A ratos “…no hay deseo de discutir con los tontos que no actúan… y no hay tiempo para pelear con gris”. Esta frase, atribuída al actor británico Anthony Hopkins, la leí hace unos pocos días y me explicó mucho del desánimo que me ha afectado al grado de autocensurarme, de guardarme mis opiniones.

Analizando sobre qué es lo que a los seres humanos nos impide expresarnos con libertad vinieron a mi mente borbotones de ideas que intentaré poner en orden. En esta ocasión, cuando digo seres humanos, me refiero específicamente a los ciudadanos que habitamos esta ciudad “blanca”, “noble”, capital del estado “más seguro del país”.

A veces cunde el desaliento; sentimos que la decadencia de México, la miope ambición de los políticos, la pobreza, el sufrimiento y las corruptelas no tienen arreglo y preferimos dedicar nuestras energías a nosotros mismos; escogemos ser egoístas y hablar sobre temas de los cuales sentimos que obtenemos algo, al menos un mensaje de aliento para sobrellevar las batallas personales de la vida, que no son pocas y se presentan ante nosotros como empinadas cuestas que debemos luchar por conquistar, día tras día. Ocuparse de los propios asuntos implica una decisión consciente de mirar hacia otro lado, de dejar pasar las injusticias que viven los otros y que no nos tocan de manera directa.

Deberíamos ser capaces de encontrar una idea, como aguja en el pajar, que nos permita hilar ciertos razonamientos sobre nuestra responsabilidad social. Y es que, tal vez no, no quiero discutir con tontos que actúan únicamente basados en sus convicciones e intereses y no, no hay tiempo para pelear con lo gris y lo mediocre, lo banal, pero sí hay formas de visibilizar la necesidad apremiante de manifestarnos conscientes de lo que está pasando, para no volvernos cómplices de la mezquindad.

Los asuntos del estado son nuestros propios asuntos, nada más que el desinterés, la falta de información y la manipulación ideológica de la que muchas veces somos objeto, nos nubla la visión y abona a la construcción de una narrativa oficial que apacigua nuestras conciencias.

Otro factor que nos inmoviliza es la propia conveniencia, que es muy diferente al desinterés. Es decir, si el mal que veo al corregirse atenta contra mis propios privilegios, entonces vale más hacerse de la vista gorda y no opinar, porque manifestar un criterio que pisa callos, en este país puede costar favores, el trabajo y hasta la propia vida. Aquí es donde entra el miedo y no es siempre infundado.

Tenemos mucho temor, vivimos aterrados de alterar el “status quo”, de llevarle la contraria a la autoridad; de sufrir sus represalias; también, de desinflar el globo que nosotros mismos hemos henchido para introducirnos en él, en una burbuja en la que nada pasa, si no nos pasa a nosotros.

Los mexicanos que ostentamos privilegios somos hijos del influyentismo; los mexicanos menos privilegiados siempre son por ende, nuestras víctimas.

El pasado 13 de junio un pequeño niño chiapaneco, de apenas seis años de edad, murió arrollado por una camioneta de lujo mientras mendigaba en las calles de Mérida, en las cuales no es extraño ver grupos de mujeres con bebés adormecidos en brazos y menores haciendo malabares para ganarse algunos pesos en los semáforos.

En el artículo que publiqué en estas páginas con motivo del día de las madres, toqué el tema de manera tímida, tibia, y hoy me arrepiento de no haber sido más enfática sobre el problema que lleva rondando las mentes de muchos de nosotros durante meses. ¿Dónde están las respuestas a las preguntas que nos hacemos sobre los motivos por los cuales ninguna autoridad en pro de la niñez ha salido a hacer su trabajo? ¿Por qué se ha permitido que lo que es claramente una red de explotación se apropie de semáforos y aceras atropellando, ahora de manera literal, los derechos de esos niños sin que haya el menor indicio de algún intento por atajar la situación.

Una vida se ha perdido y parecemos no estar dispuestos a ir más allá del asombro, pero este caso merece presión social sin precedente, respuesta del aparato gubernamental en pleno; una investigación exhaustiva que ya adeuda años y de la cual seguramente ya se conocen datos que es más fácil barrer bajo la alfombra que encarar, en la ciudad donde no pasa nada.

Estos niños son víctimas nuestras. Son víctimas de una sociedad indiferente y de la abyección de un gobierno permisivo que evita dar explicaciones porque nos creen tontos, o porque no quieren mancharse las manos; porque es un tema en el cual, de acuerdo con palabras de una diputada federal, “hay mucho trasfondo”.

Este trasfondo que nuestras autoridades han preferido minimizar, o han preferido no afrontar, ha cobrado la vida de un pequeño cuyo cuerpo no ha sido ni siquiera reclamado por sus familiares y yace solitario en la morgue. Si esto no nos mueve, no nos indigna y no nos deja clara la importancia de exigir respuestas sin miedo a perder privilegios, no se qué puede hacerlo.— Mérida, Yucatán.

erica.millet@gmail.com

Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado

 

 

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