No hay nada más despreciable que el respeto basado en el miedo, Albert Camus
Habían transcurrido unos días del último informe de Enrique Peña Nieto, en 2018. Era la mañana del 5 de septiembre. Según la nota publicada en “El Financiero”, Porfirio Muñoz Ledo había llegado de mal humor y de entrada les jaló las orejas a los diputados, pues a las once de la mañana que estaba programada la sesión no había ni la mitad del quorum (220 de solo 499), incluso amagó con suspender una próxima sesión si se repetía el hecho.
Fue en ese momento que el diputado del PT, Santiago González Soto, de Nuevo León, lo paró en seco: “Señor presidente, y para que me vaya conociendo, quiero preguntarle: ¿en calidad de qué acudió usted el día de ayer, a lo que el presidente de la República le llamó el Informe de Gobierno? ¿En fundamento de qué acudió usted, si a título personal o como representante de esta Cámara?”.
Más que enojado, Muñoz Ledo reprochó: “No acepto ninguna censura, porque los actos públicos de las diputadas y los diputados son nuestra exclusiva responsabilidad ciudadana y política. Lo hice en mi calidad de diputado, de presidente de la Cámara de Diputados, y me hizo el favor de acompañarme el señor vicepresidente, Marco Adame, del PAN”.
Unos instantes después Gerardo Fernández Noroña subió a la tribuna y le quitó el micrófono a Ana Gabriela Guevara que en ese momento tomaba la palabra para soltar: “Usted es un insolente, un autoritario que vuelve a los tiempos del PRI”—pidió el uso de la palabra a lo cual Muñoz Ledo se negó: “¡No! ¿Para qué?”, repetía “¡Quítenle el micrófono!”.
Enojado el entonces legislador por Iztapalapa pedía una “moción de orden” para el procedimiento de la sesión, pero Muñoz Ledo con su colmillo retorcido le respondió: “¡No procede la moción de orden porque no hay desorden, a no ser que usted quiera provocarlo, lo que no permitiré!”, de inmediato agregó: “Y quiero decir que tanto el diputado Adame como yo fuimos agredidos físicamente por otro miembro de este Congreso, lo que es inaceptable. ¡Usted nos faltó ayer al respeto y además hubo agresión física!”.
Fernández Noroña desde su curul le gritaba: “¡Usted está mintiendo y exijo el uso de la palabra!” Pero el presidente de los diputados, iracundo, remachó: “¡Usted es un golpeador! No acepto su provocación”.
En 2024
En octubre del año pasado Fernández Noroña se enfrentó a “Alito” Moreno, este último daba a conocer su inconformidad con la manera en que se estaba dirigiendo la sesión, el priista dejó su curul para acercarse y expresarle su punto de vista, perdió el control al enfrentarlo: “¡A mí no me grites!” La respuesta fue un altisonante: “Vaya a su curul y dígame desde su curul”. Se desató una fuerte discusión.
Sin embargo, la interacción escaló de nivel cuando Moreno lo señaló y en cuestión de segundos se convirtió en una fuerte discusión: “No me ponga el dedo encima, ¡no me ponga el dedo encima!”, repetía Noroña. Exigiéndole que respetara su cargo en la Mesa Directiva: “¡Respeto a la presidencia, respeto a la presidencia!”.
Días después, mientras Fernández Noroña hablaba de que la cárcel espera a “Alito”, aquel respondía que Noroña debería de estar en el manicomio y necesitaba un psiquiatra. Estos son posiblemente tan solo dos eventos de los más recordados en que Gerardo Fernández Noroña se ha destacado por confundir la confrontación política con un pleito de gamberros, de no poder entablar diálogos respetuosos, de confundir hablar en voz alta con espetar, de ver en adversarios a enemigos, de no saber la diferencia entre adjetivos e insultos, entre aclarar y acusar, señalar e injuriar. Una colección de epítetos que le vienen como saco: soberbio, rijoso, provocador, arrogante, altanero, prepotente, bravucón, pendenciero, camorrista, porro, belicoso y un largo e injurioso etcétera.
Un político cuya trayectoria se ha caracterizado por el afán constante de provocación, por utilizar palabras y frases peyorativas, de ponerle apodos a medio mundo, y es una pena porque el señor está preparado, es un estudioso de la Constitución, pero todo lo da al traste por la manera de interactuar con sus pares. Pero además el personaje no solo es un golpeador en la palestra política, hay numerosos testimonios de su confrontación con el ciudadano de a pie, con quienes se “engancha” por cosas que van desde el rechazo al cubrebocas y su estúpida arenga de defender su derecho a enfermarse, hasta responder al menor comentario sobre su persona.
Por si fuera poco, como ocurre con muchos políticos de izquierda, defiende ese tipo de ideología, pero saborea las mieles del capitalismo, lo cual se le ha señalado en numerosas ocasiones por su gusto a los viajes en primera clase, los restaurantes y todo lo que huela a lujo. Es un hecho que ha moldeado a su personaje, divide opiniones en redes sociales, aunque hay que decirlo son más los que lo tunden.
Aeropuerto capitalino
Recientemente tenemos el ya conocido incidente ocurrido en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), cuando Carlos Velázquez de León lo increpó por estar en una sala VIP, mientras afuera mantiene el discurso de la austeridad republicana de la 4T. Es respetable que al senador le guste lo fino y caro, el problema es que pierde el estribo cuando le insinúan que esto pudiera estar financiado por el erario. Todo parece indicar que la discusión se salió de control y hubo por ahí un manotazo o un intento de arrebatarle el celular al político que culminó con una potencial denuncia por agresión física. Mal por el indiciado agresor, que por cierto es abogado y que no dudo que su actitud represente a muchos ciudadanos que estamos hartos de los excesos de la clase política.
De acuerdo en exigir una disculpa, a lo cual accedió la otra parte, pero no se conformó con recibirla en forma escrita, exigió sea pública en el AICM, donde le negaron el permiso y le lanzaron un “llévese su pleito de comadres a otro lado”, lo que culminó en un acto en la Cámara de Senadores; si leyó bien; al parecer no hay filtros con lo que se presentan en los recintos que deben ser respetados, recordemos a Jaime Maussan llevando sus momias alienígenas a la Cámara de Diputados. Y así fuimos testigos de algo inédito: El señor feudal humillando a su lacayo. Lamentable, la bravuconería se está trastocando en un preocupante autoritarismo: un paso previo a la tiranía.
Algo hay que reconocer de López Obrador, ya siendo presidente, ni aun en los momentos más álgidos en que fue abucheado en los aeropuertos, en el interior de un avión o recibiendo hasta insultos en la calle, respondió en forma visceral. Debería Fernández Noroña de aprender del “compañero presidente”, como suele referirse a él. Este es el colofón de darle poder a personas que se embriagan de él. Y así quisiera ser el primer mandatario: ¡Dios nos libre!—Mérida, Yucatán
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Médico y escritor
