Edgardo Arredondo Gómez (*)
Si se ve real, y se siente real, ¿crees que importa si es real?, Daniel Nayeri
En “El hombre de papel” (1963), filme de Ismael Rodríguez, Adán, interpretado por el gran Ignacio López Tarso, es un pepenador mudo que pasa miles de peripecias tras encontrar un billete de 10 mil pesos; la película con un profundo mensaje, donde desfilan las más bajas pasiones del ser humano: la mentira, la estafa, la avaricia…, culmina cuando Adán, cuya mayor ilusión era tener un hijo, es timado por un ventrílocuo (interpretado por Luis Aguilar) que logra quedarse con el billete a cambio de su muñeco, Titino (quizá el más famoso en México).
El embustero es muy enfático: “déjalo en su maleta un día y mañana lo despiertas”. Al día siguiente el buen Adán se da cuenta que el muñeco no habla, no tiene vida y termina por descabezarlo. El corolario de la capacidad del ventrílocuo para permear en una mente infantil como la del infortunado pepenador. Una escena icónica del cine mexicano.
Hace unos días falleció Salim Alcocer Lixa, el Tío Salim. La nostalgia me invadió. Estudié toda la primaria en la David Vivas Romero; no recuerdo un solo festival donde Salim no estuviera presente con su muñeco.
Salim no era tan grande, ni yo tan pequeño, simplemente era un chamaco cuando le dio vida a “Don Rufino”, pero además era bueno con los trucos de magia. Estudié con uno de sus hermanos menores, a quien le decíamos “payaso”, porque su sueño era irse a trabajar a un circo. Vimos crecer la figura del Tío Salim…, una carrera fructífera en la televisión, animando festivales, fiestas infantiles; con ese sello tan propio que los ventrílocuos suelen dar en su trabajo, en el caso de él, con un humor blanco, familiar, reflejo del gran ser humano que fue.
En febrero del 2018, con motivo de cumplirse los cien años de la fundación de la David Vivas Romero, las autoridades invitaron a exalumnos y entre los veteranos ahí estaba yo, 45 años después, de regreso; al primero que saludé fue a Salim.
Otro personaje
En medio de la conversación me comentó que estaba presente la profesora Alicia Góngora Rosado, la maestra “Lichy”, una grata sorpresa: mi maestra de 4o. año. Al recorrer mi escuela ahí seguía el piso de ladrillos como un tablero de ajedrez, el espacio donde tantas veces viera actuar a Salim. Me enteré después de que la maestra Lichy era tía de mi querido maestro el doctor Renán Góngora Biachi. Recuerdo el detalle porque mi mentor, que falleció en marzo de 2020, contaba con orgullo de su primer trabajo como bolero y sobre todo como ventrílocuo, de cómo se costeó sus estudios con “Ringo”, su muñeco, con el cual recorría a cuestas en su motocicleta para dirigirse a las fiestas infantiles y de ahí a la universidad o al hospital. Tanto en el caso de Salim, como del Dr. Góngora Biachi, me queda claro que “Don Rufino” y “Ringo”, estas criaturas de madera y tela eran en realidad los portavoces de sus respectivos corazones.
El maestro contaba las peripecias que había pasado con “Ringo”, más de una vez salió disparado de la motocicleta y aterrizado en el pavimento…, algunas astillas menos, pero sonriente decía que nunca se apolilló. Muchos tuvimos la suerte de ver al maestro con “Ringo” en actuaciones para gente mayor, los amigos, lo cual era sumamente divertido. Tuve contacto con el doctor en sus últimos años, pues como yo, era un amante de la literatura y la historia.
Siempre me pregunté con quien se quedaría “Ringo”, luego me enteré de que, a petición suya, “Ringo” fue cremado junto al doctor. En efecto en una urna descansan las cenizas, amalgama ígnea de huesos y madera. Dos seres en uno, ahora inanimados, pero más vivos que nunca en el recuerdo de las personas que los recordamos con cariño.
Poema
En los años noventa, el ventrílocuo mexicano Johnny Welch escribió “La Marioneta”, un hermoso poema que recitaba su muñeco “El Mofles”:
“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz”.
Fue tal el éxito del poema y su alcance universal, que mucha gente se lo atribuía a Gabriel García Márquez, en aquel entonces el gran Gabo estaba tratándose de un linfoma y tuvo en rueda de prensa que desmentir rumores sobre su muerte y, al mismo tiempo la autoría del poema; fiel a su estilo ironizó: “Quiero decirles que estoy vivo y que lo único que me podría matar es que digan que yo escribí algo tan cursi”. Lo cierto al caso es que el Nobel colombiano sí se rindió al poema, tan es así que, hubo un encuentro entre los dos personajes…, bueno tres, “El Mofles” estuvo presente también.
Reflejos
Después de recordar la película de “El hombre de papel” ratifico que tanto en el caso de Salim como del Dr. Góngora Biachi, “Don Roque” y “Ringo”, estas criaturas de madera y tela eran en realidad los voceros de sus respectivas almas. Así es, bastaba ver en el rostro de los dos el alma chispeando en sus ojos al momento de arrancarle la risa a un niño o la reflexión al adulto.
Descanse en paz, el buen Salim, está con mi maestro, donde solo se va la gente buena.—Mérida, Yucatán
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Médico y escritor
