“Jesús lo esperaba con los brazos abiertos… como él esperó a tantos”

Ha partido el papa Francisco. Y con su partida, el mundo siente el eco profundo de una pérdida que no es solo religiosa, sino profundamente humana.

Se va el pastor que nos enseñó a mirar con ternura, a caminar con humildad y a hablar con el corazón. Su vida fue, en sí misma, una homilía silenciosa que caló hondo en creyentes y no creyentes por igual.

El mundo guarda silencio ante la partida de un alma grande. El papa Francisco —el hombre de mirada humilde, de palabra clara y corazón inmenso— ha vuelto a la Casa del Padre. Y aunque su ausencia física deja un vacío profundo, su luz permanece viva en cada rincón donde resonaron sus gestos de ternura, sus abrazos a los olvidados, su voz profética en defensa de la dignidad humana y la creación.

Nunca dejó de ser ese sacerdote sencillo que viajaba en colectivo, que cargaba mochilas ajenas y que prefería el encuentro al protocolo. Su elección como Pontífice en 2013 marcó el inicio de una nueva etapa: una Iglesia que abre puertas, que escucha antes de hablar, que acompaña sin condenar.

Cuando el Espíritu lo llevó a Roma, nos regaló un papado sin precedentes: cercano, humano, profundamente evangélico. Fue el pastor que olía a oveja, el padre que no juzgaba, el hermano que escuchaba.

Francisco fue un líder espiritual, pero también un referente ético en un tiempo marcado por la fragmentación, la indiferencia y el descarte. Nos recordó que la Iglesia debe ser “un hospital de campaña”, que “la ternura es el camino de Dios”, y que la dignidad humana está encima de la ideología.

En sus gestos pequeños —abrazar a un niño, visitar a un preso, compartir el almuerzo con un indigente— reveló la grandeza de un corazón entregado. En sus palabras firmes, denunció las injusticias del sistema global, defendió la casa común y clamó por una humanidad más justa, más fraterna, más humana.

Su legado trasciende las fronteras del Vaticano. Francisco tocó las fibras del alma colectiva. Nos enseñó que lo más revolucionario es el amor. Y que el amor se demuestra en lo cotidiano, en la mirada al otro, en el perdón, en el servicio desinteresado.

Nos habló de la misericordia como un lenguaje universal. Nos enseñó que la Iglesia debe ser un hospital de campaña, que “el tiempo es superior al espacio”, que “Dios nunca se cansa de perdonar” y que “la ternura es el camino de Dios”. Su vida entera fue un Evangelio abierto, un llamado permanente a amar sin medida.

Hoy lo despedimos con dolor, pero también con gratitud. Gracias, papa Francisco, por tu hermosa vida, por tu generoso corazón y por mostrarnos que la bondad aún es posible, incluso en los tiempos más oscuros.

Hoy lloro su partida, pero también celebro su paso por este mundo. Su ejemplo queda sembrado en nosotros como semilla viva de compasión, justicia y paz. Su hermosa vida no fue otra cosa que un reflejo del amor divino, hecho carne en cada gesto, en cada palabra, en cada oración al oído de los más pequeños.

Gracias, amado Francisco. Gracias por tu hermoso corazón. Gracias por tu vida entregada sin reservas. Que los ángeles te reciban como tú recibiste siempre a cada alma con brazos abiertos. Y que el amor que sembraste siga floreciendo por generaciones…

“Recen por mí… y si alguno no reza, mándeme buena onda”. Francisco.— Mérida, Yucatán.

*Abogada y escritora

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