Las cifras son escalofriantes. Son para inquietarnos y preocuparse. No es posible tanta violencia, tanta barbarie, tanto sufrimiento, tantas muertes. ¿Qué hemos hecho? ¿Qué dejamos de hacer?
Hace unos días, en vísperas del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que se recuerda el 25 de noviembre, la ONU señaló en un informe la dolorosa realidad sobre los feminicidios en el orbe : “el año pasado casi 8,900 mujeres fueron asesinadas en todo el mundo, la cifra anual más alta en dos décadas “.
Sin embargo, además de lo cruento de las estadísticas, lo preocupante es que la mayoría de las muertes se debieron a motivo de género, ya que más de la mitad de estos crímenes, “unos 48,800 fueron cometidos por miembros de la familia, o parejas o exparejas de las mujeres víctimas”.
Esto muestra la inseguridad de mujeres y niñas en los hogares, pues viven inmersas en una ola de violencia que puede llevarlas a la muerte. Son muchas que sufren a diario esos malos tratos, ofensas, golpes, amenazas y flagelo emocional.
No hay muestras de respeto, cariño y valoración, pero si agresiones e incluso insultos. Los sueños y sentimientos nobles se trastocan y comienza el fuego de la violencia a quemar los corazones.
Es lamentable que en los hogares en donde se supone debe haber paz, tranquilidad y armonía para fortalecer las emociones positivas, surjan la violencia, las ofensas y la falta de respeto entre las parejas y esto forme parte de la educación y formación de los menores.
¿En qué momento la agresión comienza a estar presente en las relaciones, a suplir el diálogo y a resquebrajar los sentimientos mutuos? Al perderse el afecto y el respeto entre las parejas se abren las compuertas para que la violencia se desborde y se conviertan los hogares en espacios de torturas y sufrimientos.
Si no hay diálogo, respeto y búsqueda de soluciones a las diferencias naturales que surgen en la relación de pareja, entonces los dimes y diretes, los enojos y los arranques de violencia serán parte de la vida cotidiana, y todos, principalmente las mujeres, pues a muchas de ellas se les delega totalmente las responsabilidades del hogar, vivirán un viacrucis en donde la tranquilidad se hace añicos y el monstruo de la violencia y las agresiones será el pan de cada día.
Ira
Del enojo se pasará a la agresión verbal y luego, si no nos detenemos ni controlamos esos sentires, la ira se hará presente para cegar el razonamiento. Esta emoción obnubila la mente y nos perderá en el laberinto de violencia. Y saldrá el monstruo para causar daño, golpear, vituperar, ahorcar o utilizar un arma para rubricar ese enojo sin control.
Todos, unos más que otros, en un momento determinado nos enojamos, es algo natural, una emoción del ser humano. Sin embargo, existen personas que por la formación, su educación, temperamento, carácter, son violentos compulsivos. Lo que no enoja a muchos a ellos los hace explotar y agredir ipso facto, como primera defensa, y si la discusión continúa o se les contradice, entonces se salen de control, la ira los domina y los resultados pueden ser dolorosos, cruentos, trágicos.
Por eso muchas mujeres viven a diario un sufrimiento silencioso. Piensan que es parte del amor, de la relación de pareja. No buscan ayuda o apoyo de algún familiar o una organización en defensa de las mujeres. Estoicas, por los hijos o por la economía que no tienen, se quedan a vivir un calvario que, al final, les quita la vida.
La educación es determinante en los hogares y las escuelas para formar a las nuevas generaciones en un ambiente de respeto e igualdad. No es posible continuar con las malsanas comparaciones y privilegiar a un género y minimizar al otro.
Es en el hogar en donde podemos fortalecer el machismo y formar, lamentablemente, a futuros adultos dependientes, fanfarrones por la supremacía machista que presumen e incapaces de lavar trastos o apoyar en labores de la casa.
No debemos evitar que los niños lloren o expresen sus sentimientos, tampoco dejar que la hermana o la madre sea quien haga todo, sirva, limpie y ordene sin hacer que participen los niños o adolescentes. Menos poner a la niña como sensible, débil, necesitada de protección y a los varones como fuertes, protectores y duros en sentimientos.
La mujer no es el sexo débil. En la realidad de la vida cotidiana se rompe este mito. Las mujeres tienen mucha fortaleza en la enfermedad y en problemas diversos que un hombre no podría soportar, una gripa por ejemplo; realizan un trabajo en el hogar, con los niños y en las labores domésticas, que cansaría pronto a los hombres más fuertes, ni que decir del embarazo y un parto.
Por tanto, hay que valorar y respetar el trabajo, el esfuerzo y todo lo que hacen las mujeres por la familia, dentro y fuera del hogar.
Estas estadísticas escalofriantes deben preocupar a todos y encender la luz de alerta en el mundo. Sería de vital importancia buscar en la educación la estrategia para combatir el machismo. Educar en los hogares en un ambiente de solidaridad, igualdad, respeto, sin discriminación, ayudaría a que los niños y adolescentes crecieran valorando a las mujeres.
Los adultos necesitamos cambiar paradigmas de machismo y buscar el diálogo, el control de las emociones agresivas y el respeto para solucionar problemas de pareja. Ya no se quieren crímenes de género, ni hogares envueltos en el fuego de la violencia. Las mujeres deben vivir en libertad, valoradas, respetadas, sin miedos, ni temores, ni amenazadas de muerte por el monstruo del machismo. Mérida, Yucatán
marpero53@yahoo.com.mx
Profesor
