“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o religión, el odio se aprende, y si se puede aprender, también se puede desaprender” —Nelson Mandela
Durante los últimos sexenios hemos visto la consolidación del crimen organizado en el país. En algunas regiones resulta más notorio y el mal ejemplo cunde debido, sobre todo, a la impunidad.
Vemos que, para construir el segundo piso de la 4T, existe el intento de cambiar el rumbo en materia de seguridad pública, pero el crecimiento con armamentos de última generación y organización militarizada de los grandes grupos criminales lo están impidiendo.
Los carteles delincuenciales, son como la humedad, penetran por todos lados, incluso en los aparatos de gobierno y sector empresarial. El ejemplo abunda gracias a las series de televisión, los narcocorridos y los noticiarios que dan una importancia amarillista a esas malas conductas. Ya aparece como algo normal.
Parece que escribir acerca de esta terrible situación que atraviesa nuestro país, es tan fugaz como hacerlo en la arena y eso del número de crímenes en el acontecer diario es como si fuera una lucha para romper el récord Guinness. Causa poco impacto al no ser parte de los afectados. Se siente el existir con poca empatía, como sí la hay para los perritos, y qué bueno que así sea para esos fieles amigos del ser humano en una sociedad que parece deshumanizada.
Recientemente hubo noticias que calaron profundo relacionadas con la criminalidad. La primera, la de un chico que caminaba por una calle vacía en una ciudad mexicana, llega otro que lo persigue para robarle. Lo alcanza, tira al suelo y apuñala. Todo tal vez por obtener un teléfono celular. Después del asalto, el agresor huye hacia donde lo esperaban los de su pandilla. El agredido se pone de pie, no avanza mucho y cae muerto. Qué dolor para la familia que esperaba a su joven hijo. Qué tristeza para los que no son insensibles a estas noticias. Reina la inseguridad, prácticamente en todo el territorio nacional.
Yucatán no es ajeno, cierto es que no alcanza la magnitud de otros estados, pero hay una frecuencia importante. A continuación, describiré un suceso que no tuvo la resonancia por no ocurrir en Mérida, sino en Espita, mi tierra natal:
Finalizaba el 2024 cuando la señora Soledad Ayala Soberanis, una humilde viuda de 72 años, salió de una farmacia y caminaba tranquila a plena luz del día cuando un sujeto apareció intempestivamente en su bicicleta conducida en forma veloz e intentó arrebatarle su bolso con muy exiguo capital. Soledad se aferró a defender sus recursos que le permitirían vivir con muchas limitaciones por unos días. Al defenderse cayó y el ciclista la arrastró, causándole heridas en diferentes partes del cuerpo. Una señora que por allá pasaba intervino después que el agresor se dio a la fuga. Hay versiones que el asaltante tuvo osadía de agredir a Soledad con una piedra, según los que dicen haber visto el registro del ataque en las cámaras de seguridad de la zona. Muy lejanas, por cierto.
Malherida, Soledad fue trasladada al Centro de Salud, de ahí en una ambulancia hasta el Hospital San Carlos de Tizimín, y ante su gravedad, al IMSS de Mérida, donde días después falleció, dizque del corazón. Anónimos y nombres suplantados en las redes tratan de minimizar que su muerte fue por un mal cardiaco y no por la agresión. Como fuere, son muchas las conjeturas, aún hay consternación en el pueblo por la falta de información oficial al respecto.
El caso es que Soledad yace en una tumba y el malhechor está libre, no se sabe si acaso, con remordimiento de conciencia. Hay un mal ejemplo de impunidad, una percepción de inseguridad. Todo indica fue un feminicidio porque se trata de una anciana, débil y pobre, a la que el presunto criminal había estudiado en sus andanzas.
El otro hecho, fuera de Yucatán, fue el asesinato de un joven en una escuela militarizada por el abuso de poder de sus docentes “para hacerlo hombre disciplinado”.
Recordó la salvaje educación espartana de la antigüedad para que sus jóvenes cuando acudieran a sus frecuentes guerras sintieran que estaban en sus recreos.
Tuve la oportunidad de observar durante mis días como docente activo, que algunos padres evadían la responsabilidad de educar a indisciplinados hijos enviándolos a las escuelas militarizadas o actuaban con indolencia, en el mayor de los casos, como si lo primero resultara una panacea para resolver el problema.
Eran enviados a esos centros educativos sin previos estudios psicológicos o si la escuela receptora resultaba apta para atenderlos. El caso es que hay un chico muerto y no es la primera ocasión. El exceso de rudeza en la educación robotiza, trauma más, luego las conductas sociales se vuelven violentas, aunque digan poseer muchos conocimientos que no han de servirles para todo. Hay que analizar el costo beneficio para los jóvenes y no me refiero a lo pecuniario. ¿Será que la violencia con la que son tratados no generará una mayor en sus conductas como futuros ciudadanos?
Ante la magnitud del problema que atraviesa el país, los casos descritos pueden parecer nimiedades a las autoridades, sin embargo, su desatención sigue siendo el germen de la normalización de esas malas conductas.— Mérida, Yucatán.
Escritor
