Pareciera etéreo, pero es muy concreto. Occidente se refiere a conceptos centrales de una vida en libertad: la democracia representativa, los derechos del hombre, la igualdad, la división de poderes. De allí surgió la forma de organización social y política que más libertades y estabilidad ha dado a la humanidad: la democracia, en riesgo siempre.
Eso está en juego hoy en el mundo, la esencia ontológica de Occidente, los valores que, por fortuna, se han ido extendiendo. Son de los demócratas.
Eso que llamamos Occidente, es resultado de una larguísima marcha civilizatoria que, lentamente, fue domeñando los peores instintos humanos. No los extirpó, siguen allí. La batalla no tiene fin. Ahí está Ruanda. Pero los avances son innegables, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX. Edgar Morin, el gran sociólogo francés, publicó en 2005 un recordatorio de lo reciente y lo frágil de ese proceso, Breve historia de la barbarie en Occidente. Desde entonces lo advirtió, como urgente: “… el Homo sapiens, de espíritu racional, puede ser al mismo tiempo Homo demens, capaz del delirio, de demencia”. Morin es claro, el paroxismo de la demencia lo encarna el nazismo. El racismo que llevó al Holocausto como vergüenza de la humanidad y el sistema dictatorial que gobernó a un tercio del mundo llevándolo al infierno. Sus descendientes retozan todavía en Corea del Norte, Laos, Cuba y Albania. La destrucción del hombre por el hombre, la cancelación de las libertades básicas del ser humano, fueron herencia. Ahora vemos al cogobernante de La Casa Blanca, Elon Musk, repetir el saludo nazi, seguido del ex asesor de Trump, Steve Bannon y del corifeo mexicano Eduardo Verástegui. También un sacerdote de Michigan, C. Robinson, se unió a la provocación mundial.
Los verdaderos controles a la demencia humana, surgieron después de la Segunda Guerra, con la ONU y las dos docenas de instituciones encargadas de asumir la visión global, supranacional, en beneficio de todos. Están ya en nuestra vida sin que lo recordemos. Qué sería de la aviación civil sin la OACI o en la navegación marítima internacional sin reglas, o sin las regulaciones laborales sin la OIT, o las alarmas de la Organización Mundial de la Salud o sin las políticas de la FAO —alimentación y agricultura— y del Fondo de Desarrollo Agrícola. Qué sería de la economía mundial sin el odiado Fondo Monetario o el Banco Mundial, o de la energía atómica sin brida. En 1948 —momento en que inició la construcción de los organismos multilaterales, que Trump odia— era explícito ánimo de solidaridad de ricos hacia pobres.
Así Trump abandona a cientos de miles de personas en riesgo —bebés incluidos— de contraer VIH. Cero pruebas, cero antirretrovirales. Lo mismo se aplica al cambio climático.
Ahora amenaza a Ucrania para favorecer a su aliado Putin. Olvida Crimea, al Putin invasor que violenta acuerdos internacionales. Putin es un dictador, contradice los principios democráticos de Occidente. Con qué solvencia moral puede Trump reclamar a Hamás por los horrores que comete —como el “desfile de cadáveres”— cuando respalda abiertamente Netanyahu.
La extrema derecha avanza en Europa poniendo en entredicho la igualdad de los seres humanos. Los migrantes -por muy diversas razones, desde climáticas hasta de seguridad (México)- son los villanos favoritos.
Occidente incluye: ONU, OTAN, UE y a quienes quieren libertades.
Eso está en peligro.
Investigador y analista
