En conversaciones con personas de círculos diversos he escuchado voces un tanto pesimistas respecto del presente y las prospectivas en temas políticos, económicos y sociales.
Confieso que, ante el panorama de importantes desafíos y problemas, yo también me muestro preocupado y desconcertado por ratos, con la impresión de vivir en un mundo caótico, lastimado por la crisis.
¿Existe una salida que nos permita avanzar para superar las complejas asignaturas pendientes que tenemos como sociedad? ¿Realmente todo va de mal en peor?
La era contemporánea es sumamente dinámica, y es cierto que los conflictos son muchos, aunque no deben pasarse por alto las múltiples ventajas que ofrece el siglo XXI, de la mano de la tecnología, la conectividad, el acceso a la información y las redes de colaboración humana.
Recientemente leí una idea que me hizo reflexionar: “la historia no es el estudio del pasado, sino el estudio del cambio”. La frase es simple, pero encierra una verdad sustancial: la humanidad no está destinada ni al progreso ni al fracaso; hay que hacer que las cosas sucedan, pues de nuestras acciones depende el porvenir.
Creo en el conocimiento, en la buena política y en la educación. Por ello, suelo escribir sobre problemas como la desigualdad y la pobreza, pero igualmente, sobre herramientas a nuestro alcance como la participación ciudadana y la formación educativa.
Disponemos de leyes, sistemas financieros y telecomunicaciones. La era digital y la inteligencia artificial tienen el potencial de revolucionar la forma en que realizamos cualquier actividad humana. ¿Realmente el poder acumulado por nuestra especie se traduce en que seamos más conscientes y civilizados?
Mientras haya violencia extendida, injusticia y gente sobreviviendo en condiciones paupérrimas, la respuesta será que falta un largo camino por recorrer.
Sin embargo, hoy, como hace miles de años, sabemos que la clave para empezar a resolver cualquier adversidad, conflicto o decadencia radica en los valores humanos.
Cuando hablamos de la educación como fuerza para mejorar el entorno nos referimos precisamente al proceso de inculcar en las personas —sobre todo desde la niñez— virtudes como el sentido ético, la empatía y el trabajo en equipo.
Volver a los valores no es un eslogan de buena intención, sino un llamado urgente para enfrentarse a los retos de la actualidad. No obstante, aplicar la fórmula no es sencillo, en medio de una saturación creciente de mensajes que invitan al egoísmo, a la indiferencia y al consumismo desenfrenado.
La paradoja de la evolución humana es que nos hemos convertido en una especie capaz de proezas tecnológicas y científicas, a la par de tremendamente destructiva —pongamos por ejemplos la devastación medioambiental y la proliferación de armas nucleares—.
Aspiramos a alcanzar una condición de súper-humanos que colonizan planetas lejanos, sin preocuparnos primero en volvernos más humanos para solidarizarnos los unos con los otros.
Caemos una y otra vez en el error de asumir que las desgracias que ocurren en el mundo son inevitables, por lo que nos conformamos con la inacción. En lo personal soy más partidario de la opinión del Premio Nobel Muhammad Yunus: “la pobreza y la desigualdad no son estados naturales de la humanidad, sino consecuencias de un sistema deficiente”.
La historia es cambio, pero el futuro no es lo que va pasar; el futuro es lo que vamos a hacer. Y como dijera el filósofo británico Edmund Burke: “para que el mal triunfe, lo único que hace falta es la indiferencia de los buenos”.
Solo con valores podremos alcanzar una era de prosperidad compartida, en una economía sostenible y más justa e igualitaria.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
