En la puerta había un letrero: “Aruspicio Vátez, adivino”. Un visitante tocó el timbre. Desde adentro se oyó la voz del hombre: “¿Quién es?” Comentó el tipo, desdeñoso, al tiempo que se retiraba: “Y dice que es adivino. Ha de valer madre”…
Babalucas regresó a su casa y le informó a su esposa: “Fui a 10 papelerías, y ninguna tenía papel para muerto”. “¡Ay, Baba! —suspiró la señora—. Te encargué papel parafinado”.
Don Cucoldo le confió a su vecino: “Mi mujer me engaña”. Le sugirió el otro: “Engáñala tú también”.
“Tienes razón —aceptó muy convencido don Cucoldo—. Le haré creer que no sé nada”…
Aplauso
Reconozco, saludo, aplaudo y hago objeto de merecido encomio la actitud del presidente López Obrador al rechazar la iniciativa, salida de la lambisconería morenista, de actualizar la obsoleta Ley de Imprenta —se promulgó en tiempos de Carranza— que castiga con multas, y aun con cárcel, a quien haga objeto de “injurias” al titular del Poder Ejecutivo, a los miembros de su gabinete y a diputados y senadores del Congreso.
El hecho de que AMLO haya salido en defensa de la libertad de expresión nos tranquiliza a quienes ejercemos el periodismo crítico, y salva a México de caer en las prácticas opresivas que caracterizan a gobiernos tiránicos como los de Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Con frecuencia mis lectores me preguntan si por mis señalamientos contrarios al gobierno he recibido algún ataque o amenaza. Categóricamente respondo que no. Mi persona y mi ejercicio periodístico han sido respetados, y aun en alguna ocasión he recibido elogios del Presidente, como cuando en una visita que hizo a mi ciudad, Saltillo, anunció que llevaría el servicio de internet a todos los rincones de Coahuila. Dijo: “Así todos los coahuilenses podrán leer a ese gran escritor que es Catón”.
Le agradecí en forma personal esas palabras con la misma sinceridad con que hoy lo alabo por haberse deslindado prontamente de esa aberrante iniciativa, que ciertamente era amenaza para la libertad de expresión que la ley máxima de la Nación consagra.
Buena señal es ésta. En el respeto a las libertades de los ciudadanos se finca el respeto a las personas de quienes los gobiernan. Hermosa frase esta última, columnista. Quizá no alcance la altura suficiente para ser inscrita en bronce eterno o mármol duradero, pero sí al menos en plastilina verde…
Narra un chascarrillo final y luego haz mutis con gesto altivo y donairoso porte como los del Cyrano de Rostand.
El esposo le estaba haciendo el amor a su mujer. En el deliquio de la pasión sensual le dijo emocionado: “¡Amor mío! ¡En este momento no me cambiaría ni siquiera por Brad Pitt!”
Respondió ella con mucho sentimiento: “Ay, cómo eres malo. Nada más tú quieres gozar”.— Saltillo, Coahuila.
