La desnutrición es uno de los flagelos más dolorosos en la sociedad yucateca.

De acuerdo con el Coneval, en 2020 vivían en Yucatán 1.156,872 personas en situación de pobreza, lo que representa el 49.5% de la población total. De esa población, el 24.6% sufría carencias en cuanto a una alimentación nutritiva y de calidad, por lo cual ese grupo poblacional no alcanzaba a consumir la suficiente cantidad de proteína animal (carne, leche, huevos) requerida para mantener un óptimo estado de salud.

El consumo de carne es benéfico para la salud, pues ésta provee la proteína (constituida por aminoácidos), necesaria para el adecuado crecimiento corporal de la población en la etapa de desarrollo temprano.

La carne de cerdo es un alimento ideal, por la alta digestibilidad de sus aminoácidos esenciales y no esenciales.

La industria porcícola en Yucatán ha mantenido un crecimiento constante en los últimos años; sólo en el rastro de Mérida, se procesan alrededor de 16,000 cerdos mensualmente.

La porcicultura ha sido cuestionada como una fuente de contaminación del aire en la Reserva Estatal Geohidrológica del Anillo de Cenotes (Regac). En diversos medios se han hecho señalamientos de que las emanaciones gaseosas provenientes de las granjas porcinas representan una amenaza para la salud de la población que habita en la Regac; no obstante: ¿hay evidencia de enfermedades o mortalidad en la población, derivadas de complicaciones respiratorias que pudieran estar asociadas directamente con la actividad porcícola?

Es importante responder esta pregunta, porque en la presentación del Dictamen Diagnóstico Ambiental de la Actividad Porcícola en Yucatán (Ddaapy), convocada el 27 de marzo pasado por la Semarnat, el responsable del análisis de la calidad del aire, declaró que: “el amoniaco nos va a exacerbar las enfermedades respiratorias fundamentalmente de los trabajadores agrícolas”; afirmando también que “el ácido sulfhídrico al formar el dióxido de azufre, va a estar altamente relacionado con la mortandad de la población en la región”.

El funcionario de la Semarnat fue más allá al aseverar que “podríamos estar hablando de una fumigación muy fuerte por parte de ácido sulfhídrico y de amoniaco a la población”. Estas declaraciones en la voz de un funcionario federal deberían de alertar a las autoridades del sector salud para actuar en consecuencia, implementando las medidas de prevención sanitaria pertinentes, o de plano refutarlas como falaces.

Tragedia

La trágica catástrofe de Bhopal (India) en 1984, que costó la vida a más de 20,000 personas por intoxicación con isocianato de metilo, es un ominoso recordatorio de la letalidad de los gases tóxicos.

En años recientes, los registros estadísticos sobre las causas de fallecimientos en Yucatán indican que las principales causas de muerte entre la población (excluyendo al Covid-19) son las enfermedades del corazón, tumores malignos, diabetes y la influenza y neumonía.

No aparecen en los reportes estadísticos como causa de fallecimientos intoxicación por gases como el amoniaco y el ácido sulfhídrico.

El tratar de imponer con el Ddaapy un límite al desarrollo de la porcicultura en Yucatán con argumentos falaces basados en mediciones de muestras del aire de únicamente tres granjas porcinas debe de advertir a las autoridades ambientales y agropecuarias acerca de las implicaciones socio-económicas que dicha imposición tendrá para los pequeños y medianos porcicultores.

A nivel nacional, de 2015 a 2019 las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) provenientes de la ganadería se incrementaron por arriba del 30%, pero la porcicultura no jugó un papel importante en dicho aumento, sino más bien fue el hato bovino compuesto por 36 millones de cabezas, las cuales eructan miles de litros de gas metano a la atmósfera.

En el Tercer Informe Bienal de Actualización ante la Convención Marco de las Nacionales Unidas sobre el Cambio Climático publicado por la Semarnat en 2022, las emisiones de óxido nitroso provenientes de la porcicultura, representaron un porcentaje menor (22.73%), comparadas con las emisiones del mismo gas originadas por el ganado bovino (68.40%), mientras que el amoniaco y el ácido sulfhídrico ni siquiera fueron reportados, pues su contribución es cuantitativamente insignificante.

Estos dos últimos gases fueron registrados en tres granjas (en Yaxkukul, Temozón Sur y Kinchil) en el Ddaapy, en concentraciones en partes por billón (trazas), es decir, apenas perceptibles. Se puede concluir entonces, que la atención de la autoridad ambiental federal está concentrada en una fuente cuantitativamente irrelevante de emisión de gases potencialmente contaminantes.

Confusiones

Las aseveraciones sin fundamento como las pronunciadas por la autoridad federal en materia ambiental sobre la calidad del aire en las granjas porcinas de Yucatán solo contribuyen a confundir a la sociedad y a exacerbar innecesariamente un ambiente de polarización que no abona al clima de paz social imperante en el estado.

Es así como se ha construido el mito de la contaminación del aire por los gases emanados de las granjas porcícolas, lo cual conducirá a conclusiones erróneas y por tanto a decisiones en materia de política ambiental y económica, incorrectas.— Mérida, Yucatán

kvera@correo.uady.mx

Profesor-Investigador, Laboratorio de Cambio Climático y Ganadería, FMVZ-Uady.

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