En el Día Internacional de las Mujeres, anteayer estuvimos elevando nuestras voces y gritando consignas como ¡nos queremos vivas!, o ¡no estamos todas, nos falta…!

En efecto, no estuvimos todas porque también nos hicieron falta las mujeres —jóvenes, adultas y mayores— que cuidan 24/7, pero esto es la cara de una misma moneda, mientras se cuida, también se lucha.

Se lucha ante irresponsabilidades privilegiadas, como dice la filósofa Joan Tronto, se lucha ante apatías encarnadas y se lucha ante lógicas que ignoran, ya sea por conveniencia o por falta de conciencia, que las mujeres y, más aún, aquellas que viven bajo contextos precarios, resuelven uno de los mayores problemas públicos de nuestro tiempo.

Ellas sostienen sobre sus hombros el cuidado ante la creciente esperanza de vida en escenarios en donde los costos de cuidado son prohibitivos para la mayoría, lo que ha llevado históricamente a muchas a abandonar empleos remunerados y proyectos académicos o laborales, para asumir este rol y cumplir con esta labor.

Así, es ineludible reflexionar que, en un país como el nuestro, a medida que avanza la dinámica de envejecimiento poblacional se acentúan las inequidades de género, y ante este inédito fenómeno, desde donde Yucatán se posiciona como el sexto estado con mayor índice solo por debajo de CDMX, Veracruz, Morelos, Colima y Sinaloa, sobrepasando la media nacional, surgen desafíos significativos. Uno de ellos radica en la pregunta fundamental: ¿quién cuidará de nosotros/as ante un perfil epidemiológico transformado?

El ‘‘aparente equilibrio’’ y la sensación de seguridad ante estos escenarios se tejen silenciosamente a través de un trabajo de cuidados invisible desde donde surgen las otras interrogantes: ¿quiénes cuidan y de qué manera?, ¿quiénes las cuidarán?, pues la demanda de mujeres mayores (esposas, hijas, nueras, etc.) ha experimentado un notable incremento debido a la creciente participación de jóvenes/adultas en el mundo de lo público-remunerado y ante los cambios demográficos que originan un mayor número de personas que viven más, pero no bajo las mejores condiciones.

Mujeres con trayectorias de cuidados y cuyas características sociodemográficas las convierten en las responsables familiares por excelencia: hijas menores, solteras, viudas o divorciadas, sin hijos/as en edades iniciales, con recursos económicos escasos o jubiladas. Cuidadoras potenciales que han sido entrenadas culturalmente y, en muchos casos, con un sorprendente reproche social e institucional que las hace sentir culpas si no lo hacen; aunque se mencione con frecuencia que el rol es asumido de manera ‘‘voluntaria’’, esto es una ilusión.

La pobreza y la insuficiencia de políticas sociales hacen que el cuidar no sea una elección para la gran mayoría de ellas.

En este sentido, es necesario y urgente establecer un Sistema de Cuidados en Yucatán que reconozca la contribución que realizan muchas mujeres mayores en el interior de sus hogares y en el exterior en la comunidad.

Este Sistema de Cuidados, entendido como el un conjunto de acciones articuladas que buscan la autonomía, el desarrollo integral y bienestar de todas las personas que necesitan cuidados y también de quienes los otorgan, debería vislumbrar que un cuidado que sostiene la vida se contrapuntea con lo planteado por algunas mujeres adultas meridanas, pues ‘‘la vida disminuida’’ es la categoría que mejor describe su experiencia.

La sensación de ‘‘no estar viviendo’’ por el largo tiempo dedicado a los cuidados es constante; sus propios problemas de salud (física y mental) y la condición de enfermedad de sus familiares requiere de esfuerzos persistentes que las conducen a múltiples pérdidas y renuncias desde donde cuestionan el sentido de sus vidas.

Es evidente que, a las propuestas, a las políticas públicas y a las discusiones en la agenda les hacen falta canas y perspectiva de envejecimiento; por tanto, se torna imprescindible desafiar la noción de que las personas mayores son únicamente receptoras de cuidados, sin reconocer que muchas de estas mujeres cuidadoras pueden tener 70 u 80 años y estar dedicadas a sostener, proteger y asistir a otros mayores, a menudo descuidando sus propias necesidades y deseos.

El Sistema de Cuidados que se empiece a tejer dentro del estado requiere de una organización social que promueva la coparticipación y corresponsabilidad de actores políticos, de la academia, del mercado, de las familias, de la comunidad y de las propias mujeres mayores en el Reconocimiento, Reducción, Redistribución, Recompensación y Representación no solo como cuidadoras, sino como sujetas de derecho a ser cuidadas.— Mérida, Yucatán.

Doctoranda en Ciencias Sociales, Uady

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