Setenta y nueve años. Me doy cuenta que de pronto ya cumplí 79 años; así se viene la edad, como en cascada, se acumulan los años y la vida sigue su marcha sin descanso. Veo como en una vieja película mis años de abuelo joven con mis nietos y nietas pequeñas que alegraban los momentos con sus ocurrencias. Las risotadas se escuchaban en esas tardes de domingo cuando iban a comer a la casa. No faltaba el regaño tempranero de los padres cuando hacían alguna travesura. Los abuelos siempre ven a favor de los nietos, quizás recordando otros ayeres.
Ya tengo la misma edad, más no el dinero, de los presidentes: Donald Trump, Bill Clinton, George W. Bush y, entre otros actores, Sylvester Stallone y Danny Glover.
Sobre la longevidad, ya hice un artículo, ¿será porque me hago muy viejo más rápido de lo que pensé cuando tenía 20 años? yo creo que sí, pero hay cosas qué resaltar en ese trance de edad que no da más que para invertir en nuestra dulcería favorita… la farmacia.
Creíamos que envejecer sería como alcanzar un punto estratégico, es decir, mirar hacia atrás con serenidad, cruzar los brazos ante nuestro propio legado, saborear los frutos de la vida bien vivida, pero la vejez, como la infancia, nos exige muchos cuidados diarios.
Las articulaciones crujen como puertas viejas, los reflejos nos hacen caminar un poco encorvados, los músculos se retraen.
También el mundo que nos rodea envejece a la par. Los amigos que se van, o simplemente entregan el equipo. Los nietos se dispersan, las banquetas se convierten en escalones invisibles.
De repente lo que más duele no es la cadera, es el silencio y entonces llega la caída, no solo literal, la que ocurre en el baño, en la escalera, en la inocente prisa por cruzar la calle. Sino la caída simbólica… la del entusiasmo, la de la autonomía, la confianza en uno mismo. Se colapsa la imagen que una vez fue firme, ágil y también el colapso de un estilo de vida que ya no encaja con el cuerpo que ahora protege el alma con más cuidado.
En muchos de mis artículos menciono a la OMS (Organización Mundial de la Salud) como un representante estadístico de muchas mediciones y ahora no es la excepción. Nos dice que un tercio de la población adulta sufre una caída al año y se convierte en un camino difícil con cirugías, hospitalizaciones, y, lo más lamentable, la pérdida de la movilidad.
Abrazar a un nieto requiere de elasticidad, no solo en los músculos, sino también en las ideas.
No pretendo negar la vejez; llega, nos guste o no, con sus arrugas y lentitud favoreciendo a los que se cuidaron, porque tuvieron sol y sombra en la vida, porque vivieron con cariño, con libertad y con humor, sí, con humor. El humor es quizás el elemento más importante para aceptarse como somos a los 79 o los 89. Reírse de uno mismo, de la pérdida de la memoria, de los tropiezos es una forma de desarmar el tiempo.
La longevidad es como una tarde larga y luminosa, de esas en las que el reloj parece suspendido entre un recuerdo y otro. Envejecer bien no es un lujo ni una suerte, para mí, es un esfuerzo diario con pasos firmes y gestos suaves. Pidiendo siempre que el recuerdo perdure y la serenidad de vida nos dé un panorama alentador en los años venideros.— Mérida, Yucatán, 25 de agosto de 2025
