesos que fueron depositados cuando ya no era mandatario. Enseguida declaró que podía aclarar ante las autoridades estos depósitos bancarios.

Pero no se va más allá en su sexenio e ingresos que tiene en bancos y bienes muebles e inmuebles, pues ningún presidente ha vivido de su salario y los ahorros fruto de estas mensualidades.

Los presidentes de las últimas décadas han vivido como virreyes, entre lujos, despilfarros, manejo indiscriminado de la partida secreta, negocios con privilegios a empresas extranjeras para que al terminar el sexenio se conviertan en socios y otros ingresos millonarios. Se sabe, se calla, se silencia, no se investiga a fondo.

En nuestro estado los exgobernadores Ivonne Ortega Pacheco y Rolando Zapata Bello fueron criticados y denunciados por nepotismo, creación de empresas fantasmas en sus administraciones, saqueo de dependencias —ejemplo concreto el caso del Isstey—, despilfarro y enriquecimiento personal y de algunos de sus funcionarios. Pero se proclaman inocentes y señalan que su fortuna es fruto del ahorro personal y de bienes heredados.

El dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, “Alito”, ante diversas acusaciones en su contra, sale del país por unos días para llevar su voz de “perseguido político” ante diversas organizaciones internacionales.

O son inocentes o perseguidos políticos. No hay culpables. Sin embargo, en este pajar de la corrupción es muy difícil encontrar una aguja de acrisolada honradez. Unos más que otros han manchado el plumaje al cruzar el pantano de nuestra política sui géneris.

Destacados priistas han acuñado en el pasado expresiones para mirar hacia el futuro político: “Si no tranzas no avanzas” o “un político pobre es un pobre político”. Y, lamentablemente, muchos han seguido al pie de la letra estas consignas.

Si todos los políticos investigados, acusados, detenidos, detrás de las rejas o que huyeron del país afirman su inocencia o proclaman ser perseguidos políticos, entonces vivimos en un espejismo de corrupción. Engañados por un saqueo inexistente y de levantar falsos por la honradez de los funcionarios y gobernantes.

En esta política de corrupción, todos los políticos se dicen inocentes. Sin embargo, los ciudadanos no creen eso y esperemos que la justicia tampoco.

Son necesarias la investigación profunda y sanciones ejemplares, aunque las cárceles se saturen. Los ciudadanos aplaudirían.— Mérida, Yucatán.

marpero53@yahoo.com.mx

Profesor

 

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