Para Iker: la corona de Paz.
En Mexico existe una tónica, una manera en que se desarrollan y dirimen los asuntos que competen a la procuración de justicia. A esta tónica especial tenemos que añadir una técnica muy pronta y formal con normas y protocolos preestablecidos dirigidos a obtener el mismo resultado programado y esperado: la impunidad.
Y añadimos: “La técnica, a veces difícil de diferenciar de la tecnología, surge de la necesidad de transformar el entorno para adaptarlo mejor a sus necesidades”. ¿Las de quienes? Las de los interesados en ocultarnos la verdad, ignorarnos, silenciarnos por cansancio de preguntar y, finalmente, conseguir lo que querían, “poner sobre el muerto las coronas”.
Este viejo refrán de la jerga popular mexicana es interpretado de diferentes maneras; a nosotros nos interesa solo una: “los muertos a donde tienen que ir y los vivos continuamos con nuestra vida”.
O aquel otro igual de antiguo que oía en mi niñez: “el muerto al hoyo y el vivo al pollo”. Esto se aplica a la perfección a nuestra situación de impunidad nacional y estatal a todos los niveles. Sostenida por la infame corrupción.
Nuestra política anticorrupción fue reprobada en 2021 por la mayoría de los ciudadanos (59%) y las expectativas de que siga igual o empeore alcanza el 51%.
Recientemente, Consulta Mitofsky, al inicio de 2022, publicó que 79% de la población piensa que hay mucha o regular corrupción y sólo 17% poco o nada.
Nuestro Presidente dice con orgullo que con él, “el que la hace la paga”. “La desafortunada realidad es que en México sigue habiendo altísimos niveles de impunidad y de corrupción: lo mismo en los delitos que sufre la ciudadanía de manera cotidiana, como en los grandes casos y escándalos de los últimos años, los del sexenio de Enrique Peña Nieto y los del actual gobierno”.
De 4566 denuncias, se consiguieron cero sentencias condenatorias. Cero. Así de lejos estamos de distanciarnos de la continua impunidad a todos los niveles. La realidad, por cruda que sea, es que los procesos penales no sancionan a los verdaderos responsables, sino a chivos expiatorios.
La danza de los millones ha sido y seguirá siendo en este Mexico doliente la misma de siempre.
“En nuestro país de cada 100 delitos que se cometen, solo 6.4 se denuncian y de cada 100 delitos que se denuncian, solo 14 se resuelven. Esto quiere decir que la probabilidad de que un delito cometido sea resuelto en nuestro país es solo de 0.9%. De este tamaño es la impunidad en México”.
La realidad es que la gran mayoría de los mexicanos ya no confía en las instituciones y siente que es una pérdida de tiempo recurrir a estas instancias por su negligencia, parcialidad y absoluta ineficacia para procurarles una auténtica justicia.
Yo me encuentro entre estos ciudadanos. Y creo que miles de mexicanos y yucatecos también. Iker, él niño accidentalmente atropellado el 13 de junio (hace más de un mes) tiene al fin una corona de Paz y Seguridad sobre su cuerpecito inerte, aunque aún siga en la morgue y no se permita que le den cristiana sepultura. Sus padres desde luego no han aparecido ni aparecerán. Los culpables, libres. No sabemos ni sabremos nada de ellos.
Dejan que el tiempo transcurra para que nos vayamos olvidando. Para que el acostumbrado manto de impunidad que los y nos cubre surta el efecto deseado.
Según la Fiscalía, se está integrando la carpeta de investigación y se trabaja sin detenidos. Sabemos que no los habrá. Ninguno. Me refiero a detenidos. Hablo de los verdaderos culpables. Los amafiados. Autoridades y criminales.
Los que saben todo y no nos dicen algo. No nos informan ni nos alertan. Ellos saben quiénes son. Y se ríen. Una mancha más al tigre. Esperan que el tiempo borre todo. Pido al cielo que yo esté equivocada y esté levantando falsos y al fin más temprano que tarde conozcamos la verdad.
Mientras tanto, “sobre Iker las coronas” y… ¿ la vida sigue igual? Para muchos sí. Para otros tantos no. Yo no olvidaré a este niño. Aunque doy gracias a Dios que a pesar de la tragedia de su muerte su infierno terrenal ya terminó.
Dejarán pasar algunos meses. Ellos sabrán cuántos. Y poco a poco las esquinas se irán poblando lentamente. Volveremos a ver niños mendigando. Haciendo malabarismos o intentándolo. Sus manitas son demasiado pequeñas para asir las pelotas.
Volverán a rompernos el corazón y extenderemos algunas monedas. Quizá algunos denuncien el hecho al 911. El tiempo borra todo. Y en México más que nada, las injusticias.— Progreso, Yucatán.
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Abogada y escritora
