La violencia jamás resuelve los conflictos, ni siquiera disminuye sus consecuencias dramáticas —San Juan Pablo II
“Si no se opera tu mamá: ¡se va a morir!” Las palabras retumbaron cual sentencia patibularia en la joven mujer.
“Es que no tengo esa cantidad, doctor”, respondió cabizbaja. La réplica salió cual flecha al corazón: “¿Tienes casa?, ¡puedes hipotecarla!, ¿o acaso vale más tu casa que la vida de tu madre?”
Después de un suspiro la mujer señaló enfática: ¡No, doctor!, pero voy a ver si en el Seguro se lo pueden hacer. Con una amplia sonrisa el galeno extendiendo el sobre con radiografías le contestó: “Adelante, pero saliendo de este consultorio, tú y solo tú eres la responsable de lo que le pase a tu mamá, ahora les digo que le quiten el suero y te la llevas… ya sabes en el Seguro, a ver cuándo te la atienden”.
La paciente fue llevada un fin de semana a la T-1, en una época en que la saturación de los servicios ya rebasaba a nuestras autoridades. La sala de Urgencias estaba tan atestada que cuando nos adjudicaban a un paciente era una proeza localizarlo a la primera.
Me asignaron el caso. “Vamos a ver a la enfermita que nos rolaron”, le dije a mi residente, que lista en mano me acompañaba a revisar a los siete pacientes que tenía a mi cargo.
Romper el hielo
Lunes, al medio día. Alguien dijo una vez: “Urgencias de la T-1: el infierno de Dante”. Siempre pensé que exageraban; sin embargo, al menos ese día, después de pasar por una estancia donde los enfermos estaban: unos diez en sofás reclinables y otros tantos en sillas de plástico, en espera de que se les asignara una camilla de la sala de Urgencias, definitivamente este lugar previo tendría que ser algo así como el purgatorio.
Al llegar, me dirigí a la jefa de enfermeras que, sin despegar la mirada de una tabla, señaló hacia atrás con una mano: “Segunda fila, pasillo 3, entre cubículos 7 y 8”. Y no era broma. Esa tarde había un censo de 112 pacientes para un espacio supuestamente para 60.
Nos abrimos paso entre un verdadero embotellamiento de camillas. Mi pacientita estaba acostadita en una de ellas y a su lado, parada, una de sus hijas. La clásica historia de la viejecilla que se cae y se rompe la cadera. La revisamos y checamos sus estudios.
“La tengo que operar”, le dije después de un suspiro. De inmediato la muchacha preguntó: “¿Es peligroso?”. Respondí: “¿Yo? ¡No! Tengo mi carácter fuerte… pero no”. “¡Doctor! No, usted, la operación” —contestó sonriendo la hija.
Siempre he sostenido que romper el hielo lo más pronto posible es fundamental para establecer un buen vínculo. “Bueno, por su edad sobre todo… tiene cierto riesgo”, acoté, justo en el momento que la pacientita intervino: “¿Me puedo morir?”
Con la mejor de las sonrisas le contesté: “Para ir al grano: Si se opera… puede morirse, pero si no se opera… se va a morir. Tenemos que operarla para que usted se mueva lo más pronto posible y no tengamos complicaciones. Desde luego tomaremos todas las precauciones del caso”.
La hija intervino de nuevo: “Por eso, doctor, le digo, ¿sale mi mamá del quirófano?” Me acerqué a ella y le dije susurrando: “Claro que sale, ni modos que si se muere la dejemos allá en la mesa” … En medio de risas, las dos en coro solo dijeron: “¡Doctor!”
Unos instantes después nos despedimos. No obstante lo pesado que pudieran ser los chascarrillos, es un hecho que las dos estuvieron más tranquilas. Gracias a Dios, en una semana se fue de alta, ya operada y pude verla de nuevo, caminando, como a los cuatro meses.
Quise retomar esta vivencia, que de hecho viene en uno de mis libros, porque quiero resaltar que, a pesar de desempeñarse en la Medicina institucional, el médico puede sortear mucho de la inquina, el enojo y la frustración que lleva el paciente al llegar a nosotros.
Durante los años que trabajé en el IMSS, tuve colegas muy bien preparados, pero también muchos que, independientemente de su habilidad y conocimientos, carecían de algo elemental: la empatía.
Preocupante deshumanización
A la crisis generada por la pandemia y el embate al Sector Salud por la 4 T, hay que agregar una preocupante deshumanización en las nuevas generaciones de médicos. A la par de los avances tecnológicos, muchos que, ni al mismo Isaac Asimov se le hubieran ocurrido, están generando actualmente una urgencia de los médicos por acceder en forma instantánea al diagnóstico, muchas veces sin interactuar clínicamente con el enfermo.
En el acto médico-paciente, el interrogatorio para integrar el diagnóstico es el evento inicial para acceder a ese gran libro abierto para estudiar la Medicina que es el enfermo.
A este respecto me guío por la doctrina baconiana: “Ni apego a lo antiguo, ni asombro por lo moderno”. Pero, lo anterior está incidiendo en la enseñanza de las futuras generaciones.
Un médico interno o residente que está en proceso de aprendizaje o entrenamiento es vulnerable a nivel psicomotriz, también, de adoptar malas conductas de los adscritos, en relación, por ejemplo, con el desinterés o maltrato a los derechohabientes.
Pero, también en la Medicina privada, dominada en muchos sitios por las Aseguradoras Médicas, los nuevos colegas no están siendo capaces de ponderar el valor de la Medicina institucional, que paradójicamente es el semillero de la mayor parte de los especialistas en México y, lo más preocupante es que, muchos se desempeñan tanto en la Medicina institucional como en la privada y, lamentablemente, el trato del mismo doctor dista mucho entre sí en los dos ambientes.
Sin que sea justificación, la saturación y la carga laboral no son excusas parar brindar una mala atención y no ofrecer una relación cortés y educada, incluyendo a los acompañantes.
A los que hemos trabajado en instituciones, nos queda claro que el buen trato y la comunicación pueden paliar las deficiencias en insumos y recursos.
El lamentable suceso, viralizado en redes sociales, que recientemente ocurrió en la T-1, donde familiares de un paciente agreden a un médico, de ninguna manera se puede justificar.
Independientemente del cariz legal y el desenlace de las investigaciones, debe servir para realizar en nosotros los médicos un ejercicio de autocrítica:
¿Hacia dónde están yendo las nuevas generaciones? No se puede permitir que la saturación y las deficiencias en los hospitales públicos, por más graves que sean, repercutan en un manejo deshumanizado y carente de empatía.
Hay que intervenir en la educación básica de la Medicina; no olvidar que primero se forman médicos generales, la especialización viene después. El verdadero problema no es la falta de médicos, sino una insuficiente infraestructura hospitalaria.
Suplantar la figura del médico clínico por un semi robot cibernético es una visión lamentable y desafortunada, como lo ha sido el querer suprimir el Servicio Social argumentando que lo prioritario es la especialización.
Finalmente: denostar desde el ejercicio privado a la Medicina institucional solo genera encono en el paciente y sus familiares, en un entorno de por sí ya complicado, al que llegan predispuestos de que van a recibir una mala atención.
Espero que este lastimoso hecho sea un parteaguas para mejorar en todos los sentidos la convivencia con nuestros enfermos.— Mérida, Yucatán.
Correo: arredondo61@prodigy.net.mx
*Médico y escritor
