Guillermo Fournier Ramos

La paz se construye todos los días y requiere de determinados principios para tal propósito. En este sentido, la sana convivencia entre pares no se da por generación espontánea ni es producto de circunstancias inamovibles.

Las sociedades de paz —con bajos índices de criminalidad y violencia— son aquellas con cimientos sólidos de valores humanos. Por supuesto, la fortaleza de instituciones democráticas y civilizatorias es fundamental a modo complementario.

Por tanto, para blindar cualquier comunidad ante la amenaza latente de las conductas antisociales y los actos de injusticia, hay que apostar por la educación y la edificación de un estado de Derecho.

En cambio, donde se abandonan el pensamiento social y la visión ética, y se instauran modelos corruptos en que las normas y las leyes son ignoradas por los habitantes, la decadencia es inminente, trayendo consigo resultados deplorables.

Cuando una sociedad ha sido corroída por la reproducción de la delincuencia y la violencia, y estos males son extendidos y habituales, se torna muy difícil salir de la espiral viciosa. Quienes sufren, desde luego, son los propios ciudadanos.

Por ello es tan importante prevenir la aparición —y proliferación— de los elementos que minan la paz; las ciudades, estados y países que aún cuentan con niveles reducidos de crimen y violencia deben dimensionar la responsabilidad que tienen en esta materia.

La prevención es mucho más efectiva y menos costosa en sentido amplio respecto de la reacción una vez que ya han ocurrido situaciones de lamentar. Esto aplica para la salud pública, y claro está, también para la seguridad ciudadana.

Sin embargo, poco se habla de la estrategia que en opinión de varios expertos es la que ofrece mayores posibilidades de éxito sostenido: la formación en valores individuales y sociales; la cultura de la paz como ruta hacia un mejor futuro.

¿Qué elementos conforman la anhelada cultura de la paz? El punto de partida son los valores del respeto, la empatía y la solidaridad; esta fórmula contiene los ingredientes mínimos para trabajar en favor del bien común y la integración social.

La mencionada triada debe imprimirse en cada individuo de la mano de la formación educativa, tanto en la escuela como en el hogar. Asimismo, debe permear en los diversos sectores de la sociedad para traducirse en una auténtica cultura de la paz.

El respeto consiste en reconocer a toda persona como sujeto de dignidad, derechos y libertades. En la medida en que vemos la humanidad que hay en el otro y en los demás, somos capaces de comportarnos de forma civilizada y no violenta.

Este importante valor igualmente se vincula con el amor propio o autoestima, puesto que, para respetar a nuestros pares, hace falta, en primera instancia, respetarnos y querernos a nosotros mismos.

La empatía radica en la capacidad de comprender que nada humano nos es ajeno, y que el sufrimiento de cualquier hombre o mujer no puede ser tomado con indiferencia.

Como valor, la empatía nos ayuda a ser generosos con los demás y a establecer relaciones interpersonales estrechas y duraderas. De los seres empáticos surge la colaboración y, como consecuencia, el desarrollo y progreso de la sociedad.

La solidaridad es la virtud de crear una conciencia social que se traduzca en el soporte y cuidado de cada integrante de la comunidad por parte del colectivo. Ser solidarios es no dejar a nadie de la comunidad atrás y tejer redes permanentes de apoyo.

Para mantener sociedades sanas y prósperas es indispensable que todas y todos sus miembros se involucren y participen en la edificación de un mejor mañana. La solidaridad nos recuerda que unidos somos más fuertes.

Solo los valores humanos pueden lograr que la cultura de la paz sea una realidad que garantice la calidad de vida de la gente.

Los bienes más preciados son la integridad y la paz social, por lo que es urgente revalorizar las virtudes que nos hacen más humanos y más plenos.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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