Como es del dominio público, actualmente se discute en el Congreso de la Unión un conjunto de iniciativas de reformas constitucionales enviadas por el presidente Andrés Manuel López Obrador el pasado 5 de febrero.
Si bien la propuesta de reformas sobre el Poder Judicial de la Federación es la que más se ha posicionado en el debate público —los foros nacionales que están concluyendo han generado un vivo interés de la sociedad sobre esta polémica iniciativa—, también debe destacarse la trascendencia histórica y política que reviste la iniciativa presentada en materia de derechos de los pueblos indígenas y afromexicanos, y a la cual me he referido en este espacio (“La reforma indígena de López Obrador”, DY, 8 de marzo, Local).
Es muy probable que esta iniciativa sea aprobada sin mayor problema, primero en la Comisión de Asuntos Indígenas de la actual Cámara de Diputados, y luego en sesión plenaria del nuevo cuerpo legislativo que se instalará en el Palacio de San Lázaro el próximo primero de septiembre.
Estos comentarios vienen al caso debido a que cada 9 de agosto se celebra el Día Internacional de las Poblaciones Indígenas, de conformidad con la Resolución 49/214 adoptada por la ONU el 23 de diciembre de 1994, esto en los marcos del Decenio Internacional de las Poblaciones Indígenas del Mundo (1994-2004) aprobado por dicha organización el 21 de diciembre de 1993.
La citada Resolución reconoce el valor inconmensurable que tienen la diversidad de las culturas y las formas de organización social de las poblaciones indígenas del mundo, a la par que expresa la necesidad de mejorar la situación económica, social y cultural de dichas poblaciones, respetando siempre sus características distintivas y sus propias iniciativas.
Asimismo, la ONU reafirma su compromiso de fortalecer la cooperación internacional para la solución de los problemas a los que se enfrentan los pueblos indígenas en cuestiones vitales como los derechos humanos, medio ambiente, desarrollo, salud y educación.
Pues bien, en muchos países del mundo se realizan intensas jornadas para celebrar el Día Internacional de las Poblaciones Indígenas, siendo que estos eventos adquieren diversas connotaciones, ya que van desde la banalización folclórica-mercantil y la apropiación política de la fecha por parte de los gobiernos en turno, hasta la movilización política independiente mediante la cual los pueblos y comunidades indígenas exigen el respeto pleno de sus derechos, defienden sus territorios y recursos naturales, y reclaman con energía la atención a sus legítimas demandas.
En esta importante conmemoración, cabe recordar dos datos relevantes: que en México existen 7 millones 365 mil hablantes de alguna lengua indígena y que 23.2 millones de habitantes de 3 años y más se auto adscriben como indígenas, lo que representa el 19.4 por ciento de la población total de este rango de edad (Censo INEGI 2020).
El INEGI también consigna que en nuestro estado hay 519,167 hablantes de maya de 3 años y más, cifra que representa el 23.7 por ciento de la población total de este rango etario. Pero ocurre que un millón 445 mil personas de dicho rango se auto adscriben como mayas, cifra que constituye nada menos que el 65.2 por ciento de la población de aquel segmento demográfico. ¡De esta enorme magnitud es la presencia lingüística y cultural del pueblo maya en la sociedad yucateca!
Siendo autocríticos, sostenemos que en nuestro estado no hay tanto que celebrar en la fecha que comentamos debido a la difícil situación que sigue afectando a los pueblos mayas, ya que actualmente éstos se enfrentan a poderosas fuerzas económicas y sociales cuyo actuar indiscriminado se traduce en el despojo inmisericorde de sus territorios y recursos naturales, a la par que experimentan una imparable desestructuración de sus culturas, la gradual desaparición de su lengua y la persistente destrucción de sus lazos identitarios intracomunitarios y regionales.
Además de sufrir pobreza, marginación, exclusión política y racismo por parte de la sociedad dominante, los pueblos mayas se enfrentan a la terrible injustica, ya que es un hecho plausible que decenas de personas mayas se encuentran recluidas desde hace mucho tiempo, sin saber ni entender de qué se les acusa y sin que tengan ninguna sentencia a la vista ni perciban señales de solución para sus casos, todo lo cual constituye una vergüenza para las instituciones y para toda la sociedad.
En el marco de esta conmemoración internacional y ante el inminente relevo en el Ejecutivo estatal, surge la inevitable pregunta: ¿qué lugar ocuparán los pueblos y comunidades indígenas de Yucatán en el llamado “Renacimiento Maya”, el proyecto insignia que, con bombo y platillos, ha estado anunciando el gobernador electo “Huacho” Díaz Mena?
Deseamos que pronto tengamos respuestas alentadoras a esta legítima inquietud, a fin de que podamos vislumbrar un futuro menos desolador para un componente vital de nuestra sociedad, como lo es sin duda la etnia maya yucateca.
Solo nos resta concluir con un fragmento del portentoso poema “Cuando muere una lengua”, que nos legó el sabio mexicano y experto en literatura náhuatl Miguel León-Portilla: Cuando muere una lengua/ las cosas divinas/ estrellas, sol y luna/ las cosas humanas/ pensar y sentir/ no se reflejan ya en ese espejo… / Cuando muere una lengua/ ya muchas han muerto/ y muchas pueden morir…/ la humanidad se empobrece.— Mérida, Yucatán.
canek_1999@yahoo.com.mx
Doctor en Educación. Exdirector de la Universidad Pedagógica Nacional en Yucatán.
