Entre los perfiles de cronistas, los dos primeros parecen superados. Sacerdotes y militares van a la baja y funcionarios virreinales ya no hay. Los aventureros y cronistas literarios se han metamorfoseado en tic toqueros del turismo internacional o influencers de viajes, aunque todavía hay escritores brillantes. Aún perviven estos otros: a) custodios de archivos e instituciones documentales (que cada vez son menos, pues los gobiernos contratan para dirigir archivos a contadores o ingenieros si los techos tienen goteras), b) eruditos y especialistas privados que construyeron grandes colecciones de la memoria pasada, c) historiadores y científicos sociales que investigan la sociedad humana y, a veces, publican crónicas y artículos de divulgación d) periodistas que dan cuenta de procesos sociales, culturales de la vida diaria de una comunidad, (con todo y sus variantes multimediales e hipertextuales).

Una quinta categoría serían las crónicas indígenas y/o mestizas que contienen mitos, leyendas, recetas, profecías, sentencias, genealogías y hasta escenas bélicas contadas anónimamente o firmadas por la contraparte en la conquista. Algunas de estas crónicas están en idiomas nativos y algunas en el idioma del conquistador.

El cronista es, esencialmente un narrador de hechos, un relator de historias que dan testimonio del estilo de vida de una comunidad en un tiempo determinado. Así como enumera, describe y narra sucesos recientes también hace el puente con otros narradores y épocas. Los periodistas son los primeros oficiantes visibles de este qué hacer, después le pueden seguir los escritores y ensayistas y más allá se vislumbran a historiadores, científicos y eruditos en uso del género. Es decir, no por ser historiador o sociólogo se es automáticamente cronista.

En Mérida hay cientos de cronistas. Narramos nuestra vida desde diferentes voces, estilos, juicios, prejuicios y lenguajes. Nadie necesita permiso para contarse. La suma de todas estas imágenes constituye nuestro relato mayor. Sin embargo, ha sido voluntad municipal reconocer y nombrar a quienes sean cronistas destacados, siguiendo la tradición de otras ciudades. El Ayuntamiento de Mérida tiene un Reglamento del Consejo de Cronistas desde 1995, mismo que, desde mi punto de vista es obsoleto. No deslinda las funciones de historiador y de cronista, limita su alcance al solo identificar el verso y la prosa como únicos mecanismos de expresión, y tampoco define las funciones de un cuerpo colegiado de cronistas y sus aportes comunitarios. Si asumimos como buena la idea de que debe haber un consejo de cronistas y no el cronista de la ciudad, tendremos que recordar las iniciativas de Guillermo Tovar y de Teresa en la ciudad de México, cuyo consejo tenía cerca de 99 cronistas y cada delegación el suyo. Y este concepto también admite que hay muchos otros cronistas narrando imágenes e historias de la ciudad, al mismo tiempo que éstos.

En lo particular, me imagino un Consejo Meridano de cronistas como un eje impulsor que, desde luego, reconoce el trabajo de los más valiosos, pero también funciona como un consejo autónomo de pares, en los que la autoridad municipal no tiene ya nada más que decir, además de nombrarlos. Ellos de manera autónoma podrían (deberían) hacer un plan de trabajo que incluya: a) publicaciones, b) seminarios de divulgación, c) talleres y capacitación, d) promoción y reconocimiento de otros cronistas especializados, e) convocatorias y premios para jóvenes cronistas, y sobre todo f) la difusión crítica y organizada de la memoria y la identidad de la ciudad ante el paso de sus generaciones.

El consejo Meridano de cronistas, si bien es un grupo de notables encargados de desarrollar su actividad, también es el impulsor de muchos otros, independientemente de los rubros o clasificaciones en los que se encasillen, a fin de lograr un caleidoscopio de las más diversas imágenes de la ciudad, tanto de los tiempos pasados como del actual. Merecemos un mundo en el que giren crónicas tan a tiempo real que nos veamos vivos en nuestras creaciones, sin importar si son deportivas, costumbristas, artísticas o sociales. Ese trabajo maravilloso, rizomático, crítico y descriptivo de contar la ciudad quedaría hecho y expuesto todos los días claramente. Es verdad, esto pasa. Ya pasa. Pero no tiene el concepto integrador ni directriz.

Para lograrlo necesitamos un Reglamento distinto, un concepto más moderno de Colegio de cronistas, entre los que debe haber equidad de género, inclusión autóctona y que estén representados los diferentes tipos de cronistas posibles. Veo en la alcaldesa Cecilia Patrón Laviada la voluntad de hacerlo mejor.— Mérida, Yucatán

Iberlin@prodigy.net.mx

Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política

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