A fines del siglo pasado me dedicaba exclusivamente a la práctica clínica en un gabinete cardiológico cercano a las huastecas (tamaulipeca, veracruzana, hidalguense y potosina).

Por lo general recibía pacientes atendidos previamente en su lugar de origen por varios médicos, curanderos, herbolarios, brujos, hechiceros y chamanes. Llegaban esperanzados ante los nuevos procedimientos de la ciencia médica.

Algunos daban más importancia a los aparatos empleados —como el ultrasonido— que al mismo médico. Personas muy afectuosas; agradecidas anticipadamente, siempre llevaban algún regalo, además de cubrir el monto de los honorarios médicos. Al salir del consultorio todos se iban contentos.

Alguna vez recibí como paciente a un hechicero de magia blanca, otro de magia negra y, en una ocasión, a un impresionante chamán, acompañado de dos mujeres jóvenes que nunca hablaron durante la consulta. El chamán me pidió retirar mi intervención terapéutica sobre uno de los brujos que, sin saberlo, había yo curado. Me advirtió sutilmente el riesgo que correría de no seguir su consejo.

Poco tiempo después comenzaron a llegar personas con enfermedades desconocidas. Comenté cada caso clínico con especialistas de mi confianza: neurólogos, psiquiatras, endocrinólogos, psicólogos, incluso sacerdotes. Todos declinaron establecer diagnósticos sobre esos casos. Su patología no se integraba en el catálogo internacional de enfermedades ni en el listado de enfermedades raras.

Un joven campesino entró en trance, convulsionó; hablando latín, despertó. Respondía correctamente al interrogatorio en inglés, francés, italiano; tenía aversión a lo sagrado. Cada vez que se iniciaba una plegaria gritaba desaforadamente.

Una maestra dejó de caminar. Cada vez que la interrogaba (ella me conocía bien) guardaba silencio y ponía los ojos en blanco. Gesticulaba haciendo, como en una película muda, muecas, guiños, visajes inenarrables. Luego consciente, con ojos abiertos, se ponía rígida o como un títere elevaba y descendía brazos y piernas sin concierto alguno; alrededor de ella, olores repugnantes y ruidos sin origen aparente.

Una joven contadora quería matar a su padre cada vez que rezaban juntos. Un niño de primaria demostraba fuerza hercúlea. De un muchacho, su madre revelaba que podía detener el sangrado de heridas superficiales, solo con tocarlas. Una madre de familia, al ver una fotografía de tres médicos compañeros míos de generación, narró la historia de cada uno de mis amigos, sin haberlos conocido.

Estudié detenidamente esos casos. El padre Emiliano Tardif, carismático del Espíritu Santo, me dio la pauta diagnóstica: “La enfermedad del espíritu sana mediante la fe y la conversión… El maligno tiene el poder de provocar males físicos y psíquicos inexplicables”.

Descubrí que todos estos pacientes o sus familiares estuvieron en contacto con la magia, lo esotérico y el ocultismo. Varios de ellos frecuentaban consulta de horóscopos, juego de la Ouija, lápices de Charlie, lectura de la mano, Tarot, adivinación del futuro; algunos asistían a sesiones de espiritismo o adquirían talismanes, filtros, velas trabajadas, péndulos a través de visitas a magos o hierbateros. Muchos pacientes participaban en ritos de santería, macumba, vudú y culto a la muerte (eufemismo para nombrar al demonio). Un grupo de ellos buscaba respuestas en las perniciosas constelaciones familiares. Muchas puertas abiertas al maligno.

Estoy convencido que todas las actividades de magia y ocultismo desatan fuerzas misteriosas que obtienen dominio sobre la realidad física y mental de una persona. El peligro radica en que mucha gente, sin advertirlo, adopta comportamientos demoníacos e incluso se inscriben en sectas satánicas. Es un hecho que sin la acción demoníaca no podría existir el perverso mundo de lo oculto y enfermedades sin explicación científica.

Abramos las puertas a Cristo. “El demonio ronda como león rugiente buscando a quien devorar” (IP 5, 8). El diablo existe, yo me lo encontré. Les contaré más sobre él para descubrirlo, combatirlo y derrotarlo.

Correo: mgracianb@gmail.com

*) Cardiólogo

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