Podría parecer exagerado, pero en Yucatán, en pleno siglo XXI, ser una mujer que escribe no es una situación exenta de cuestionamientos, prejuicios y desconfianza. Ya sea a través del ejercicio periodístico o de la literatura, algunas incursiones en temas como política y economía todavía son propensas a un juicio severo o rápida descalificación, y en lo que respecta a la literatura, algunos temas se perciben como demasiado atrevidos, personales o transgresores por desafiar al “statu quo”.
No obstante, es preciso reconocer que se ha avanzado en cuanto a los espacios conquistados con base en los actos revolucionarios de quienes nos antecedieron y, también, con la persistencia de académicas y feministas que se han ganado un prestigio de tanto picar piedra, lo que seguramente requirió autoexigencia y validación del género masculino.
El pasado sábado 16 de marzo fui invitada por mi amiga Rosely Quijano León, escritora, promotora de lectura y difusora cultural, para acompañar la presentación de la antología Escritoras Mexicanas del Siglo XX en el marco de la Filey.
El volumen está compuesto por ensayos escritos por mujeres acerca de otras mujeres que, con su quehacer literario, abonaron a la creación de espacios de los que ahora podemos gozar para seguir escribiendo en esta sociedad predominantemente machista.
En su mayoría, estas autoras quedaron olvidadas del canon de la literatura mexicana, o bien, no recibieron el crédito merecido. El libro rescata sus perfiles para visibilizar y reconocer su trabajo.
Las semblanzas de María Elena Ortega, Magdalena Mondragón, Margarita Paz Paredes, María Luisa Ross, Guadalupe Dueñas, Concepción Sada Hermosillo, Amparo Dávila, Margarita Michelena e Irma Sabina Sepúlveda se encuentran plasmadas en el libro —que les invito a buscar y a leer— a través de textos en los que conviven los datos biográficos con los aportes literarios de quienes las retratan y nos invitan a conocer más de su obra.
Al revisar las trayectorias de estas antecesoras reconocemos nuestros miedos, los síndromes interiorizados y el machismo que nos habita y nos rodea. Ahí está, les pasó también a ellas: la necesidad constante de explicar por qué escribimos y la extenuante necesidad de validación.
En el libro, el prólogo de Ana Nieto nos dice que “escribir materializa pensamientos, los coloca en un sitio seguro y permite mirarlos desde diferentes perspectivas. Escribir permite soltar, hacer volar las letras y sembrar inquietudes; trascender, mirar críticamente”.
La literatura escrita por mujeres es más necesaria que nunca en estos días, y los esfuerzos por visibilizarla lo son aún más. ¿A qué autoras hemos leído últimamente? ¿Sabemos de los retos que superaron para llegar a las páginas?
En la recientemente concluida Filey fue posible, a través de diferentes foros y presentaciones de libros, reflexionar en torno a dichos retos. La necesidad de desdoblarse en diferentes facetas para hacerse del tiempo y la privacidad necesarios para el desarrollo de esta actividad se hizo presente a través de las preguntas que las autoras eran invitadas a responder, en muchos casos, ante la evidente incomodidad de algunos hombres que consideran estos señalamientos como lloriqueos excesivos y fuera de lugar.
“¿Cómo te las arreglas para escribir un libro, pintar y además cuidar de tus dos hijos?”, le preguntó una mujer sentada a mi lado en el salón Uxmal a la escritora y artista plástica Ileana Garma en la presentación de su volumen de cuentos “Cómo vivir sola después de los cuarenta”.
Atenta como estaba a la respuesta de la autora, me sorprendió que el hombre que se encontraba en la fila de adelante se pusiera de pie y nos encarara visiblemente contrariado para revirar con otra pregunta: “¿cómo se las arreglaban nuestras madres antiguamente con ocho o nueve hijos? Pues así”.
En el siglo pasado, plumas destacadas como las de Elena Garro y Amparo Dávila desafiaron el desdén de sus contemporáneos, quienes nunca las consideraron parte del clan de los principales exponentes de la literatura mexicana; en el presente, plumas como las de Cristina Rivera Garza, Fernanda Melchor, Rosa Beltrán y Guadalupe Nettel han llegado para reivindicar a sus antecesoras y despertar el interés de la literatura escrita por mujeres en todo México. Y no es que estén “de moda”, como muchas veces se comenta, sino que por fin las estamos viendo (¡nos están viendo!) sin ese ojo tan miope del canon.
En Yucatán, esta reflexión debería movernos también a explorar otros perfiles que han abonado al reconocimiento de la intelectualidad femenina, como Sara Poot, Gina Villagómez, Georgina Rosado, Virginia Carrillo, María Teresa Mézquita y Dulce María Sauri, por ejemplo, y los de las escritoras Rosario Sansores Pren (considerada por algunos como la mejor poeta yucateca del siglo XX) y, en la narrativa, Carolina Luna (quien merece que su obra sea compilada y reeditada con urgencia) y Gará Castro.
Por supuesto, también están las jóvenes y ya destacadas Irma Torregrosa, Diana Soberanis, y la misma Ileana Garma antes mencionada, así como Sol Ceh Moo y Elisa Chavarría Chim, escritoras en lengua maya.
Los espacios reivindicados por mujeres en la academia y la creación del último siglo han derivado en lo que algunos llaman un boom de la literatura femenina.
Sin embargo, esperamos que esta presencia no posea el efímero carácter de una explosión sino un perfil de conquista y permanencia. Ojalá que las políticas públicas en materia de cultura en nuestro estado den cuenta de la necesidad de fortalecer el legado literario de las mujeres a través de incentivos a la creación de literatura femenina, pero también, por vía de estrategias de promoción lectora que nos ayuden a ubicar y apreciar la obra de las escritoras que no deberían quedar en el olvido.— Mérida, Yucatán.
erica.millet@gmail.com
Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado
