La experiencia de la vida humana es compleja. Por ello, la filosofía ha intentado explicar el sentido de la existencia desde hace miles de años. Sin embargo, podemos ponernos de acuerdo en una premisa esencial: destinar esfuerzos a reducir el sufrimiento de las personas y mejorar la calidad de vida de cada individuo en sentido amplio.
¿Cómo conseguirlo? En primero instancia, asumiendo que toda mujer y hombre dispone de una dignidad humana que les dota de derechos y obligaciones respecto de sus pares. Dimensionar esta cualidad natural pudiera parecer obvio. No obstante, la indiferencia y el egoísmo, históricamente, han pasado por alto esta verdad indiscutible en más de una ocasión.
Diversas religiones mandatan un mensaje de paz y unidad; el mismo cristianismo establece de forma clara: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, siendo uno de los preceptos más importantes. El llamado a la empatía y a la solidaridad es el principio básico desde el cual se funda la sana convivencia y el Humanismo.
Empero, las sociedades contemporáneas están plagadas de situaciones en las cuales la desigualdad y la falta de justicia social lastiman tremendamente a sectores significativos de la población. ¿Es esto aceptable en el siglo XXI, o en cualquier otra época? A continuación, comparto algunas reflexiones como punto de partida para comenzar a revertir esta problemática, con base en el esfuerzo conjunto y la visión humanista:
Responsabilidad social compartida. Considero que un error histórico ha sido asumir que los gobiernos tienen exclusivamente el deber de resolver los fenómenos que producen sociedades desigualitarias, en las cuales, aquellos más vulnerables, sufren múltiples adversidades.
Lo cierto es que la única salida factible para disminuir sustancialmente el dolor que sufren los sectores de mayor precariedad es la sinergia auténtica entre la iniciativa privada, la autoridad gubernamental y la ciudadanía.
La generosidad es la primera virtud de las sociedades avanzadas, por lo que debemos fomentar el trabajo colaborativo que nos conduzca hacia un futuro de esperanza para todas y todos.
Fomentar la prosperidad. En la media en que la mayor parte de la población tenga a su alcance los recursos necesarios para vivir dignamente, la sociedad disfrutará de un progreso sostenido. Cuando el beneficio del desarrollo económico se limita a unos pocos y no permea en el resto de la comunidad, los resultados no son óptimos.
Esto se debe a que promover salarios justos induce a un mayor consumo que repercute en una economía mucho más activa, en beneficio de la totalidad de las personas.
Además, como dice Amartya Sen, Premio Nobel de Economía: la gran tragedia de la pobreza es que frena el potencial de los seres humanos, quienes deben atender necesidades elementales, descuidando su formación intelectual y profesional, en detrimento de la comunidad.
Educación universal. Mucho se ha avanzado en las últimas décadas en materia educativa. Empero, el rezago de escolaridad sigue estigmatizando a la gente más pobre. La evidencia demuestra que la educación de calidad es un factor determinante en la movilidad social. Las personas que obtienen un grado universitario, por ejemplo, tienen más oportunidades de salir de la pobreza.
Por tanto, invertir en calidad educativa es apostar por el progreso y el bienestar de la población en general. Así, el gobierno debe imprimir mayor empeño en garantizar que la niñez, los adolescentes y las juventudes estén cada vez mejor preparados para hacer frente a los retos del porvenir.
A su vez, el empresariado y la sociedad civil juegan un papel de trascendencia en este rubro. Estrategias educativas provenientes de estos sectores han comprobado ser efectivas en tal sentido.
¿Es viable sumar esfuerzos para que la mayor parte de la población tenga a su alcance la formación indispensable para salir avante? Me parece que sí, pero hace falta voluntad y participación.
Como corolario, es preciso reconocer las enormes aportaciones que ya realizan empresarios, asociaciones civiles y gobiernos. Los pilares para la construcción de un futuro prometedor tienen cimientos, aunque no están consolidados.
Volver al pensamiento humanista es imperativo. Solo de ese modo seremos capaces de dar respuesta a los desafíos de la era contemporánea. Si el sentido de la existencia no es aliviar el padecimiento y la precariedad de las personas más necesitadas, entonces, estamos dejando de mirar lo esencial.
Los liderazgos del presente y del futuro sabrán atender estas legítimas demandas. Estoy convencido de que el cambio de acción positiva es posible. Pongamos nuestras mentes y nuestras manos a la obra.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
