Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido —Oscar Wilde
La primera vez que escuché hablar de Harald Seidelin fue en un aula de la Facultad de Medicina, y se hizo referencia de este personaje, al preguntar el motivo por el cuál, en una de las cátedras, se había suprimido del temario a la fiebre amarilla, por considerar que era un padecimiento erradicado.
El maestro en turno, mi inolvidable Eduardo Laviada, no desaprovechó para expresar su desacuerdo y comentó la importancia de conocer enfermedades responsables de miles de muertes en la historia de la humanidad y que, por fortuna habían sido derrotadas.
Por si fuera poco, unos cuantos meses después, otro de mis grandes mentores: Carlos Urzaiz, se explayó mucho más con el ilustre médico y, en particular, me cautivó el relato sobre la bandera amarilla que se colocaba en las casas de los enfermos con “vómito negro”, otro nombre que se le dio a tan terrible mal.
En el año de 1906 Porfirio Díaz inauguró el Asilo Leandro Ayala, la Penitenciaría Juárez y el flamante Hospital O’Horán. Las tres obras en los terrenos del que fuera el barrio de Santa Catarina, construidas con el aporte monetario de un grupo altruista de empresarios, sobre todo hacendados.
El nuevo hospital conservó el nombre del que en su momento funcionó en el Convento de la Mejorada. Por cierto, la mudanza de los pacientes y parte del inmobiliario se hizo en ferrocarril, aprovechando la cercanía de la Estación Central. El moderno nosocomio fue levantado en solo tres años y aunque de estilo afrancesado, se dice fue copia de un hospital situado en Milán, Italia.
Inicialmente, por sugerencia de su hermano Augusto, director del nuevo nosocomio, el gobernador Olegario Molina esperaba enviar a Francia a un grupo de médicos yucatecos para especializarse en Bacteriología y Anatomía Patológica. Dio la casualidad de que el Dr. Ramón Albert, quien residía en la ciudad de México, aprovechó un viaje del mandatario para recomendarle contratar a un joven médico danés a fin de que fuera el encargado de fomentar esas especialidades médicas que a finales del siglo XIX y principios del siglo XX habían dado un gran impulso a la Medicina mundial.
El Dr. Harald Seidelin aceptó más que gustoso, pues entre sus proyectos figuraba poder estudiar las enfermedades tropicales. Marcó un antes y un después con su llegada a Mérida.
Era un médico humanista, bien preparado y con un gran don de gentes; todos coincidieron en darle el calificativo de sabio. Además, protagonizó uno de los últimos intentos por cazar al responsable de la fiebre amarilla, en una época en que la teoría de Carlos Finlay con el mosquito Aedes Aegypti como el vector amarílico había sentado bases más que sólidas.
Dos años habían transcurrido de su llegada y el O’Horán se había transformado con el Dr. Seidelin en uno de los mejores hospitales de México. La fama reposaba en el impulso que se dio al campo de la Bacteriología y la Anatomía Patológica.
Entre otras tantas novedades, Seidelin fue el primero en aplicar la prueba de Von Wasserman para detectar la sífilis y lo mismo ocurrió con la reacción de Widal para la fiebre tifoidea. En una época en donde las enfermedades infecciosas gastrointestinales golpeaban inmisericordes, sobre todo en niños, la tifoidea era la que más muertes causaba, con perforaciones intestinales y choque séptico.
No había un solo fluido que no pasara bajo el escrutinio del moderno laboratorio implementado por el médico danés: sangre, saliva, esputo, orina, materia fecal, líquido cefalorraquídeo, tejidos de todos los órganos del cuerpo. Pero, además, Seidelin dio gran importancia a las necropsias; tambien tuvo aportaciones en el campo quirúrgico.
A él se le reconoce haber practicado la primera prostatectomía: El equipo comandado por Seidelin, con el Dr. Efraím Gutiérrez como primer ayudante, procedió a extirpar la próstata crecida en un paciente mayor, atravesando la vejiga, cirugía hecha en un solo tiempo.
En cuatro años de labor impresionante, entre tantas cosas realizó y supervisó 1899 autopsias, número que superaría a todas las que se harían en los siguientes 30 años.
En la parte académica, como nunca, hubo una significativa producción de tesis y artículos de su autoría o en colaboración con sus alumnos y que quedaron publicados en la Revista Médica de Yucatán, muchos de ellos, incluso, traducidos y reportados en prestigiosas revistas de otras latitudes del planeta. Además de una biblioteca y un museo con cerca de 300 piezas que incluían desde órganos diseccionados, placas con cortes histológicos y un micro zoológico conformado por toda clase de parásitos.
Y si bien un año después al regresar para una corta estancia de un año, no pudo identificar al virus responsable de la fiebre amarilla, sí dejó profunda huella en sus discípulos que continuaron con las investigaciones.
A pesar de que Hideyo Noguchi solo estuvo unas tres semanas en Mérida y, que con honestidad fracasó en su intento de aplicar una vacuna que en realidad era para una variante de leptospirosis, se le recuerda con estatua y hasta con el nombre del principal Centro de Investigaciones de la Uady.
¿Qué hay para remembrar al gran médico danés?: Prácticamente nada. Ningún rastro del laboratorio, el museo y la biblioteca, que desde la década de 1940 fueron desmantelados.
En los años ochenta, el hijo de Seidelin, el Dr. Raymond, visitó las instalaciones del Hospital O’Horán, donde se develó una placa de bronce en recuerdo a su padre. Lamentablemente, ni eso existe hoy. Aún se conservan cientos de artículos publicados. La herencia de sus conocimientos permeó a través de los años en generaciones de médicos. Un cazador incansable con la pátina del olvido por no haber tenido a mano el artilugio para desenmascarar al asesino.
No sé cuánto costaría hacer un modesto, pero sencillo reconocimiento a este personaje, porque la aportación a la Medicina en Yucatán se tradujo en miles de muertes que fueron evitadas en la difícil época del México prerrevolucionario y, me viene a la mente porque, en medio de la actual crisis de desaparecidos, de pronto, con una absoluta falta de empatía, el Senado autorizó una iniciativa para que una delegación de 93 mexicanos, entre expertos de la Comisión Nacional de Búsqueda, militares y personal de Relaciones Exteriores (SRE) viajen a Panamá, a la Isla de Bocas del Toro, para recuperar los restos del “auténtico” precursor de la Revolución Mexicana: Catarino Erasmo Garza Rodríguez, traerlos al país para los consiguientes homenajes y todo porque al parecer, es un personaje favorito de López Obrador, tanto que, hasta escribió un libro sobre él.
No debatimos si esta figura se lo merezca o no; simplemente son recursos que nos cuestan a todos los mexicanos, tal vez no sea el momento.
Ojalá hubiera en las “mañaneras” una sección de quién es quién en los homenajeados. Lamentablemente parecería una ocurrencia más. No cabe duda de lo que se puede hacer cuando se tiene el poder.— Mérida, Yucatán.
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
