Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender —Marie Curie

Se dice en el argot de la Medicina que anestesiar a un paciente tiene una estrecha analogía con manejar un avión, de tal suerte que la inducción de la anestesia y la reversión equivalen al despegue y aterrizaje; ambos son críticos: un buen despegue, independientemente de lo que ocurra en el aire, es augurio de un buen aterrizaje, a pesar de que el trayecto del vuelo esté lleno de turbulencias que, con los avances de la aeronáutica, hacen de esta fase intermedia, cuya duración puede ser corta o larga, que se pueda permitir el utilizar el piloto automático.

De la misma manera, hoy día, el paciente anestesiado está conectado a un monitor, entubado y con una serie de aditamentos durante el acto quirúrgico que lo mantiene en el plano mientras se le opera.

Los que han volado en un avión, sobre todo en las primeras ocasiones, recuerdan más los despegues y aterrizajes que lo que ocurre a medio vuelo y algo parecido puede ocurrir en el paciente, pero sobre todo en el médico anestesiólogo con los despegues y aterrizajes.

Pues bien, utilizando esta analogía nos atrevemos a decir que la pandemia del Covid bien puede compararse a un vuelo de un sitio a otro, con un despegue que fue incierto por no conocerse las condiciones atmosféricas en lo alto, por mucha tecnología que se tenga, con una duración de dos horas, aquí diremos un año por hora; que durante el vuelo se presentaron zonas de turbulencias con despresurizaciones, que fueron las olas o picos, y finalmente con un clima de estabilidad que permite tocar piso.

Y así como en la anestesiología se dice que el paciente despierta como se durmió (tranquilo, o dando patadas y soltando inteligibles maldiciones) tendríamos que definir, regresando al tema de la pandemia, que estamos en pleno aterrizaje o fase de reversión del paciente anestesiado. De esto no cabe la menor de la duda.

La pandemia ha dejado una huella indeleble en todos los sobrevivientes, más en aquellos que la enfermedad nos arrebató a un amigo, un familiar o un conocido y dejó un impacto profundo en nuestros hábitos.

Del escepticismo a la incertidumbre, de la incertidumbre a la ansiedad, de la ansiedad a la tranquilidad. El Covid se comportó y, en esto los expertos fueron claros, con un paralelismo impresionante a la última pandemia que azotó a la humanidad un siglo atrás: la gripa española.

Esta última enfermedad dejó diez veces más defunciones, con una duración de dos años, en una época en que no se contaba con los adelantos médicos actuales, menos una vacuna y, que cedió al mutar el virus hasta hacerse más contagioso, pero menos letal, lo que ocasionó la llamada inmunidad de rebaño.

El revisar con lupa lo que ocurrió le hubiera tal vez permitido a la OMS determinar con más premura y haber sido más enfática en la importancia de lo que llegó a hacer el medio más trascendental para detener el avance de los contagios: la mascarilla o el cubrebocas.

Sí, el minúsculo embajador de la muerte es tan miserablemente diminuto que flota en el aire, en esta especie de microaerosoles.

Fue el humilde cubrebocas, con otras medidas de aislamiento, clave en tanto aparecían las vacunas. Una gran diferencia de la evolución de la enfermedad en naciones y regiones del planeta tuvieron relación estrecha con el humilde artilugio.

En países orientales, sobre todo los japoneses, el cubrebocas es una prenda de vestir habitual en época de invierno, cuando existen brotes de gripa estacional, no solo como una medida de higiene, también una fuerte connotación de respeto al prójimo para evitar contagiarlo.

Aquí en México recordemos lo que sucedió y no podemos evitar, aunque no era la intención al tocar el tema, una vez más, pensar cómo hubiera influido positivamente que el presidente con tantos seguidores hubiera dado el ejemplo utilizándolo o López Gatell no se hubiera dedicado a denostarlo al grado de inmortalizar su tan desafortunada frase: “El cubrebocas sirve para lo que sirve y no sirve para lo que no sirve”.

De tal manera que en México fuimos tan confiados que al inicio de la pandemia los cargamentos de cubrebocas salían en toneladas hacia China, mientras “pateábamos la lata”, hasta que la realidad nos alcanzó como una cruel bofetada; entonces comenzamos a mirar al cubrebocas con respeto.

En su momento y lo confieso, me llegó a irritar hasta el policía que cumplía con su tarea repartiendo cubrebocas en las calles, y tener que colocármelo hasta para entrar a la farmacia o una tienda de conveniencia. Ni qué decir cuando por mi profesión me la paso con él 8 horas al día.

Mientras las autoridades reaccionaban importando cubrebocas, se generó una industria en la fabricación de la prenda, y fue tan sui generis que he llegado a tener de todos tipos de materiales y colores, algunas verdaderas obras de arte, bordados (bellos los de Kimbilá), de tal manera que la mayor parte del vuelo o de nuestro cuerpo sometido a una anestesia transcurrió con medio rostro cubierto.

Desde diciembre del año pasado, con la aparición de la cepa ómicron, al menos el que escribe comentó la alta posibilidad de entrar a la fase de descenso del avión o el momento en que el anestesiólogo le corta el gas al paciente. Todo indica que así está ocurriendo.

Hoy día las cifras de contagios y hospitalizados están tan a la baja que podemos decir, sin temor a equivocarnos, que al menos aquí en Yucatán entramos a la fase de endemia; aquellos casos hospitalizados o las lamentables defunciones siguen estrechamente ligados a los factores de riesgo ya conocidos (obesidad, diabetes, hipertensión, etc.) o a personas no vacunadas o con un esquema incompleto.

Y viene la pregunta obligada: ¿qué hacer con el cubrebocas?

Recordemos que la epidemia de cólera dejó en Yucatán la costumbre de utilizar agua purificada para consumo; antaño, los yucatecos consumían de la de lluvia o de pozo, luego en los 60 a tomar agua de la llave con toda la confianza, hasta el sacudón del vibrio colérico que entró por Celestún y, ahora es un excelente hábito consumir agua purificada, no solo por el tema del cólera, hay una notable reducción de las demás infecciones intestinales, sobre todo en niños.

Después de la influenza: el gel antibacterial y el cubrirse al estornudar fue la herencia y, sin lugar a duda hoy día el cubrebocas.

Pienso que es el momento de dejarlo como opcional; sin embargo, es triste y hay que decirlo, la medida que pudiera ser salomónica tendrá cuando ya el Covid no sea problema un escollo nada despreciable; en bancos al igual que se prohíbe la gorra y los lentes de sol, se tendrá que restringir, es un hecho y es triste decirlo, pero en México el cubrebocas se convirtió en un mini pasamontañas que ha facilitado la chamba a los malandros. No es tema menor.

“Este arroz ya se coció”, aunque políticamente no es correcto decirlo; lo sanitariamente recomendable es no bajar la guardia, habrá de quedarse como parte de nuestra cultura, el lavarse las manos, usar gel, mantener una sana distancia y el cubrebocas como lo hacen los japoneses.

Hace unos días comencé a guardarlos; de todo tipo, materiales, colores y confecciones. Ahí quedan estos artilugios humildes, ladrones de fisonomía que nos enseñaron a sonreír con los ojos. Este trozo de tela que le salvó la vida a miles y miles de personas.

Me atrevería a decir que si hubiera algún objeto que merezca una estatua (¡hasta hay de insectos, como la de un mosco en Mérida!) es sin lugar a duda: el cubrebocas.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

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